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¡No solo hay que ser campeona en la cancha ¡

«Padre: Cada vez que veo tanta gente culpando a sus padres por lo que está mal en ellos, quiero darte gracias por todo aquello que está bien en mí… Te amo, padre». (Michelle Weber)

El circo mediático que se ha montado alrededor de las acusaciones paterno-filial de la familia Sánchez Vicario me provoca vergüenza ajena.

Más aún cuando escucho a Arantxa declarar con los ojos llenos de lágrimas si «alguna persona (puede) creerse que yo no quería que todos estos problemas se quedaran en la familia».

Pues no, querida Arantxa, no nos lo podemos creer!!! No es la primera familia que tiene sus diferencias, ni, como mucho me temo, será la última. Y esta trifulca familiar llena de resentimiento – aireando los trapos sucios de la familia con chascarrillos y acusaciones en los medios de comunicación como suelen hacer los concursantes de Gran Hermano -, se podía haber evitado. O eso me parece a mí.

En realidad, ante las dificultades de la vida, solía decir Santo Tomas, contenerse es más difícil que atacar. Y sentirse dolido por no querer olvidar ni perdonar nos bloquea y envenena nuestra vida.

Es cierto que algunos padres no se han portado bien con los hijos, que los han lastimado, y que no les han concedido la atención y los cuidados físicos y morales que necesitaban y esperaban. También es cierto, que esta actitud pueda provocar rabia y desengaño en los hijos. Pero, más allá de todo esto, y aunque alguna vez pueda resultarnos costoso perdonar los agravios, hay que honrarlos, respetarlos y ayudarlos como lo que son: dadores de lo más preciado que tenemos, la vida.

De hecho, «Lo que hace a veces tan difícil el perdón es que, de modo más o menos consciente, pensamos que perdonar a una persona que nos ha hecho sufrir ven­dría a ser actuar como si ésta no hubiera hecho nada malo; sería como llamar «bien» al mal o apoyar una injusticia, cosas todas ellas que no estamos dispues­tos a admitir.

Sin embargo, perdonar no consiste en aceptar el mal ni en pretender que es justo lo que no lo es; evi­dentemente, no debemos admitir nada parecido: se­ría como burlarse de la verdad. Perdonar significa lo siguiente: a pesar de que esta persona me ha hecho daño, yo no quiero condenarla, ni identificarla con su falta, ni tomarme la justicia por mi mano (…) Cuando nos negamos a perdonar algo de lo que hemos sido víctimas, no hacemos más que añadir mal sobre mal, sin resolver absolutamente nada: nos limitamos a aumentar la cantidad de mal que hay en el mundo, del que –en mi opinión– tenemos más que suficiente. No seamos cómplices en la propaga­ción del mal. » (Jacques Philippe ,«La Libertad Interior», pag.29 )

Dicho esto, me gustaría hacer algunas reflexiones que me parecen de recibo ante la mezquina situación que estamos contemplando.

1. «Con todo tu corazón honra a tu padre, y no olvides los dolores de tu madre. Recuerda que por ellos has nacido, ¿cómo les pagarás lo que contigo han hecho?» (Sir 7,27-28)

Honrar a tu padre y a tu madre es ante todo una obligación que los hijos tenemos con ellos como hijos suyos que somos. Respetar a unos padres no significa que estemos de acuerdo con todo lo que ellos son y hacen. No son perfectos y, en infinidad de ocasiones, nos gustaría que fueran de otra manera. Pero, nos guste o no, son nuestros padres y les debemos agradecimiento y respeto, amor y ayuda, aunque solo sea porque nos trajeron al mundo, con generosidad y mucho amor, nos educaron y guiaron con sacrificio y servicio, se alegraron con nosotros, nos corrigieron, nos perdonaron, y nunca nos dieron la espalda, aceptando, en muchas ocasiones, lo que para ellos era inaceptable.

2. «Honra a tu padre y a tu madre".

«¿Es unilateral el sistema interpersonal indicado en el cuarto mandamiento? ¿Obliga éste a honrar sólo a los padres? Literalmente, sí; pero indirectamente, podemos hablar también de la "honra" que los padres deben a los hijos. "Honra" quiere decir: reconoce, o sea, déjate guiar por el reconocimiento convencido de la persona, de la del padre y de la madre ante todo, y también de la de todos los demás miembros de la familia. La honra es una actitud esencialmente desinteresada. Podría decirse que es "una entrega sincera de la persona a la persona" y, en este sentido, la honra converge con el amor. Si el cuarto mandamiento exige honrar al padre y a la madre, lo hace por el bien de la familia; pero precisamente por esto, presenta unas exigencias a los mismos padres. ¡Padres –parece recordarles el precepto divino–, actuad de modo que vuestro comportamiento merezca la honra (y el amor) por parte de vuestros hijos! ¡No dejéis caer en un «vacío moral» la exigencia divina de honra para vosotros! En definitiva, se trata pues de una honra recíproca. El mandamiento «honra a tu padre y a tu madre» dice indirectamente a los padres: Honrad a vuestros hijos e hijas. Lo merecen porque existen, porque son lo que son: esto es válido desde el primer momento de su concepción. Así, este mandamiento, expresando el vínculo íntimo de la familia, manifiesta el fundamento de su cohesión interior». (Carta a la familia 15. Juan Pablo II. Año de la Familia. 1994).

3.Tu familia es un regalo que hay que cuidar. Por eso, nos recomienda San Pablo:"Soportándoos unos a otros y perdonándoos mutuamente, si alguno tiene queja contra otro. Como el Señor os perdonó perdonaos también vosotros. Y por encima de todo esto, revestíos del amor, que es el vínculo de la perfección. (…) Y sed agradecidos».(col 3, 12-15)

Es más, sin ese respeto paterno filial, que no significa aceptar sus errores, nuestra dignidad se envilece. Avergonzar, humillar, injuriar y entristecer a nuestros padres es hacerlo con nosotros mismos. Y viceversa. Si los padres deshonran a los hijos de pensamientos, palabra y obra, su dignidad y su respeto se desmorona y nos arrastra en su caída.

En fin, mi querida Arantxa:¡No solo hay que ser campeona en la cancha. Hay ser una campeona en la vida! ¡Ningún éxito en la vida compensa este fracaso paterno filial anunciado a los cuatro vientos!

 

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