conoZe.com » Leyendas Negras » Código Da Vinci » La verdad sobre El Código da Vinci. » La verdad sobre El Código da Vinci (Parte Segunda).- Examen crítico de los argumentos del Código Da Vinci

VI.- Mona Lisa, y cintas de video

Más sobre Leonardo, el culto a la diosa y el Priorato de Sión

Capítulo 23, página 144:

Langdon se dirige a Sophie Neveu: «Leonardo da Vinci presidió el Priorato [de Sión] entre 1510 y 1519, en calidad de Gran Maestre de la hermandad, lo que tal vez ayude a explicar la pasión que sentía tu abuelo por su obra. Los dos comparten un vínculo fraternal histórico. Y todo encaja perfectamente, con su fascinación por la iconografía de la diosa, el paganismo, las deidades femeninas y su desprecio por la Iglesia. La creencia en la divinidad femenina está muy bien documentada a lo largo de la historia del priorato».

[Véase la nota anterior y, en la tercera parte, la información acerca del Priorato de Sión.]

El secreto de Mona Lisa y Leonardo

Capítulo 26, página 152:

Langdon a sus alumnos: «Sí, Leonardo da Vinci era homosexual».

Después, en la página 153, pregunta a sus alumnos si saben quién era la diosa egipcia de la fertilidad: «Era Isis -dijo Langdon, cogiendo una tiza-. Así que tenemos al dios masculino, AMÓN. Y a la diosa femenina, Isis, cuyo antiguo pictograma fue durante una época L'ISA. [...] Señores, no es sólo que la cara de la Mona Lisa tenga un aspecto andrógino, es que su nombre es un anagrama de la divina unión de lo masculino y lo femenino. Y ése, amigos míos, es el secretillo de Leonardo, y lo que explica la enigmática sonrisa de la mujer del cuadro».

La acumulación de falsedades desautoriza las enseñanzas de Brown. Además, las incoherencias son constantes. En este caso tenemos ejemplos de ambas aficiones del autor. Langdon afirma, en su estilo lapidario que «Leonardo da Vinci era homosexual». No se molesta en citar ningún indicio. Una vez más, el abanderado contra el oscurantismo hace gala de afirmaciones sin fundamento.

Antes de observar los hechos reales, tal como sucedieron, hay que preguntarse por el valor de la afirmación en sí y en el lugar en que está hecha. Langdon está dictando una clase de simbolismo. Lo que hace Langdon es un puro chisme, un cotilleo y, en este caso, una difamación. Además, Langdon lo lía todo. Si pretende justificar un tipo de culto basado en la unión de lo femenino y lo masculino, resulta un tanto incoherente reivindicar la pretendida homosexualidad de Leonardo, que resulta difícil de encajar en el esquema de «la exaltación de la fertilidad».

Leonardo da Vinci fue acusado en dos ocasiones, ambas de forma anónima, de haber mantenido relaciones sodomíticas. Fue en 1476 y las acusaciones también alcanzaban a algún miembro de la poderosa familia Médici. La cosa suena bastante a venganza política y el caso es que los cargos se retiraron en las dos ocasiones por falta de pruebas y Leonardo no fue ni siquiera juzgado. Leonardo no se casó, pero en eso no se diferencia de muchos de los grandes artistas del Renacimiento, como Miguel Ángel, Brunelleschi o Donatello, entre otros. En sus escritos no hay traza de mensajes ocultos o explícitos en los que revelara una afición por los de su propio sexo.

¿Qué prueba todo esto? Para una mente honrada, nada. Pero basta con suscitar la pregunta para que se cree la sospecha. Brown no se conforma con preguntarse, sino que, sin ningún fundamento, afirma que Leonardo fue homosexual.

La interpretación esotérica de la Mona Lisa o la Gioconda resulta chistosa. Hay un detalle que Brown no debió de retener durante sus investigaciones preparatorias del libro. Leonardo no puso nombre a ninguna de sus pinturas, así que tampoco lo hizo con la Mona Lisa. Ese sencillo dato se lleva por delante las fabulosas especulaciones del autor. Leonardo murió en 1519 sin bautizar ninguno de sus cuadros y seis años después, en un inventario, se designa a esta obra con el nombre genérico con que se la conocía: Retrato de una dama florentina, supuestamente la esposa de un comerciante, Francesco del Giocondo: la señora Lisa (Madonna Lisa, Monna Lisa). Así que resulta harto improbable que Leonardo pretendiera ocultar algún secreto mensaje del cuadro en un título que él no le puso. Pero además, es absurdo decir que de forma extrañamente conveniente, Isis fue conocida como «L'ISA». ¿Cuándo? ¿Dónde? Es totalmente falso. El nombre egipcio de Amón fue Amen o Amem, y en italiano sería Amone, con lo que el pretendido anagrama no resulta. Además, Amón no era una advocación egipcia de la fertilidad, sino del sol, y en la mitología egipcia no mantenía ninguna relación con Isis, sino con la diosa Mut. Así que nada de nada. Nos quedamos sin saber el secreto de «la enigmática sonrisa de la mujer del cuadro».

Brown se supera a sí mismo

Capítulo 28, página 158:

Langdon piensa (o el narrador apostilla. En todo caso, Brown lo deja caer): «La lacra del cristianismo había sido siempre la mentira. [...] No se podía obviar su historia de falsedades y de violencia. Su brutal cruzada para "reeducar" a los paganos y a los practicantes del culto a lo femenino se extendió a lo largo de tres siglos, y empleó métodos tan eficaces como horribles».

«La verdad os hará libres» nos enseña Jesucristo, pero según nos ilustra el autor, la Iglesia no ha hecho mucho caso. Hubiera sido más sencillo si Brown nos hubiera dado unos cuantos ejemplos de esa lacra y así hubiéramos visto en qué medida habla de algo en concreto, o habla como suelen hacerlo los que no tienen mucho conocimiento del asunto del que habían. «Vamos, todo el mundo lo sabe», responden si se les pregunta.

El caso es que no. Que el cristianismo no ha padecido la lacra de la mentira. Poco importa lo más o menos fieles que hayan sido los miles de millones de cristianos a lo largo de la historia, lo importante es que la Iglesia siempre les ha exhortado a decir y a vivir la verdad. Esta exhortación continua de la Iglesia no ha impedido que en muchas ocasiones sus hijos la desoigamos, pero ha logrado que muchos de ellos hayan dado ejemplo de la más alta virtud a sus congéneres. Mientras que el vicio y la falsedad de los cristianos se encuentra con creces más allá de las fronteras de la Iglesia, lo que resulta imposible hallar fuera de ella son los grandes ejemplos de los santos.

La Iglesia siempre ha repetido en voz alta el mandato de Dios en el Sinaí: «No mentirás». Sin embargo, Brown, como todo argumento, nos insiste en que no se puede obviar «su historia de falsedades y de violencia». Luego hablaremos de la Inquisición, que me imagino es a lo que se refiere el novelista. Brown vuelve a apelar al «todo el mundo lo sabe», cuando habla de una «brutal cruzada para "reeducar" a los paganos y a los practicantes del culto a lo femenino», a lo largo «de tres siglos» y con el empleo de «métodos tan eficaces como horribles». Aunque Brown aproveche para colar de rondón a los «practicantes del culto a lo femenino» y meterlos entre las «víctimas» de la Iglesia, esos «feministas» nunca existieron ni, como es lógico, hay rastro alguno de ellos en la historia. Respecto de los paganos, no sabemos a qué tres siglos se refiere ni a qué paganos, puesto que inmediatamente habla de la Inquisición, institución que comenzó a existir en el siglo XIII y que continuó hasta el XIX. En el siglo XIII hacía mucho tiempo que ya no había paganos en la Europa cristiana. Quizás se refiera a los herejes, pero lo ignoro.

Lo que resulta cuestionable es la honradez de Brown, puesto que ninguno de los datos que aporta es cierto y los da como absolutamente contrastados. Sigue la máxima de la propaganda revolucionaria: una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad. Eso no es verdad. Una mentira por más que se la repita será siempre falsa. Lo que ocurre es que es probable que un mayor número de personas sean engañadas y la tomen por verdad. Pero ése es un asunto que tiene que ver con el poder y no con la verdad.

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