conoZe.com » Historia de la Iglesia » Historia de la Iglesia » Introduccion » §2.- Articulacion de la Historia de la Iglesia

II.- Articulacion Temporal

1. Hacer una división cronológica del proceso histórico, y hacerla con acierto, no es algo accesorio, sino una de las exigencias más importantes para comprender la historia. Es cierto que la corriente de la vida histórica es un continuum, pero como tal no es una mera mezcla informe. Está articulada en sí misma, independientemente del espíritu humano que la contempla. Hasta cierto punto, pues, esta articulación puede recibir un epígrafe en cada una de sus fases de desarrollo. Y tal intitulación -lo que generalmente se llama «articulación»-, si se elige con acierto, es una ayuda excepcional para conocer y entender la historia, naturalmente bajo el supuesto de tener conciencia del limitado valor de toda subdivisión en períodos. Quien ha repensado a fondo una buena panorámica de la historia de la Iglesia y ha llegado a tener una visión clara del desarrollo que en ella tiene lugar, a) dispone de un marco seguro y fácil de abarcar en todo momento, dentro del cual puede ordenar y situar los detalles históricos en su justo lugar, y b) la visión de conjunto puede servirle de guía para detectar y entender los detalles a la luz del desarrollo general, ayudándole así a captar más profundamente el sentido de la historia.

2. Del mismo modo que la vida del individuo es diferente en la niñez, en la juventud y en la madurez, y lo mismo cabe decir de los pueblos enteros, otro tanto ocurre con la Iglesia. La cuestión se complica en este caso porque la Iglesia es una realidad extendida por toda la tierra y persistente a través de los tiempos (universalidad espacio-temporal de la Iglesia): esos pueblos a los que la Iglesia predicó y en los que realizó su ideal en el curso de la historia y que, a su vez, emplearon sus mejores fuerzas en configurar y sostener a la Iglesia han cambiado. Eso ha hecho cambiar no sólo el escenario de la historia de la Iglesia, sino también, y en mayor medida, la misma vida eclesial propia de cada época, pueblo y lugar. En la medida en que un escenario y la vida que en él se desarrolla forman una cierta unidad, tenemos ante nosotros una unidad histórica; al «principio» y al «fin» de semejante unidad está, pues, justificado marcar momentos de división y desarrollo.

3. En el curso de la historia de la Iglesia, prescindiendo de otros innumerables incisos menos evidentes, hay especialmente dos sucesos que justifican la división de la historia de la Iglesia en tres grandes secciones, hablando de una Antigüedad cristiana, de una Edad Media y de una Edad Moderna. Estos dos sucesos son:

a) La gran migración de los pueblos en los siglos IV, V y VI hace derrumbarse el marco[4] en que se había desenvuelto hasta entonces la historia de la Iglesia, el antiguo Imperio romano (= fin de la Antigüedad); reduce y amplía a la vez el escenario de la historia de la Iglesia y, sobre todo, hace entrar en la escena de la historia universal como factores activos a pueblos enteramente nuevos, brinda a la semilla de la palabra de Dios una tierra diferente: los jóvenes pueblos germánicos y, más tarde, los eslavos. La maduración de estos pueblos nuevos en estrecho contacto con la Iglesia (y en múltiples tensiones con ella) llena la historia de la Edad Media.

b) La radical transformación de la vida espiritual de Occidente a partir de los siglos XIV y XV relaja cada vez más la íntima vinculación de tales pueblos, al ir éstos adquiriendo paulatinamente su autonomía espiritual, con la Iglesia, de la que hasta entonces habían sido, como de la forma más natural, miembros principales. Este alejamiento encontró una expresión particularmente lamentable en la escisión de la fe en Occidente como consecuencia de la Reforma. De ahí surge luego una cultura secular (autónoma) en su conjunto, que en buena parte se desenvuelve al margen de la Iglesia e incluso contra ella: la Edad Moderna.

4. Este esquema sólo es válido para Occidente. Los factores que determinan su historia hasta hoy se diferencian extraordinariamente de los que caracterizaron la estructuración del Oriente cristiano. La continuación de la Antigüedad helenista o bizantina queda fundamentalmente salvaguardada en Oriente por la supervivencia del Imperio romano-oriental (hasta la caída de Constantinopla en 1453). En cambio, una de las consecuencias más graves de la separación entre la Iglesia occidental y la oriental en el siglo XI es que en Occidente desaparece casi por completo el contacto con las fuentes de la vida de la Iglesia griega (¡los Padres griegos!). En la Iglesia oriental no se estanca en modo alguno la vida durante los siglos que los occidentales llamamos Edad Media, sino que, por el contrario, es extraordinariamente activa, si bien no conoce ni valora mucho una actividad como la de Occidente en teología, piedad y órdenes religiosas. Como contrapartida, la Iglesia oriental está en parte más próxima a la atmósfera del cristianismo primitivo en la liturgia y en el carácter de su teología.

Dado que la vida eclesial en las misiones de ultramar ha sido hasta época muy reciente obra casi exclusiva del Occidente y dado que la Iglesia americana no nace hasta la Edad Moderna, la división esbozada es consecuencia legítima de lo que ha acontecido en Occidente.

5. Los dos acontecimientos señalados de la historia de la Iglesia son de una evidencia palmaria. A pesar de ello no hay que exagerar su importancia «divisoria». En la historia nunca se da el caso de que una época acabe completamente y al punto se inicie otra nueva, por entero separada de la primera. Al contrario: en la época que «llega a su fin», y partiendo de ella, se desarrollan gérmenes que se convierten a su vez en factores determinantes de la nueva época. Las épocas se entrecruzan.

Así, durante la Antigüedad tardía la Iglesia crece sin cesar en el ámbito de la (ya decadente) cultura antigua, que transmite luego a los nuevos pueblos junto con la doctrina cristiana, y así crea y desarrolla con éstos lo que llamamos Edad Media. Estos mismos nuevos pueblos, en las postrimerías de la Antigüedad, son primero servidores y colaboradores y, en parte, incluso sostenedores del Imperio romano de Occidente, en progresiva decadencia, antes de destruirlo y sustituirlo por los nuevos reinos nacionales y antes de que surja luego de ellos la civitas christiana, la cristiandad occidental.

Hay que tener presente además que el proceso de las diversas esferas de la vida eclesiástica no presenta las mismas curvas y que no siempre coinciden sus puntos culminantes y decadentes.

La vida jamás se deja encerrar completamente en una fórmula, porque es demasiado rica. Lo mismo puede decirse, y con mayor razón, de la vida histórica, que es compleja por naturaleza. Así, pues, cuando en esta obra caracterizamos con una etiqueta las diferentes épocas y los diversos períodos, sólo pretendemos subrayar unos cuantos caracteres más sobresalientes, pero que no han de entenderse en sentido exclusivo.

Y de ahí, si se quiere una exposición más detallada, nace la posibilidad de subdividir la mencionada división tripartita de la historia de la Iglesia en un número mayor de unidades de espacio, tiempo y materia.

6. No es lo mismo que un pensamiento se exprese en Alejandría, en Roma o en Inglaterra o que una institución surja en Roma, en Antioquía o en Citeaux. El pensamiento tendrá en cada caso presupuestos diferentes, poseerá finalidades intrínsecas diversas y la institución ostentará distinto poder. La idea del marco cultural es de suma importancia para toda historia, y su comprensión, altamente determinante para el estudio de la historia (§5).

El peligro de que una concepción de la historia que opere con esta idea pueda subestimar o incluso ignorar el papel decisivo de la personalidad creadora no es muy grande cuando se escribe la historia del cristianismo, porque su comienzo, su continuación y su esencia se basan exclusivamente en la persona del fundador. La historia del cristianismo y de la Iglesia es la historia del seguimiento de Cristo, bien del seguimiento anhelado y en parte conseguido, bien del fracaso en esta tarea fundamental. Es cierto que lo objetivo, lo general y lo trascendente en verdad y santidad tienen en el cristianismo una importancia decisiva. Pero, por otra parte, su importancia y utilidad siempre dependen esencialmente de su apropiación por parte de la persona individual. La acción de Dios con el hombre, tal como se cree y enseña en el cristianismo y aparece de múltiples formas en el curso de la historia de la Iglesia, es siempre una acción del Dios personal con el hombre personal, creado a su imagen y semejanza.

Notas

[4] El proceso es complicado y de larga duración. El avance del Islam desde el sureste y luego su dominio del Mediterráneo occidental hizo más profunda la disolución, pero no la provocó (contra Pirenne).

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