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El gran tabú (y II)

¿Debe considerarse la ejecución en masa de oponentes políticos, reales o inventados, o de una clase cuyo género de vida contraviene las normas, como de una esencia diferente de la ejecución por motivos puramente raciales? Los soviéticos diezmados a causa de la gran purga de 1937, los camboyanos asesinados por los khmers rojos a finales de los años setenta, los tibetanos muertos o acorralados hasta la muerte por los chinos desde 1950 -un millón, la mitad de la población-, todas esas víctimas murieron, no ya por haber intentado rebelarse, sino porque habían cometido la equivocación de nacer en categorías sociales, religiosas, profesionales que se suponía obstaculizaban «objetivamente», por su simple existencia, a la aparición del «hombre nuevo», noción, por otra parte, racista. No son más que unos cuantos ejemplos contemporáneos, y podría citar muchos otros en Vietnam, en China o en África. Se trata de verdaderos crímenes contra la humanidad, y no de crímenes de guerra. Ninguna guerra los justifica, ni civil ni extranjera, salvo en el caso del Tibet; y aun esa excusa no sirve mucho, tampoco, en tal caso, pues el exterminio de los tibetanos llegó a ser masivo, sobre todo durante la «Revolución cultural» china, mucho después del final de la conquista, después de la anexión y de la «pacificación». Los chinos castigaban con la muerte a todo tibetano sorprendido rezando o... ¡hablando en tibetano! La religión, la misma lengua debían, pues, ser borradas de la faz del planeta. Estos acontecimientos, tanto en el Tibet como en Camboya, se desarrollaron, ¿quién lo ignora?, mucho después de la segunda guerra mundial y, sin embargo, no me parece que la pedagogía del holocausto haya atenuado la plácida indiferencia y la complicidad pasiva de los occidentales ante esos crímenes contra la humanidad. Estos tenían graves defectos que les impedían excitar nuestro indignado celo: eran actuales, tenían lugar ante nuestros ojos y eran «de izquierda».

Recuerdo que no trato esta cuestión en este punto de mi libro más que para justificar el aparente desequilibrio eventual de los ejemplos que voy a escoger a continuación. Lo que quiero demostrar, a título previo, es que no tengo que observar un equilibrio entre una fuente real de falsificación de la información y un fantasma. La eficacia de la fuente real, en efecto, procede en parte de ese fantasma, que crea un terreno favorable a todas las falsas equivalencias: por ejemplo, entre el imperio soviético y el apartheid sudafricano. Se puede juzgar y yo juzgo el segundo fenómeno tan odioso, más odioso aún para la dignidad humana inmediata que el primero. Pero difiere completamente por sus causas, por su naturaleza, por sus actos y por su evolución posible, así como por sus repercusiones futuras. Mencionar estos dos casos como dos formas de un mismo totalitarismo constituye, en sí una información falsa que no puede conducir más que a políticas catastróficas. Por otra parte, la confusión beneficia únicamente al sistema soviético, pues si se oye a menudo decir: «No tenéis derecho a denunciar el peligro soviético mientras no hayáis desmantelado el apartheid», no se oye nunca o no se osa jamás decir lo contrario. El desequilibrio se origina, pues, aquí, en la misma raíz de la percepción, que erige en objeto un «totalitarismo de derechas» supuesto, en el mundo actual, tan sólido, amenazante, homogéneo e internacional como el «totalitarismo de izquierdas». Ahora bien, esta alteración de la percepción se deriva en parte de la persistencia imaginaria del nazismo... a menos que sea verdadero el caso recíproco y que la resurrección imaginaria no sea cultivada más que para permitir mantener la ilusión de una igualdad de los pretendidos «dos» peligros totalitarios. Tal paralelismo postizo aprovecha evidentemente al totalitarismo comunista, principal peligro mundial de tal naturaleza en la actualidad. Mi objetivo en este libro es decidir si la verdad es mejor conocida y mejor utilizada que antaño; debía, pues, describir desde este momento algunas consecuencias del mito de la eternidad del nazismo.

He aquí una más, de las que yo fui candido y estupefacto artífice, y luego espectador cada vez más interesado por las interioridades del ciclón que había, a pesar mío, desencadenado. El sábado 4 de noviembre de 1978 apareció en el semanario L'Express, cuya dirección había yo asumido dos meses atrás, una larga entrevista con Louis Darquier de Pellepoix, que había sido comisario general de los Asuntos Judíos en el gobierno de Vichy, entre mayo de 1942 y febrero de 1944. Un periodista le había descubierto, todavía vivo, en España, adonde había huido después de la Liberación. Para mí, dar a conocer al público esa entrevista se justificaba por varios motivos. Era, en primer lugar, un documento histórico. La historia consiste en recoger los testimonios de todos los actores, y no solamente de los que nos caen simpáticos. No había habido más que dos comisarios de los Asuntos Judíos bajo la ocupación: Xavier Vallat, muerto en 1972, y ese Darquier, octogenario, enfermo, al que ya no le quedaba mucho tiempo para poder hablar (debía morir en 1981). Pues bien: en treinta y cuatro años, ni un solo periodista, ni un solo historiador había ido a verle. ¡Extraña falta de curiosidad! ¡Sorprendente concepto de la investigación! ¿Quién evaluará un día las pérdidas definitivas de información debidas a la negligencia profesional en el reportaje y en las ciencias históricas? A mi juicio, la entrevista con Darquier tenía además un interés psicológico y filosófico: permitía comprobar lo que sucede exactamente en el cerebro de un doctrinario totalitario. Todos los hombres sustentan opiniones subjetivas, insostenibles, intransigentes, pero lo que distingue a la convicción totalitaria es que pasa a los hechos para aniquilar, si puede, a todos los que no la comparten o a los que ella designa como enemigos. ¿Cómo se elabora? ¿Cómo toma posesión de un cerebro humano hasta el punto de hacerle considerar como normales el encarcelamiento, la deportación, el asesinato de sus semejantes? Pequeño comerciante de Cahors, Darquier (cuya añadidura nobiliaria «de Pellepoix» era una pura fantasía) construía su visión del mundo con las mismas ideas fijas que los campeones intelectuales y literarios del antisemitismo de entonces, los Céline, Drieu La Rochelle, Brasillach, Maurras o Rebatet. La cultura, la inteligencia, el mismo genio no hacían mella en ese tipo de fantasma y le aportaban su concurso según los mismos mecanismos que la ignorancia y la imbecilidad. En una época tan devastada como la nuestra por las ideologías totalitarias, no me parecía superfluo presentar un ejemplar que permitiera captar mejor su génesis mental y, también, la resistencia a los mentís infligidos por los hechos. Darquier rehusaba hoscamente retractarse y confesar haber errado en nada. En ese punto tampoco se distinguía en nada de otros criminales totalitarios de inteligencia muy superior a la suya, por ejemplo, los dirigentes del primer período, más estaliniano, de la Polonia comunista. Esos dirigentes, un cuarto de siglo después de haber sido expulsados del poder, cuentan con una inconsciente franqueza en un libro edificante, «ONI»(«Ellos»), sus fracasos y sus crímenes, pero concluyen que no se equivocaron nunca y aseguran orgullosamente que actuarían como lo hicieron si debieran volver a empezar.[4]

Todas esas razones para publicar la entrevista me parecieron tan evidentes, la causa, a los ojos de la historia, de tal modo vista para sentencia, las mismas declaraciones de Darquier, en su abyecto alegato, de una falsedad a tal punto palpable, que en verdad no tuve cuando adopté mi decisión la impresión de mostrar al público un documento muy original. Recuerdo que un viernes, vigilia de la salida del número, interrogado sobre su contenido por un colega de la prensa radiofónica, sólo mencioné de paso la entrevista con Darquier, más bien arqueológica a mi juicio, para insistir más largamente sobre los méritos de una encuesta sobre el «Porvenir de los maestros», que aparecía en la portada.

Sin embargo, durante el fin de semana me llegaron los primeros fragores del trueno de la tempestad que yo había impremeditadamente desencadenado. Primero atribuí a la simple necedad algunos fragmentos de comentarios cogidos al vuelo por la radio, en los que parecía inexplicablemente creerse que las enormidades de Darquier traducían el pensamiento del periodista, e, incluso, ¡que Darquier era un colaborador del periódico! Un malentendido tan grosero, me dije a mí mismo, no resistiría a la lectura del texto por toda persona de buena fe. Mi perplejidad aumentó cuando, el lunes por la mañana, oí a Simone Veil, en una emisión matinal de mucha difusión, hablar de lo que tan súbitamente se convertía en un tema de discordia nacional. Fue precisamente en el curso de esa conversación radiofónica cuando Simone Veil esgrimió, que yo sepa, por primera vez, la acusación de «banalización» del nazismo, término que persisto en considerar, en este caso, como un contrasentido. En efecto, dirigir la luz sobre los actos y los pensamientos de los criminales políticos impide, por el contrario, habituarse a los horrores totalitarios y previene la tendencia a olvidarlos. ¿Cómo, al mismo tiempo, proclamar la necesidad de luchar contra el riesgo del olvido del holocausto por las jóvenes generaciones y denunciar como una «banalización» la divulgación de un documento que reaviva su recuerdo al mostrar, precisamente, cómo puede desarrollarse su proyecto en los hombres? Pues el valor pedagógico y profiláctico de la historia de los genocidios es nulo si no comprendemos cómo cualquier hombre puede convertirse en su autor o su cómplice. El espectáculo del pasado debe incitarnos, no a la buena conciencia extraída de una condena retrospectiva del mal, sino a la desconfianza ante nuestra propia capacidad de cometerlo. Dentro de cada uno de nosotros dormita un Darquier de Pellepoix. Por tal razón los genocidios se continúan llevando a cabo todos los días y también la de que, si tienen por autores a nosotros mismos o a nuestros amigos, ya no los llamamos genocidios.

Somos ciegos a la lógica de la aberración cuando reside en nosotros mismos. Así, el Movimiento contra el Racismo y por la Amistad entre los Pueblos (MRAP), organización de fachada del partido comunista, que por supuesto tomó parte en la campaña contra L'Express en el asunto Darquier, tenía por secretario general a un hombre que, siendo él mismo judío, sin embargo había aprobado, como disciplinado comunista, la represión antisemita de Stalin, en ocasión del llamado «complot de las batas blancas», en 1953. O también Claude Lanzmann, creador de ese imperecedero monumento cinematográfico e histórico sobre el holocausto que es Shoah, pone en duda (véase Les Temps Modernes, febrero de 1987) la responsabilidad soviética en la matanza de miles de oficiales polacos en Katyn, en 1940. Aunque los historiadores hayan confirmado abrumadoramente esta responsabilidad, establecida desde 1943 en un informe de la Cruz Roja, Lanzmann habla con un escepticismo tenaz de los crímenes «imputados» a Stalin por la «propaganda nazi». ¿Se da él mismo cuenta de que se deja así dominar por una obsesión de negar lo que no le gusta idéntica a la que impulsa a un Robert Faurisson y a los «revisionistas» a poner en duda las pruebas de la existencia de los campos de la muerte? Sus falsos campos de la muerte, pero éstos soviéticos, son aquellos donde, antes de 1941, fueron además deportados dos millones de polacos, de los que por lo menos la mitad murió a consecuencia de malos tratos.

Al desarrollar su argumentación, discutible a mi juicio, pero respetable, sobre el peligro de «banalizar» el nazismo, Simone Veil había reconocido, con su habitual honradez, que ciertamente no podía haber dudas ni sobre los sentimientos del periódico ni sobre los del periodista que había interrogado a Darquier. En efecto, es difícil experimentar incertidumbre alguna al leer las réplicas que servían de entrada en materia.

«L'Express: Señor, hace ahora treinta y seis años que usted entregó a los alemanes 75 000 hombres, mujeres y niños. Usted es el Eichmann francés.

Louis Darquier de Pellepoix: ¿Qué cifras son ésas?

L'Express: Todo el mundo las conoce. Son oficiales. Se encuentran también en este documento. (Le muestro, abierto en la página correspondiente, el "Memorial de la deportación de los judíos de Francia", de Serge Klarsfeld.)»

Durante toda la entrevista, habíamos intercalado en itálica, cada vez que nuestro camarada no había tenido tiempo de detallarlas de viva voz, las informaciones que refutaban o abrumaban a Darquier. He aquí un ejemplo de ese método:

«L'Express: En el mes de febrero de 1943, usted propuso al gobierno de Vichy un cierto número de medidas en las cuales ni los mismos alemanes habían pensado.

Cita intercalada. "Declaración de Louis Darquier de Pellepoix al Petit Parisién, el 1." de febrero de 1943.

"Propongo al gobierno:

"1. Instituir el uso obligatorio de la estrella amarilla en la zona no ocupada.

"2. Prohibir a los judíos, sin ninguna derogación, el acceso y ejercicio de las funciones públicas. Sean cuales fueren, en efecto, el valor intelectual y los servicios rendidos por un individuo judío, no es menos cierto que es judío y que, por ello mismo, introduce en los organismos en que él ocupa un cargo, no solamente una resistencia natural a las operaciones de arianización, sino también un espíritu que modifica, a la larga, de una manera profunda, el valor de toda la Administración francesa.

"3. La retirada de la nacionalidad francesa a todos los judíos que la adquirieron después de 1927..."

L. Darquier: De esta historia de la estrella amarilla en la zona libre no me acuerdo. Debe de tratarse, una vez más, de vuestra propaganda judía...

L'Express: En absoluto. Aquí está, con todas las letras, en el Petit Parisién del 1.° de febrero de 1943.

L. Darquier: Tal vez... tal vez...»

O el párrafo en el que nuestro colaborador, Philippe Ganier-Raymond (que en una ocasión fue tratado por Darquier de «agente de Tel-Aviv»), cita el documento acusatorio:

«L. Darquier: Los alemanes no cesaban de ponerme obstáculos.

L'Express: ¡Ah!, ¿sí? Entonces, ¿qué significa esta nota del 29 de mayo de 1943, dirigida a Roethke, el sucesor de Dannecker, en Knochen: "En varias ocasiones, Darquier nos ha pedido que apoyemos sus proyectos de ley, pues, desde hace mucho tiempo, ha perdido toda esperanza de que el gobierno francés acepte uno solo de sus proyectos"?

L. Darquier: ¡Es otra falsedad! ¡Una falsificación fabricada luego por los judíos! ¡Ah, esos judíos, son inconmensurables!»

Estas líneas -y las hay más violentas- habrían debido, de entrada, pulverizar toda posibilidad de malentendido y toda tentativa, malévola o estúpida, de atribuir a L'Express cualquier connivencia con el antiguo comisario general de los Asuntos Judíos.

¡Pero la mayoría de la prensa reaccionó como si nosotros hubiéramos querido proceder a una rehabilitación del antisemitismo de los tiempos de Vichy! A veces asisto a alguno de esos coloquios nobles y opulentos en que mis colegas, obsesionados por los escrúpulos, se interrogan sobre los misterios de la objetividad, ese ideal que todos afirman perseguir con inflexible ardor, pero que, al oírlos, es tan inalcanzable como la perfección divina. Entonces no puedo evitar reír para mis adentros pensando en este episodio y en otros tantos, en que he podido ver a periódicos y a otros medios de comunicación, con todo conocimiento de causa, pretender haber comprobado algo que era radicalmente opuesto a lo que ellos habían visto, leído u oído. El enemigo interior de la objetividad de la información es a menudo más temible que el enemigo exterior, la atracción de la mentira que las amenazas de la censura.

Pero, ¿por qué nos veíamos reducidos a defendernos como si, a pesar de todas nuestras precauciones de presentación, L'Express hubiera refrendado por su cuenta, en 1978, los eructos de un desecho de los años cuarenta, cuando se conocían, por otra parte, las tomas de posición sistemáticas del periódico en favor de la causa judía y del Estado de Israel, y que sus dos propietarios sucesivos, el antiguo, Jean-Jacques Servan-Schreiber, y el nuevo, James Goldsmith, eran, ambos, judíos o medio-judíos, y que el presidente de su comité editorial se llamaba Raymond Aron?

Si dejo a un lado las gentes que, bajo la presión de la campaña y menos por maldad que por estupidez, creyeron de buena fe en la adhesión de L'Express a Darquier, encuentro cuatro razones al romo contrasentido que se cometía o se fingía cometer.

La primera razón es política. La izquierda detestaba a L'Express, considerando como que había «girado a la derecha» desde 1972. No le perdonaba sus críticas de la Unión de la Izquierda y de su Programa Común. Los primeros en la prensa francesa habíamos, en 1974, publicado en exclusiva las mejores páginas del Archipiélago Gulag. En enero de 1976, Jean-Jacques Servan-Schreiber había decidido consagrar un número entero, cuya tirada excepcional fue de un millón de ejemplares, a la presentación de extractos de mi libro, La tentación totalitaria, operación que la izquierda había tomado como una agresión. De ahí el odio y el deseo de venganza que sólo pueden explicar, por ejemplo, que un periodista tan sagaz como Pierre Viansson-Ponté haya firmado, en la primera página de Le Monde, el 7 de noviembre de 1978, un artículo en el que fingía gemir sobre la conversión de L'Express al antisemitismo y a la colaboración. Es uno de los muy numerosos casos en que se ve a la izquierda, que se pretende intelectualmente autónoma, caer, tan pronto como empieza a polemizar, en la más vulgar indumentaria estaliniana. Pero el gozo de decirse: «No se nos van a escapar esta vez» no era tampoco ajeno a la derecha; su rencor se remontaba a nuestras luchas por la independencia de Argelia; luego, contra la mayor parte de las medidas políticas o económicas de los presidentes De Gaulle y Pompidou. Nuestro mitigado apoyo al presidente Valéry Giscard d'Estaing, que, por otra parte, no era seguido por toda la derecha, no bastaba para borrar animosidades que atizaba, además, un espíritu de elegante competencia comercial en colegas encantados de crearnos problemas.

Una segunda razón, menos anecdótica y más respetable, había inspirado alguna preocupación a las organizaciones judías que siguen creyendo que la evocación del antisemitismo pasado, incluso para poner en la picota a los culpables, puede reavivar ese vicio en vez de aniquilarlo. De nuevo se ve aquí surgir la contradicción entre la voluntad de recordar el pasado, por piedad debida a la memoria de las víctimas, y el deseo de olvidarlo, por miedo a crear agitación que repercutiría contra los judíos. En Francia, cada vez que un judío escribe un ensayo, una obra histórica, una película que evoque con demasiada precisión la ideología y las persecuciones antisemitas, inmediatamente otros judíos le reprochan reavivar las pasiones antijudías entregándose a malsanas exageraciones. Así fue cómo Raymond Aron, después de haber aprobado la publicación de la entrevista y haber firmado conmigo, en Le Monde, una refutación indignada de las alegaciones inaceptables e injustificadas de Viansson-Ponté, se ablandó un poco más tarde, acosado por eminentes amigos de la comunidad judía, e incluso escribió en L'Express un ambiguo editorial en el que su solidaridad con el periódico no era lo más destacado. Aron quería que yo le asociara a las decisiones, lo que yo hacía con mucho gusto, mientras él mismo se sentía profundamente indeciso y, sobre todo, presto a doblegarse en el momento en que aparecían los inevitables tumultos que siguen a toda iniciativa audaz. Indicio interesante: los judíos inmigrados y naturalizados inmediatamente antes o justamente después de la guerra, llegados casi todos de Europa Central, no tuvieron jamás la menor duda (ellos o sus descendientes) acerca de lo que habíamos querido hacer. Siempre me apoyaron en los debates a los que me invitaron varias asociaciones judías. Les parecía de una claridad deslumbradora que exponer ante todo el mundo los lamentables y nauseabundos raciocinios de un sanguinario fanático no tenía por objeto y no podía tener por efecto más que hacerlos repugnantes a la opinión pública. Pues ellos estaban históricamente a salvo de los turbios sentimientos que, junto a los demás franceses, los judíos de vieja raíz francesa experimentaban ante el pasado fascista de su patria; pasado a la vez reprobado y absuelto, deshonrado y deprimido, muy a menudo escamoteado y minimizado, ciertamente condenado, pero, sobre todo, archivado y que debía continuar siéndolo en virtud de una especie de pacto de olvido o de atenuación.

De ahí procede la tercera razón que tienen los franceses para interpretar la comedia de la horrorizada sorpresa cuando se pone ante sus narices un fragmento de su historia: y no solamente los franceses, sino todos los europeos, puesto que, aparte de los británicos, los suizos y los suecos, todos los europeos han aportado su piedra para la construcción del edificio totalitario que se derrumbó en 1945. En este caso, el documento Darquier recordaba desagradablemente a los franceses puros que había existido un nazismo de origen puramente francés. El nazismo que había reinado sobre nuestro territorio no se debía enteramente a la derrota de 1940 y a la ocupación. El tendero de Cahors, triunfalmente elegido, desde antes de la guerra, en el Consejo Municipal de París, en 1935, por un programa cuyo artículo único era el antisemitismo, no había sido importado del extranjero ni impuesto por los invasores. Lo que muchos temieron, en el tornado suscitado por el documento de L'Express, fue, como debía suceder en ocasión del proceso de Barbie, que se empezara a hurgar en el pasado de la colaboración y de la Resistencia. Por otra parte, ese desagrado no dejó de producirse. En el ardor de la reapertura de los dossiers se pronunciaron nombres de personalidades todavía en activo y de elevada posición, que habían sido partidarias de Vichy e incluso un poco más. Su pánico vino a incrementar la oleada de protestas. Y como esas personas disponían de excelentes relaciones profesionales y mundanas, vi cómo un día el propietario del periódico, Jimmy Goldsmith, irrumpía en mi despacho, durante una sesión del comité editorial, lo que constituía, además, una incongruencia por su parte, se dejaba caer, agobiado, en un sillón, y pasándose la mano por la frente con expresión preocupada, murmuraba varias veces, en tono trágico: «¡No queremos sangre!... ¡No queremos sangre!...» ¡Cielos! ¿Cuándo habíamos querido nosotros sangre? Desconcertados, nos interrogamos con la mirada. ¿Qué sangre habíamos podido o podríamos verter? Se trataba, en realidad, no de la vida, sino de la reputación y de la comodidad cívica de algunas relaciones de Jimmy, relaciones cuyos dossiers, aunque amnistiados desde hacía tiempo, no estaban vacíos. Igual que Aron, que había sido influenciado por ciertas organizaciones judías y se extraviaba,[5] a mi juicio, en un pobrísimo análisis, Jimmy lo había sido por antiguos colaboracionistas, hoy día integrados en el establishment de los negocios del que él mismo formaba parte. O, más bien, uno y otro habían sufrido ambas presiones. Para hacerse reprender por los vichystas, Aron tenía a mano a su gran amigo Alfred Fabre-Luce, antiguo doctrinario de la colaboración, aunque arrepentido, y cuyo pasado había sido «olvidado» por Aron, aunque éste no le tratara con muchas consideraciones durante la guerra, en Londres, en su diario La France Libre. Fabre-Luce, algún tiempo después, me cogió aparte y me increpó (en el curso de una recepción en casa de Aron, precisamente) moviendo la cabeza y reprendiéndome: o ¡Muy bonito lo que has hecho! ¡Vamos hacia una nueva depuración! ¡Has vuelto a abrir la puerta a la discordia civil!»

La cuarta razón de las extrañas reacciones que agitaron entonces a los franceses es la más interesante, porque es la más irracional y la de más graves consecuencias. Se basa en nuestra necesidad de remedar la batalla contra el antisemitismo, el holocausto, la colaboración, el nazismo y el fascismo, como si fuera una batalla actual. Primero, se trata de una satisfacción simbólica y de una revancha onírica: libramos el combate que no libramos en 1942, por lo menos todos nosotros, ni mucho menos. Además, en esta batalla contra espectros, la victoria es segura. El resultado se conoce anticipadamente, Darquier ya está vencido. A la buena conciencia, muy legítima, que tienen todos los que se alinean en el campo del Bien, se añade el placer de hacerlo sin riesgos. Además, al lanzarse al ataque contra un enemigo que ya no existe, puede decirse que se cumple con el deber de defensor de la libertad, lo que dispensa de hacerlo ante las amenazas concretas, actuales y reales que la ponen en peligro, pero que son evidentemente mucho más difíciles de contrarrestar.

Incluso la magistratura francesa, en esta gran movilización nacional de energías, tuvo empeño en manifestar contra el régimen de Vichy el coraje que le había faltado deplorablemente treinta y cinco años atrás. El abogado de L'Express y futuro ministro de Justicia, Robert Badinter, con quien almorcé a principios de noviembre, por razones, por otra parte, sin relación alguna con el asunto, me confió haber encontrado, la víspera, el parquet (como se llama en Francia al local del palacio de Justicia reservado a los miembros del ministerio público fuera de las audiencias) «zumbante y trémulo» por la cólera suscitada por el caso Darquier. Debía estar preparado a afrontar demandas judiciales. En efecto, en estricto derecho, el simple hecho de imprimir frases del estilo de las de Darquier, incluso desaprobándolas enérgicamente, constituye el delito material de incitación al odio racial. Entonces, ¿qué se hace cuando se quiere publicar el testimonio de un personaje histórico que expresa tesis peligrosas para los derechos del hombre? En teoría, cada vez que se reedita la página de Aristóteles justificando la esclavitud o el Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas de Gobineau, se cae bajo el peso de la ley, que no aprecia más que la materialidad del delito y no la intención científica del editor. En lodo caso, la apreciación de esa intención compele enteramente a la autoridad judicial. Ahora bien, si la intención de L'Express era clara, la del parquet no lo era menos. Pretendía, una vez más, hacer la comedia de fingir creer que el periódico no había presentado al público un documento sobre hechos ocurridos casi cuatro décadas antes, sin el menor equívoco en su apreciación moral, sino que había fabricado un manifiesto antisemita de su propia cosecha. Incluso se esparcieron rumores poniendo en duda la autenticidad de la entrevista, como si nosotros hubiéramos forjado, con fines de propaganda nazi, el personaje y sus declaraciones. Se me intimó que mostrara la grabación. Pero ninguna ley dice que toda entrevista deba ser grabada. Millares de entrevistas han sido realizadas antes de la invención del magnetófono. Y, desde esa invención, no todo entrevistado acepta la presencia de un instrumento que a veces le molesta. Yo he entrevistado personalmente dos veces a Valéry Giscard d'Estaing durante su presidencia, y una vez al rey de España, sin magnetófono. Pero no por el lo sus manifestaciones fueron menos fielmente transcritas. Por otra parte, muchos periodistas prefieren trabajar tomando notas. Además, los delirios de Darquier eran muy conocidos. Otros del mismo estilo habían aparecido, algunos años antes, en Le Monde sin promover, caso curioso, entonces ningún huracán, ni siquiera la menor corriente de aire. Estábamos en pleno surrealismo judicial, pero, tal como me dijo en un tono bonachón y divertido Alain Peyrefitte, el ministro de Justicia entonces en funciones, «habría sido inconcebible que la acción pública no se pusiera en camino». El camino resultó ser un callejón sin salida. Hice, ante un juez de instrucción cortés y consternado, una declaración circunstanciada y sincera, y luego ya no volví a oír nada más del asunto. Añadiré que tomé la precaución, al preparar la publicación de la entrevista, de informarme en la Cancillería sobre la situación del dossier Darquier, por teléfono, exactamente el 27 de agosto de 1978. Se me respondió que Darquier había sido condenado a muerte en rebeldía el 10 de diciembre de 1947, que su pena había prescrito en 1968 y que contra él no subsistía más que la prohibición de residencia. La mascarada ideológica que atribuía a L'Express las tesis del criminal que nosotros acusábamos se agotó muy pronto, dejando aparte un epílogo bufo de la Liga de los Derechos del Hombre, más puntillosa en este caso que cuando dio su bendición a los veredictos de Moscú en 1937. Henri Noguères, su presidente, me reclamó un «derecho de respuesta», de la misma amplitud que el escrito reprobado. Se lo reconocí, por pura generosidad, contra toda racionalidad jurídica... Pero todavía espero su texto.

El verdadero epílogo, a decir verdad, y el resultado positivo de esta agitación fueron la difusión, en febrero de 1979, por la segunda cadena de la televisión francesa, del serial americano Holocausto que narraba el calvario de una familia judía alemana, en el apogeo del antisemitismo a principios del Tercer Reich y su martirio en los años de la «solución final». Fiel a su incongruencia, Francia, sin dejar de proclamar su deseo de conjurar el olvido, había, a través de su televisión estatal, rehusado comprar Holocausto, que había sido presentado en un festival internacional poco antes, y cuyos derechos habían sido adquiridos por las más importantes televisiones del mundo, incluida la alemana. El presidente de la primera cadena francesa (llamada TF1) había justificado su rechazo por escrúpulos de origen artístico, encontrando esa película de mala calidad e indigna de nuestras pequeñas pantallas. Una tan despreciable excomunión hacía reír. La televisión francesa, en su producción de ficción, había sido constantemente incapaz de afrontar decididamente los grandes temas contemporáneos y tratarlos de manera simple y directa, en un estilo a la vez popular y cuidado, serio y veraz. Nuestra ficción se dividía entre producciones indigentes para llenar espacios y una pacotilla de obras de pretendida vanguardia, de un estetismo pretencioso, que no contentaban más que a sus autores. Lo que nosotros hacíamos, o, más bien, lo que habíamos hecho mejor, era el telefilm histórico, por lo general sacado de una novela clásica, y a condición de que el tema tuviera por lo menos un siglo de antigüedad y no se prestara a demasiadas controversias. Había que distraer sin instruir. Holocausto era todo lo contrario de esta producción convencional. Los productores habían tenido la valentía de escoger uno de los temas más dolorosos de nuestra época, una vergüenza para la humanidad, un escenario incómodo y perturbador. La trama histórica era sólida, los caracteres fuertemente definidos e interpretados por grandes actores, la dramatización era novelada sin florituras de mala ley, pero sin simplismo. Raymond Aron que, joven investigador en Berlín durante los años treinta, había sido testigo del período, me confió cuánto le había impresionado la verdad psicológica de ciertos personajes de los que había conocido los equivalentes reales. Evocaba una copia exacta de ese gran almacén judío, cuyos antepasados, en la película, no habían sido más que alemanes, cuyo patriotismo, hoja de servicios, sensibilidad, cultura y gusto eran totalmente alemanes, y que no podían, pues, creer en la verosimilitud de las persecuciones que comenzaban, ni, por consiguiente, desconfiar. Que la necesaria esquematización de un serial televisado pudiera, aquí y allí, confinar con el melodrama, no podrá sorprender. Pero hay que entenderse. Cuando se tiene constantemente en la boca las expresiones de arte popular y de cultura de masas, se deben aceptar las simplificaciones que son inseparables de las mismas y que después de lodo caracterizan también una parte importante de la novela popular del siglo XIX. Si no, limitémonos a documentales estrictos, muy superiores en calidad histórica, pero que no llegarán jamás al gran público. Claude Lanzmann, que trabajaba entonces en Shoah, hizo toda la campaña que pudo contra la difusión de Holocausto en Francia, temiendo que le hiciera la competencia y estropeara el tema. Aparte de que esa actitud traducía un escaso respeto por la libertad de elección del público, se basaba en un error de diagnóstico: Shoah no solamente trasciende, con mucho, en valor, al serial americano, sino que es una obra de otra naturaleza. Ambos films no apelan, en absoluto, al mismo tipo de curiosidad ni de emoción. No tienen más razón para estorbarse o para excluirse como no la habría en prohibir Quo Vadis para asegurar el éxito de La historia de la decadencia y caída del Imperio romano. Sienkiewicz ha tenido decenas de millones de lectores (y aún más espectadores han visto las numerosas películas adaptadas de su novela), pero dudo de que haya quitado ni uno solo a Gibbon.

Me escandalicé de que en un país tan puntilloso sobre el tema del antisemitismo, hasta el punto de confundir editorial y documento periodístico, y tan preocupado en perpetuar el recuerdo del genocidio, fuera, sin embargo, el único en no difundir la primera narración televisada de calidad y cierta amplitud que se había realizado sobre esa tragedia. Decidí, pues, en L'Express, hacer alguna propaganda para alertar al público y tratar de hacer variar su decisión a las autoridades competentes. Esto me costó ser inmediatamente acusado, en el curso de una conferencia de prensa, por el presidente de TF1, de haberme convertido en el agente de Holocausto, porque mi editor, Robert Laffont, había publicado el guión en forma de libro (de lo que, por otra parte, ni me había enterado) y que la difusión de la película estimularía las ventas. Se admirará, una vez más, la altura moral del debate de las ideas en Francia, y sobre todo e! sentido de la deontología que manifestaba con esa imputación calumniosa el responsable de un gran servicio público. ¿Seguía él consignas políticas? Lo ignoro. ¿Deseo de Valéry Giscard d'Estaing de no despertar simpatías proisraelitas? ¿De no molestar a los alemanes? Hubiera sido muy ingenuo por su parte, pero los hombres de Estado lo son a menudo. En todo caso, dirigí nuestra súplica por Holocausto a la segunda cadena (llamada Antena 2). Contestó que le gustaría mucho pasar la película, pero que no disponía de los créditos necesarios para la compra de los derechos. Inmediatamente, abrí en las columnas del periódico una suscripción para «acudir en ayuda de la televisión francesa menesterosa» y los donativos afluyeron. Porque unas semanas después del asunto de Darquier, la opinión pública se había vuelto en favor de L'Express, tan evidentes eran la inanidad de las acusaciones de las que éramos objeto y la malevolencia de las intenciones que las inspiraban. Yo no ignoraba que un organismo del Estado no tenía derecho a aceptar donativos. Nuestra suscripción no era más que una manera de mantener el interés. Los suscriptores fueron reembolsados en el momento en que vencimos. Porque, finalmente, el presidente de Antena 2, Maurice Ulrich, hombre inteligente y de gran olfato, me telefoneó un día para anunciarme que acababa de comprar los derechos de Holocausto. El éxito de audiencia y la resonancia hicieron, creo yo, que no se arrepintiera de su decisión.

El contratiempo que viví en 1978, a causa de un documento sobre la colaboración francesa con los nazis, se volvió a producir diez años más tarde en la República Federal de Alemania, a una escala mucho más amplia y a un nivel político de mayor envergadura. Pero el muro de deshonestidad y de imbecilidad con el cual tropezó en esta ocasión el simple esfuerzo de conocimiento histórico fue exactamente el mismo en Alemania y en otros lugares. Quiero hablar del huracán desencadenado por el discurso pronunciado el 10 de noviembre de 1978 en el Bundestag por el presidente (cristianodemócrata) de esta asamblea, Philip Jenninger, quien se vio obligado a dimitir a causa del escándalo. El tema de su discurso era la triste conmemoración del quincuagésimo aniversario de la «Noche de Cristal», en el curso de la cual las SS y las secciones de asalto hitlerianas habían atacado a los judíos en todo el país, habían arrasado sus viviendas, saqueado sus comercios, incendiado sus sinagogas, cometido todo tipo de atrocidades y arrestado y encarcelado a miles de personas. ¿Cómo pudo la mayoría del pueblo alemán permanecer indiferente ante este horror perpetrado contra sus conciudadanos? Y aún más, ¿qué puede ayudar a entender el período de 1933-1938, durante el cual el nazismo se estableció en una de las naciones más civilizadas del mundo, paraíso de la filosofía, la música, la ciencia, la historia, la sociología; que contaba con un nivel de instrucción popular sumamente desarrollado y con universidades respetables y prestigiosas? Éste es el tema de reflexión que se propuso Jenninger y el asunto que trató. Habría podido contentarse con vociferar algunos indignados lamentos, condenar con voz temblorosa el racismo, el antisemitismo y la «exclusión», y concluir, mediante una vibrante grandeza demagógica, incitando a que hubiera una mayor vigilancia para con un nazismo, que habría proclamado siempre renaciente entre nosotros. Entonces habría obtenido un éxito clamoroso; tendría de su lado a todos los memos virtuosos y a los arribistas hipócritas del planeta, que precisamente son incapaces o indiferentes para impedir que se produzcan nuevos genocidios, o incluso para discernir cuándo tienen lugar, por no haber analizado los verdaderos orígenes de los antecedentes. Jenninger habría dado un notable impulso a su carrera política. La ha destrozado al optar por la integridad.

Una primera ráfaga de informaciones de agencias y de artículos describió y condenó el discurso del presidente del Bundestag casi como una justificación, una rehabilitación del nazismo, en cualquier caso una absolución. ¡La abominable historia «revisionista» hacía su entrada a la cabeza de la representación parlamentaria alemana! Fue esta inconcebible e incalificable interpretación la que suscitó una ofensiva de una irresistible violencia contra Jenninger, que le obligó a dimitir en veinticuatro horas, el 11 de noviembre. El poderoso papel que jugaron las imágenes emitidas por la televisión constituye un factor particularmente sintomático de nuestro tiempo. En las pantallas del mundo entero se proyectaron las mismas secuencias, procedentes de una cadena de televisión alemana, que mostraban a unos diputados del Bundestag cubriéndose el rostro con ambas manos en señal de aflicción y a otros abandonando ostensiblemente el hemiciclo. La impresión de conjunto era la de una consternación y una desaprobación universales. Ahora bien, el Bundestag cuenta con 520 diputados y, de acuerdo con su naturaleza, la televisión se concentró en las dos o tres docenas de ellos -menos del 10%- que adoptaron un comportamiento fuera de lo común, que no querían o no podían comprender el discurso. Desde luego, la televisión no es culpable: se limita a filmar lo que se mueve. No se concentra en los rostros firmes, incluso si representan el 90 % de los presentes. Así es como los telespectadores han «visto» la casi totalidad de los parlamentarios abandonar el hemiciclo.

Una segunda ola llegó de improviso, compuesta de una ración superabundante de artículos y de comentarios. Rectificó notablemente la versión divulgada en primer lugar. Nos enteramos, o al menos adivinamos, que en realidad Jenninger no había ensalzado el nazismo. Al contrario, más bien parecía haberlo condenado. (Era muy considerado percatarse de ello, pero este beneficio de la duda llegaba un poco tarde para el desdichado.) Sin embargo, su agravio había consistido, al buscar una explicación histórica del fenómeno, en presentar el racismo nazi de forma casi demasiado neutral, en parecer admitirlo, en suma -y aquí se repetía el inevitable comodín, él mismo convertido en repugnante trivialidad - , de «trivializarlo». Una buena muestra tomada al azar de este género de clichés nos llega con un artículo de Alberto Cavallari, en La Repubblica del 15 de noviembre de 1988. «Con tantas explicaciones-justificaciones -escribe este periodista-, en realidad el riesgo radica en que la misma historia sea abolida.»[6] ¡Diablos! ¿Cómo es eso? ¿Cómo puede abolirse la historia al practicarla, y por el contrario servirla al rechazarla? Misterio. Esta apología en favor del oscurantismo procede directamente del «tabú» al que antes aludía. Quiere decir: hay cosas que no responden a la inteligencia y a las cuales tan sólo conviene un anatema. Aquí es donde conduce esta actitud de huida con el anatema y de prohibición del conocimiento en beneficio de la polémica vulgar. Presenta un gravísimo peligro, que ya he subrayado: al rechazar el estudio de las fuerzas humanas y sociales que exponen siempre a todo individuo, a todo pueblo, a la tentación totalitaria, se deja eternamente abierta la posibilidad de que sucumban a ella. Pues el anatema no instruye, no cura. Sólo la comprensión instruye, previene, cura. No se reduce el riesgo totalitario al preferir la indignación en la ignorancia a la curación por la inteligencia.

En una tercera fase del caso Jenninger, la verdad termina finalmente por aparecer. Con una nobleza moral y un rigor deontológico muy poco frecuentes, y después de haber escrito el 11 de noviembre, al igual que la mayoría de los restantes órganos de prensa del mundo, que Jenninger había hecho una apología del nazismo, La Stampa de Turín reconoció y rectificó su error. «Empieza a haber algo que causa estupor -escribe Barbara Spinelli el 16 -, en el desdén que Philipp Jenninger sigue suscitando aquí en Italia y en el conjunto de las izquierdas alemana y europea. Al parecer, de nada sirven las aclaraciones, las citas exactas... De nada tampoco el hecho de que personalidades autorizadas como Simón Wiesenlhal, maestro en desenmascarar a los nazis, hayan defendido a Jenninger, aprobado su descripción de la Alemania hitleriana y calificado de gran tragedia su dimisión.»[7] En La Stampa del día 18, Galli della Loggia explicaba: «Después de haber informado en un principio, en virtud de la fidelidad de los informes de agencia, de la barbaridad de que el presidente del Bundestag había hecho una defensa pública del nazismo, nuestro periódico ha sido el único que ha querido luego analizar y entender exactamente lo que había ocurrido. Hemos conseguido el texto íntegro del discurso y lo hemos publicado. De esta forma los lectores han podido comprobar con sus propios ojos que la noticia era absolutamente falsa.»[8] En efecto, vergüenza difícilmente verosímil, después de que hubiera transcurrido casi una semana desde el acontecimiento, los periódicos habían publicado millones de líneas de consideraciones ostentosas y de sermones virtuosos, pero que yo sepa a ninguno de los grandes periódicos europeos y norteamericanos antes que La Stampa del 16 y del 17 de noviembre se le había ocurrido este acto elemental de la información pura: ¡imprimir el texto íntegro del discurso!

En los ejemplos que he analizado, las actitudes prevalecientes mezclan una negativa a conocer la historia con una necesidad de volverla a vivir bajo la forma de puesta en escena. La ignorancia voluntaria del pasado conlleva la falsificación del presente. Tal es la función del tabú.

Notas

[4] Teresa Toranska, «ONI», Des staliniens polonais s'expliquent, traducido del polaco por Laurence Dyèvre, prólogo de Jan Krauze, Flammarion, 1986.

[5] En el artículo citado en la página 45, Raymond Aron escribe, refiriéndose a la publicación de la conversación mantenida con Darquier: «Al encontrarme ausente de París en el momento en que se tomó la decisión, no conocí el texto de antemano y el comité editorial no pudo discutir sobre él.» [L'Express núm. 1 427 del 11 de noviembre de 1978.) Esta frase no coincide con lo que yo recuerdo. Si es cierto que Aron no leyó la entrevista, también lo es que le dije que obraba en mi poder y que tenía la intención de publicarla. No formuló ninguna objeción y se marchó de viaje. De hecho, ni él ni yo imaginábamos las tormentas que causarían la necedad y la malevolencia.

[6] «A furia di spiegazioni-giustificazioni il rischio infatti è che la storia stessa sia cancellata.»

[7] «Comincia ad esserci qualcosa di stupefacente, nello sdegno che Philipp Jenninger continua a suscitare da noi in Italia, oltre che nella sinistra tedesca ed europea. A nulla sembrano servire i chiarimenti, le citazioni esatte. A nulla sembrano giovare i commenti di personalità antorevoli come Simon Wiesenthal, che pure è addestrato a stanare nazisti e nonostante cio ha difeso Jenninger, ha approvato la sua raffigurazione della Germania hitleriana, e ha definíto una "grande tragedia " le sue dimissioni.»

[8] «Questo giornale è stato l'único, nel nostro Paese, che -di fronte all'oggettiva enormitá di una notizia secondo la quale il presidente del Parlamento tedesco avrebbe fatto publica apologia del nazismo nientemeno che commemorando l'inizio dello sterminio degli ebrei da parte del medesimo- ha riportato si la natizia per quella che essa era, per come era giunta dalle agenzie, ma ha voluto contrallare e capire esattamente quanto era successo, cercando il testo integrale del discorso e pubblicandolo. I lettori de La Stampa hanno così potuto constatare con i loro occhi che quella notizia ero nel mérito assolutamente falsa.»

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