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1.- Presentación

Marta Robin nació el 13 de marzo de 1902 en el departamento de la Drôme, en Châteauneuf-de-Galaure. Jamás abandonó su casa paterna, en la que murió el 6 de febrero de 1981. ¿Quién era? Voy a intentar definirla partiendo de lo visible hacia lo invisible.

Era una campesina francesa, Sencillamente: "una mujer que recibía en su casa", como dice un texto del antiguo Egipto, muchos siglos antes de nuestra era. Oh bello amigo, lo que mi corazón sueña es poseer tus bienes como señora de la casa, cogido tu brazo de mi brazo".

Nuestro mundo rural europeo esconde ciertos seres sencillos, sin cultura, sin pretensiones, nacidos para ayudar a otros y cuya vida se gasta en recibir a personas que acuden pidiendo ayuda: una curación, un remedio, una simple palabra misteriosa que les dé esperanza. Son los curanderos, las adivinas: Se sabe encontrarlos en su retiro. Se viene desde lejos para verles, como Sócrates fue a ver a la Pitonisa. Se les llama por su nombre, sin más. La mujer está allá en su casa. Se llama. Se entra. Allí está. Os atiende. Así era aquella que no podía llamarse más que Marta. Pero hace falta ir más alto, mucho más alto para definirla.

Marta fue una mística, una mística de primera magnitud. Los místicos difieren en magnitud como las estrellas. Tomo el término místico en su significación técnica, El misticismo es un contacto inmediato con la realidad. El místico tiene la impresión de tener no menos, sino más conocimiento y luz, de estar en relación con el ser infinito. Lo que Beethoven decía de la música: que es una revelación más alta que la sabiduría, el místico puede pensarlo de sus estados. El más notable es el éxtasis, en el que se rompe la ligazón con el mundo. Pero existen muchos otros que los doctores en todas las grandes religiones han designado, distinguido y catalogado. Marta conoció todos estos estados místicos. Los había rebasado, como lo diré con frecuencia en esta obra.

Marta ha sido la primera mística que ha vivido en la bisagra de los tiempos históricos: antes y después de Hiroshima, que considero como una fecha solemne que divide para siempre la aventura humana. Empezamos a tomar conciencia de esto como ciegos deslumbrados de repente. Hiroshima es un nuevo comienzo que rechaza la época anterior a un pasado absoluto. Casi ningún pensador héroe o santo ha podido pasar este umbral fatal y comparar las dos vertientes de la historia. Es demasiado pronto. Pero me parece que Marta había previvido, por decirlo así, este paso en lo que tiene de más profundo.

Hay que añadir que la vida de Marta se desenvuelve en un siglo científico, crítico, informado; en el que el fenómeno místico se analiza, se diseca, explica y reduce, como sucede con todo lo que hasta ahora era "maravilloso" o legendario". Marx y Freud permanecen como los maestros de los análisis reductores y de las explicaciones de lo alto por lo bajo. Foucault, Althusser, Lacan son nuestros maestros. Y para todos el místico es un sospechoso. Marta está en juicio: lo estará sin duda siempre.

Pero aún no he dicho lo específico de Marta, lo que la define esencialmente, Marta fue una estigmatizada.

Los estigmatizados forman entre los místicos una categoría limitada, algo así como los cosmonautas. Su característica es reproducir en su cuerpo ciertas heridas que, según el Evangelio, Jesús soportó en la Cruz. En nuestra época, más aun que en otras ocasiones, la prudencia aconseja suponer en principio que este fenómeno sanguíneo se explica por el poder de la sugestión, por histeria o enfermedad mental y no por una causa noble y trascendente. Por lo demás, y como diré en este estudio, las causalidades pueden ser efectivas en niveles diferentes, siendo la inferior sublimada por la superior. Queda, pues, que un estigmatizado es un místico de un género poco común en el que los rasgos del misticismo se encuentran llevados a una intensidad tal cercana al escándalo.

Pero en este siglo sabio en que la observación, la información, la crítica han realizado progresos considerables, el caso que yo propongo es una especie de provocación. Interpela como un desafío a todos los que tienen curiosidad. Interpela a los creyentes, a los no creyentes, a todos los que en diversas religiones y sobre todo en el cristianismo buscan los signos del Espíritu.

El doctor Imbert-Gousbeyre, en una obra célebre, contaba 321 estigmatizados en la Edad Media conocidos históricamente, al margen de los legendarios. Aunque se doble el número aún quedaría muy corto. Y, sin duda, no sehabría jamás reflexionado sobre la paradoja de los estigmatizados sin la historia incontestable de un santo excepcional: Francisco de Asís. En él se manifiesta el enigma que plantea a nuestra inteligencia la historia de los grandes estigmatizados católicos, que es la desproporción entre la causa y el efecto. ¿Quién más poético más cósmico, más amigo de la vida, de la naturaleza; más alegre que el poverello? ¿Quién se asemeja más a Jesús? Nadie niega que sobre el Alvernia un serafín imprimió en él las sagradas señales. ¿Cómo se realiza la simbiosis entre la vida y la muerte? No lo sabemos.

Añado que, entre todas las personas que he tratado en mi larga vida, Marta es la que me ha dado esa impresión tan extraña, mezcla de curiosidad, envidia y sorpresa que todo espíritu siente ante el "genio".

Tomo el término "genio" en su acepción más simple: todo niño da al adulto esta impresión. El genio difiere totalmente del talento, que por el esfuerzo o táctica busca imitar al genio sin conseguirlo jamás. Marta se asemejaba al niño aun por la voz. Ella no tenía ningún talento, salvo para bordar. No había seguido cursos de religión, su catequesis era elemental. Estaba más allá de toda cultura. Más allá de la pobreza, porque no consumía nada, alimentándose del aire del tiempo y de la eternidad. Más allá del dolor, reducida a un minimum vital. Presente, sin embargo, de rondón a todos y a todo, dando respuesta a toda incertidumbre, aventando, por así decir, los problemas para llegar a la solución. Marta recibía a hombres de Estado, obispos, especialistas de cualquier tipo, a sus vecinos campesinos que hablaban con ella del ganado y de las cosechas, a sus amigos, a sus familiares, a los niños que trepaban por su lecho; pero también a los desarraigados, a los rechazados, a los marginados. Leeremos sus relaciones con los condenados a muerte, con una amiga que moría muy lejos de ella.

Cuando una persona con unas sencillas palabras excita en nosotros una de esas emociones raras, repentinas, suaves, un tanto melancólicas y no obstante luminosas que nos hacen tomar conciencia del misterio de nuestro destino, cuando esto despierta en nosotros ese deseo del que habla Nietzsche de llegar a ser lo que somos pero de una manera más noble, entonces decimos que ha pasado un ángel. La visita del ángel es furtiva, llena de humor y de amor, incomprendida en el momento, extrañamente interrumpida, crepuscular como la del peregrino de Emaús. Te das cuenta de su presencia cuando desaparece y te encuentras solo en la noche.

Voy a decir aquí dos palabras sobre un problema insoluble que con frecuencia se abordará en estas páginas. Cuando se lee la vida de ciertos grandes artistas, sobre todo entre los músicos o poetas, se observa que las más altas manifestaciones del genio parecen estar condicionadas a estados enfermizos, como estados de agotamiento físico o una avería del sistema nervioso. Virgilio ya planteó el problema sin resolverlo. ¿Qué ligazón existe entre estas deficiencias y el genio? Quien lo descubriera esclarecería el misterio humano. Y nos enseñaría quizás cómo se puede sacar provecho de una alteración del cuerpo o del espíritu para conseguir un equilibrio superior.

Aún no he dado la definición, la más profunda y más verdadera de Marta Robin. No he penetrado en su secreto. Estoy en la zona visible, pública, explorable de su ser. ¿Qué sentido daba a los extraños fenómenos que sucedían en ella?

Ciertamente ella había aceptado su destino de enferma, que no dependía de su mano, con el coraje que aconsejan los sabios. Pero había mucho más en lo secreto de su corazón. Porque ella había concebido un proyecto apenas expresable, insensato: el de ligarse al problema de la miseria. Sobre este punto ha sido la relectura de Péguy y de sus poemas dramáticos sobre Juana de Arco lo que me ha permitido comprenderla mejor. Marta iba mucho más lejos que Víctor Hugo en Los Miserables.

¿Qué miseria? En primer término el dolor humano, el hambre, la pobreza, la desigualdad de condiciones, todo lo que es infierno en este mundo y que el progreso técnico no ha abolido. Pero a los ojos de Marta había otro infierno. Ella creía en el drama de la salvación. La existencia nos impone una elección entre la vida y la muerte. El hombre ha pecado. Mas existe una ley de sustitución que permite al inocente pagar el rescate por el pecador. Cristo, el inocente absoluto, es el primero, y el solitario.

Ella se ponía a las puertas del infierno para que éste permaneciera vacío. Imaginaba que tal era su principal misión, su tarea, su oficio: plantar cara a la miseria. Y si era preciso hacerle frente sola.

Me doy cuenta que este libro sobre Marta es desconcertante, molesto para muchos que me van a dejar enseguida, dudosos de la verdad que cuento. Y quiero responder a sus objeciones sobre la verosimilitud de este relato y sobre su oportunidad.

Porque el primer pensamiento que se presenta es el de la imposibilidad. Se dirá que en el siglo de la información, si un ser humano permanece largo tiempo inédico, tal cosa interesaría a los sabios, tanto como el viaje a la luna. Esto se sabría. Los periodistas, cuyo oficio es sacar a la luz lo que se disimula, habrían hablado de ello repetidas veces. Por otra parte, ya se sabe que el dogma fundamental de la ciencia es la imposibilidad del milagro. Es por tanto necesario concluir, bajo pena de irrisión, que consciente o inconscientemente, por superchería o estratagema Marta se alimentaba. Y que los "testigos" o bien engañan o, más probablemente, se engañan.

Tal debate inevitable está constantemente sobreentendido en este libro. Pero quiero señalar las dificultades de la postura negativa. Marta recibió millares de visitantes en treinta años y con frecuencia, se trataba de espíritus desconfiados: había gentes de leyes, psiquiatras, eclesiásticos educados para sospechar de los místicos y gustosamente incrédulos en estas materias. Todos han intentado explicar el fenómeno por alguna superchería. También yo como ellos me preguntaba: ¿Quién, pues, la avitualla clandestinamente? Observé como un detective las miradas, las entradas, las medias palabras de aquellas tranquilas madres que vivían en casa. El engaño no solamente era improbable, sino imposible. Suponer que Marta haya podido engañar a inquisidores tan diferentes es más improbable que la ausencia de alimentación.

Yo llegué a preguntarle sobre este asunto. Sus respuestas eran dulcemente irónicas. No es nada interesante que yo no coma. Después de todo estoy en mi casa y tengo mis vacas y leche. ¿Quién me va a impedir beberlo? No se fije Vd. en tales cosas". Por su parte ella estaba sobre y más allá de esto. "¿Pero, por qué, Marta, has rehusado ser llevada a una clínica donde podías haber sido observada durante unos meses sin interrupción, para poder dar una prueba de vuestro ayuno?" «Yo estoy en mi casa», respondía. "Y ¿creéis que eso convencería a la gente? Los que no lo admiten tampoco lo admitirían. Soy la dueña de mi cuerpo y me quedo en mi casa. Moriré aquí donde he vivido".

En el examen del fenómeno Marta (como en el del Santo Sudario) he encontrado incrédulos favorables y teólogos escépticos. Los primeros son espíritus ávidos de novedad: Marta es una especie de sábana viviente y la NASA la hubiera podido analizar. Pero por otra parte, muchos teólogos me han manifestado sus reservas: "Vuestro libro no estará conforme con el espíritu del Vaticano II. El Concilio restringe el ámbito de lo maravilloso. Reemplaza el temor servil del infierno por el amor misericordioso. La Cruz queda anulada, absorbida en la resurrección". A lo que he respondido que este concilio —al que yo asistí— no ha eliminado jamás los textos del Evangelio donde se habla del fuego eterno, donde Satán interviene o se anuncia el Juicio, donde la idea de una sustitución redentora del inocente por el pecador para rescatar al pueblo permanece como fondo del drama.

Se me ha preguntado qué pensaba la Iglesia Católica sobre el asunto de Marta Robin. Yo sé que la Iglesia es lenta en conceder coronas: no le gusta elevar demasiado pronto a sus hijos por temor de desanimar a los demás en una familia en la que todos son iguales, todos pecadores. Frente a los estigmatizados la Iglesia de nuestro tiempo, sobre todo después del último Concilio, es prudente. Sabe, como ha sabido siempre y más que nunca, que hay falsificaciones de lo sublime, que el Maligno se disfraza, que Satán puede aparecer como ángel de luz. Más que nunca en nuestro tiempo de ambigüedades es difícil trazar la frontera de lo natural, lo preternatural y lo sobrenatural. Debe pasar mucho tiempo; pero antes de que tengan lugar estos procesos difíciles, existe un criterio de buen sentido que tanto el pueblo cristiano como las élites sabias, emplean comúnmente y sin discusión: consiste en juzgar el árbol por los frutos.

Mas en el caso de Marta los frutos son buenos. Aquí es fácil seguir la regla que aplicaba san Pablo en relación con los carismas de su tiempo: "No tiréis nada. Cribadlo todo y quedaos con lo bueno", Tes 5,19 y 21

Marta crítica para sí misma, como los auténticos místicos formados en la escuela de san Juan de la Cruz, colocaba la privación de favores por encima de los favores. Un día en que yo le hablaba del "anillo místico", la alianza nupcial de oro que algunos ven en su anular y que algunos pintores representan, me dijo: "Es el signo de un desposorio eterno. Creo haberlo visto una docena de veces pero es mejor no verlo." Su proceder en todo era ir más allá de lo accidental para llegar a lo esencial, ir más allá de los símbolos. A todos despedía con las palabras de su gran oración: "En el eterno amor y en la unidad".

Viéndola tan ignorada, tan desconocida en nuestro siglo de ciencia, sospechosa igualmente para los sabios y los clérigos, llegué a decirme cuán curioso es que la humanidad, en este final de un siglo incomparable, gaste miles de millones para enviar lanzaderas espaciales al vacío para explorar astros sepulcrales, para conocer mejor el cerebro, el embrión, las relaciones del espíritu y la materia, para curar el cáncer; y que descuide el examen de este caso único en su género, que podría acrecentar nuestros conocimientos y nuestros poderes. ¿Cómo vivir en estado de ingravidez, de hibernación o sin alimentos? ¿Cómo sobrevivir en las catacumbas atómicas? Aun más, ¿cómo desensombrecer la muerte, explorar el más allá de la muerte? Es por todo esto por lo que encaré la tarea de componer este libro algunos años después de la muerte de Marta, pensando que no tenía derecho a callarme y que era preciso en este proceso aportar un testimonio largamente reflexionado.

Para comprender mejor por qué haya sido este mi destino conviene retroceder tres pasos, como el león, y colocarse al principio tan lejos como sea posible. Así he elegido para presentar este retrato un testimonio paradójico: el de un filósofo descreído, médico de Anatole France, y el más extraño posiblemente al cristianismo, ya que negaba la existencia histórica de Jesús. El Dr. Couchoud era amigo de Marta; y fue este Mefistófeles quien me condujo a mi pesar a su casa. Lo voy a contar. Después iremos nosotros. Poco a poco nos elevaremos hacia su misterio que es también el nuestro, en este umbral del tercer milenio en que vamos hacia lo desconocido.

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