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Siglo VIII

Introducción

La Edad Media fue gestándose desde el siglo V y duró hasta el siglo XIV. Fue la época del feudalismo en Europa. En un principio los pueblos germánicos que se asentaban en tierras del imperio romano de occidente pidieron grandes extensiones de tierra (beneficium) a cambio de la promesa de fidelidad.

Más tarde, cuando se desbarató el imperio y aperecieron los diversos reinos, el beneficio comenzó a llamarse con la palabra germánica «feudo». En este sistema los guerreros, a cambio de recibir un feudo de su rey, quedaban ligados a él por el juramento de fidelidad y defensa.

La sociedad europea feuda era marcadamente rural y quedaba divida en dos grupos sociales fundamentales:

  • La nobleza: integrada por los grandes señores del reino y por los altos dignatarios eclesiásticos. Eran los señores feudales. Los nobles se dedicaban a la guerra, a las órdenes del rey; eran los únicos que tenían el tiempo y el dinero necesarios para las campañas militares. Vivían en castillos amurallados que eran auténticos refugios militares.
  • Los campesinos: eran la gran fuerza productora del sistema y vivían en condiciones muy precarias por su sujeción a la clase dominante. Recibían de los señores feudales una parcela de tierra y a su vez debían pagar un impuesto en trabajo o en metálico. Recibían, además, protección militar.

A medida que las nuevas naciones se organizan civilmente y la producción agrícola aumenta, el comercio se desarrolla más y más. Esto hace que los comerciantes y las ciudades en que residen ganen en importancia social. Nacen así los «borgos», ciudades normalmente amuralladas, y una nueva clase social que terminaría destruyendo la sociedad feudal: la burguesía.

La Iglesia camina entre el señor feudal y el vasallo o campesino, entre el castillo y la ciudad. Predica a todos el evangelio, pero desgraciadamente algunos altos eclesiásticos se comportaban más como señores feudales que como pastores. El mismo clero bajo no carecía de defectos. Pero lo hermoso es que la Iglesia, porque algunos de sus miembros caen en la incoherencia y en el pecado, se purifica continuamente bajo el impulso del Espíritu Santo.

I. Sucesos

«La época de Carlomagno»

Los árabes, que seguían avanzando, fueron derrotados en Poitiers (Francia) el año 732 por Carlos Martell, uno de los reyes merovingios. A Carlos Martell le sigue su hijo Pipino el breve, a quien el Papa Bonifacio coronó y reconoció el derecho de sucesión para sus hijos. Un nuevo papa, Zacarías, al verse amenazado por los longobardos, pide ayuda a Pipino. Este, al frente de un ejército, baja a Italia, los derrota y entrega al papa un territorio que incluía Ravenna y otras ciudades. Era el año 756.

Con esta donación nacen los Estados Pontificios que se mantendrán hasta el año 1870. El papa es ya un soberano, pero dentro de la órbita del rey de los francos y se sitúa así en una posición delicada frente al emperador de Constantinopla.

Carlomagno prosigue la política de su padre, refuerza la unidad de Europa occidental, rechaza a los árabes en el norte de España y extiende su reino por el este, convirtiendo por la fuerza a los sajones. Salió a la defensa del Papa León III, apoyó a la Iglesia y con su fuerte personalidad ejerció enorme influencia sobre su época. De hecho, impone sus ideas al Papado. Y el día de navidad del año 800, el papa le entrega la corona imperial en la basílica de san Pedro con la famosa dedicatoria: «A Carlo piísimo y augusto coronado por Dios, grande y pacífico emperador, vida y victoria».

Nacía el Sacro Imperio, continuación del antiguo Imperio Romano de Occidente, con sede en Aquisgrán. En este periodo se produce el llamado renacimiento carolingio, del que fueron artífices, junto al soberano, una selecta minoría de eclesiásticos versados en letras sagradas y profanas y de procedencia muy diversa. Esta diversidad acreditaba la amplia capacidad integradora de hombres y de pueblos característica de la obra carolingia. Entre ellos hay que nombrar al inglés Alcuino de York, el más ilustre de todos, creador y director de la escuela palatina. También sobresalieron el visigodo Teodulfo de Orleáns, el germano Eginardo, biógrafo de Carlomagno y, más tarde, Agobardo de Lyon, Hrabano Mauro, Jonás de Orleáns, etc.

Carlomagno hizo de la propagación de la fe y de la civilización cristiana el principio rector de su acción política. Por ello, sin distinguir entre el ámbito de lo espiritual y de lo temporal, consideró como misión suya cuanto podía redundar en provecho de la Iglesia y de la cristiandad. Intervino en cuestiones que afectaban al dogma, como la condena del adopcionismo, que Elipando, arzobispo mozárabe de Toledo, defendía. Según esta herejía, Cristo en cuanto hombre, era sólo hijo «adoptivo» del Padre.

La cuestión del culto de las imágenes, tan viva en el imperio bizantino, fue también tratada en el concilio de Frankfort y motivó la redacción, a instancias de Carlomagno, de los llamados «Libros Carolinos». En fin, la introducción en el Credo de la expresión «Filioque», originaria de la Iglesia visigótica, hecha por orden de Carlomagno, es una prueba más de su preocupación por la defensa de la doctrina ortodoxa.

El emperador, pues, se convertía en protector y garante de la incolumidad y de los intereses del papa y de la Iglesia. Por otra parte, el papa otorgó a Francia el título de «hija primogénita de la Iglesia». El gran designio de Carlomagno fue desarrollar una auténtica «política cristiana», que abarcase toda la extensión de sus dominios y todos los aspectos de la vida de sus súbditos. Carlos estaba profundamente penetrado por el sentimiento de la gran misión que le tocaba cumplir en el mundo. La «Ciudad de Dios», de san Agustín era su libro preferido, el que inspiraba su filosofía política, y él mismo se consideraba como instrumento de Dios para poner por obra los designios divinos sobre la Iglesia y la Cristiandad.

Estos hechos tuvieron una contrapartida: ahondaban más la división que desde hacía tiempo se venía dando entre Roma y Constantinopla, tanto en el orden doctrinal como disciplinar. Y es que Constantinopla consideró a Carlomagno como un usurpador del título imperial. Durante varios siglos el único emperador había sido el de Constantinopla, que era coronado por el patriarca de esa ciudad y a su vez se entrometía en los asuntos de la Iglesia en Oriente. Ahora en Occidente surge el Sacro Imperio Romano, cuyas dos autoridades son el papa y el emperador. Podemos decir que con Carlomagno se restablece el imperio en occidente, y que la Iglesia de Roma cuenta con un apoyo político y militar para su obra religiosa. Más aún, con la donación de Pipino y el apoyo de Carlomagno, el Papa cuenta con sus propios territorios, los Estados Pontificios o Patrimonium Petri.

Resumiendo, ¿qué más hizo Carlomagno?

  • Carlomagno reforma la iglesia franca, escoge juiciosamente a los obispos, que considera como altos funcionarios. Para el clero secular, favorece la fundación de comunidades de canónigos. Restablece la elección del abad por los mismos monjes.
  • Introduce e impone los libros de la liturgia romana. Pero dicha liturgia para los fieles que no comprenden latín, se convierte en algo misterioso y sagrado. El pan natural es sustituido por el pan ázimo.

· Es también el iniciador de una renovación intelectual. En su corte reúne a los grandes talentos del tiempo, la mayor parte monjes. Se intenta restaurar el latín clásico, el estudio de la Escritura, de los Padres y de la liturgia. Talleres de copistas ofrecen numerosos manuscritos, importantes por su hermosa caligrafía y sus ricas miniaturas. Esta renovación produce sus frutos a comienzos del siglo IX. Se fundaron las escuelas palatinas que hicieron renacer la cultura y el arte. El monje anglosajón Alcuino será el principal promotor de la renovación, desde la corte del emperador.

Cada día se va distanciando de Roma la Iglesia Griega de Oriente

El distanciamiento ya había comenzado anteriormente, pero vino a acelerarlo —como ya dijimos— la creación del imperio de Carlomagno, que sustrajo a Roma y al papado de la esfera de influencia bizantina, e instituyó un nuevo orden temporal de la cristiandad .

La Iglesia griega fue siempre recelosa ante el primado jurisdiccional del pontífice romano, por miedo a que pudiera menguar su autonomía disciplinar y litúrgica. De todas maneras nunca dejó de reconocer que la primera sede apostólica era Roma. Sin embargo, la iglesia bizantina se apoyaba continuamente en el emperador, que a su vez intervenía de manera continua en los asuntos eclesiásticos.

A esto se añadió otro episodio: la disputa de las imágenes. Duró un siglo. En relación al culto de las imágenes, podemos decir que los cristianos de los primeros siglos habían manifestado una cierta oposición a las representaciones de la divinidad y de los santos, basados en algunos pasajes de la Sagrada Escritura. Las consideraban como ídolos. Sin embargo, ya desde el siglo III van apareciendo respresentaciones de Cristo, de la Virgen y de los santos. Las catacumbas mismas fueron decoradas con representaciones de personajes y con escenas de las Escrituras, en las que Cristo ocupaba un lugar eminente. En los sarcófagos cristianos se esculpían escenas religiosas. También en los templos van apareciendo imágenes. El hecho es que, poco a poco, se van imponiendo tanto en oriente como en occidente. Se ve en ellas una función pedagógica. Son como «sermones silenciosos» o «libros para analfabetos». Son veneradas como si fijaran la presencia de aquel o de aquella que representan. Y algunos empiezan a preocuparse y acusan el culto de las imágenes de superstición y hasta de idolatría.

El año 726, el emperador León III destruye una imagen de Cristo muy venerada que se encuentra encima de la puerta de su palacio de Constantinopla. Es el comienzo de aquella política iconoclasta (destrucción de imágenes) que prosigue el emperador a pesar de los motines populares y la resistencia de los monjes, alguno de los cuales sufren el martirio por defender la legitimidad de las imágenes.

Este emperador pretendió que el papa sancionase estas medidas y, ante la negativa de Gregorio II, reaccionó violentamente: confiscó las propiedades pontificias enclavadas en los dominios imperiales del sur de Italia, y arrebató de la jurisdicción de la sede romana los territorios que constituían el antiguo vicariato de Tesalónica. Con tales hechos creó un nuevo motivo de fricción entre Roma y Constantinopla.

II. Respuesta de la Iglesia

La semilla del evangelio seguía esparciéndose

La época carolingia no fue tan sólo un período de reforma eclesiástica y de promoción espiritual de los pueblos ya cristianizados. Fue también una época de expansión misionera entre las tribus germánicas que todavía permanecían paganas.

En el siglo VII los intrépidos misioneros celtas habían sido los principales agentes de penetración cristiana entre los pueblos del centro de Europa. En el siglo VIII fueron misioneros anglosajones los que recogieron la antorcha y prosiguieron la evangelización de la Germania pagana.

En esta tarea contaron siempre con el valioso apoyo de los mayordomos de palacio y luego de los reyes carolingios. Así el monje inglés Wilibrordo trabajó durante muchos años con buen fruto entre los frisios y fue su primer arzobispo con sede en Utrecht; por tanto desde Holanda a Dinamarca sembró la semilla del evangelio. Su obra fue continuada por otro misionero inglés, Winifrido, más conocido por el nombre de Bonifacio, que sin duda puede considerarse como el gran apóstol de Germania. Para consolidar su obra fundó monasterios, lemas famoso de los cuales fue el de Fulda. El papa Gregorio III le concedió poderes para erigir diócesis y nombrar obispos.

Sólo quedaban por evangelizar los sajones del duque Windukindo. Le tocó a Carlomagno promoverlo, pues ya Bonifacio había muerto. Y con la conversión de los sajones llegaba a su término el proceso de cristianización de los germanos, si se exceptúa a los pueblos escandinavos. La misión nórdica le tocaría a Ludovico Pío, en el año 822, junto con el monje Anscario de Corbie.

Valor y finalidad de las imágenes

¿Cómo encaró la Iglesia el problema de las imágenes?

El problema de las imágenes provocó la escisión de la iglesia bizantina en dos bandos. Los emperadores isáuricos[57] se apoyaron especialmente en el ejército, que les prestaba una adhesión entusiasta y fue el brazo ejecutor de la política iconoclasta. En cambio, los monjes, en su gran mayoría, fueron fervientes defensores de los iconos, y muchos de ellos sufrieron persecución y muerte por esta causa.

Junto a los monjes estuvo la gran masa del pueblo, muy amante de las tradiciones religiosas y profundamente herida en sus sentimientos. La cuestión alcanzó sus momentos álgidos en el reinado del hijo de León III, el emperador Constantino V Coprónimo, que pretendió revestir la lucha iconoclasta de un ropaje teológico. Convocó el año 754 un concilio en Constantinopla, que condenó como idolatría la veneración de las imágenes y excomulgó a los defensores de su culto, y de modo especial al más ilustre de todos, san Juan Damasceno. Fue un concilio acéfalo, porque ni el papa romano ni ninguno de los patriarcas estuvo representado. Se le llamó también «sínodo execrable» en expresión del papa Esteban III.

Irene, esposa de León IV, hijo del iconoclasta Constantino V, promovió la calma, de acuerdo con el papa Adriano I, y convocó el II concilio de Nicea (787), que reconoce la legitimidad de la veneración de las imágenes, y declaró nulo las decisiones del sínodo iconoclasta del 754. La lucha se reanuda en el año 813 y no se aplaca definitivamente hasta el 843, gracias a la emperatriz Teodora, regente del imperio durante la menor edad de su hijo Miguel III[58]. El pueblo triunfó sobre la voluntad imperial[59]. Este asunto de las imágenes volverá a debatirse durante la reforma protestante.

La Iglesia ha considerado a las imágenes como «sermones silenciosos» y «libros para los iletrados», fáciles de entender. San Juan Damasceno distinguía entre la verdadera «adoración» (latría) que tan sólo a Dios es debida, y la veneración que se tributa a las imágenes de Cristo, de la Virgen y de los santos. La iglesia reconoció que es legítimo venerar y honrar las imágenes «con la ofrenda de incienso y de luces, como fue piadosa costumbre de los antiguos, porque el que adora a una imagen adora a la persona en ella representada».

Conclusión

Termino con un texto legislativo de Carlomagno donde se ve la unión entre Iglesia y Estado: «Todo el que entre por la violencia en una iglesia y se lleve algún objeto o incendie el edificio, por la fuerza o por robar, será entregado a la muerte. Todo el que, por desprecio al cristianismo, se niegue a respetar el santo ayuno cuaresmal y coma carne, será entregado a la muerte. Todo el que entregue a las llamas el cuerpo de un difunto, según el rito pagano, será entregado a la muerte. Todo sajón no bautizado que intente disimular entre sus compatriotas y se niegue a que le administren el bautismo, será entregado a la muerte». (Capitulario de Carlomagno sobre Sajonia, año 785). Ahora bien, esta unión entre Estado e Iglesia traerá también muchos inconvenientes. El cesaropapismo[60] hará sus estragos.

Notas

[57] Es decir, pertenecientes a la dinastía Isáurica, cuyo fundador fue León III (717-741).

[58] Este acontecimiento es todavía celebrado por la Iglesia griega en el primer domingo de Cuaresma, bajo el título de "Fiesta de la ortodoxia".

[59] No obstante, los mosaicos y las pinturas deben ejecutarse siguiendo un riguroso orden teológico, que va desde el Cristo pantocrátor (todopoderoso) de la cúpula hasta los santos de la parte baja de las capillas.

[60] Recuérdese que el cesaropapismo nació con el emperador romano Constantino, convertido al cristianismo.

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