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La hora de los pobres

Estas líneas no son un canto al hambre, a la indigencia o a cualquier carencia humana. Sí quieren serlo al recto uso de los bienes, a la templanza, la generosidad o el desprendimiento. Estamos entrando en tiempos difíciles para la economía, y tal vez esta realidad sea un momento propicio para un mejor uso de lo que poseemos. Tampoco se trata de poner una mordaza a las legítimas aspiraciones de nadie, ni de ofrecer una fácil disculpa a gobernantes, economistas, trabajadores o empresarios. Lo que propongo es algo de siempre, de sentido común; pero hay ocasiones en que éste —el menos común de los sentidos, según una profesora de mi infancia— puede sensibilizarse algo más. O quizá podríamos recordar aquello de hacer, de la necesidad, virtud.

La primera de las bienaventuranzas dice que los pobres son dichosos porque de ellos es el Reino de los Cielos. San Mateo habla de pobres de espíritu, y San Lucas, de pobres a secas. No son dos expresiones contradictorias ni es la primera una versión edulcorada: está claro en los dos evangelistas que se requieren ambos puntos. Ha escrito Benedicto XVI: «La pobreza de que se habla nunca es un simple fenómeno material. La pobreza puramente material no salva, aun cuando sea cierto que los más perjudicados de este mundo pueden contar de un modo especial con la bondad de Dios. Pero el corazón de los que no poseen nada puede endurecerse, ser malvado, estar por dentro lleno de afán de poseer, olvidando a Dios y codiciando sólo bienes materiales» (Jesús de Nazaret).

Por otro lado, la pobreza de que habla el Evangelio —afirma también el Papa- tampoco es simplemente una actitud espiritual. No a todos se nos pide lo mismo en el no tener o en el tener menos, pero todos necesitamos de las suficientes renuncias para que el corazón y la mente no queden lastrados, incluso embotados, por las riquezas. El poseer sólo puede ser un servicio que contraponga la cultura de la libertad interior a la del afán de acumular posesiones. Si es cristiano, para lograr el necesario desprendimiento que permita poseer el Reino de los Cielos y querer a los demás. Si no se es, porque la avaricia jamás hace una sociedad mejor.

«Los bienes de la tierra —afirmaba el fundador del Opus Dei- no son malos; se pervierten cuando el hombre los erige en ídolos y, ante esos ídolos, se postra; se ennoblecen cuando los convertimos en instrumentos para el bien, en una tarea cristiana de justicia y caridad». No podemos ir detrás de los bienes materiales —seguía diciendo- como quien busca su tesoro. Donde está tu tesoro, allí está tu corazón, dice la Escritura. Si amontonamos bienes, si no sirven para ejercer la justicia y la caridad, si no vivimos desprendidos de lo material, nuestro corazón y nuestra mente se empequeñecen, diría que se envilecen, puesto que han sido llamados a la magnanimidad, a metas más altas y amplias en las que han de fijar su tesoro.

Estamos en unos momentos delicados en la economía que, según los expertos, empeorará. Es necesario el concurso y el empeño de todos para resolverlo. Pero seguro que es una buena oportunidad para apretarse el cinturón, y no sólo, precisamente, los que menos tienen. Es hora de cancelar el consumismo descontrolado que únicamente busca el bienestar material tal vez en lo superfluo; es hora de la sobriedad en el beber, comer y vestir; es hora de la generosidad con las personas e instituciones más necesitadas o que trabajan en la mejora de los demás; es hora de moderar el gasto; es hora de una publicidad que no incite al deseo de lo más caro; es hora de reflexionar sobre el modo de educar a los hijos en el esfuerzo y en el conocimiento práctico de lo que cuestan las cosas; es hora de prescindir del capricho. . .

La indigencia, por sí misma, no es buena. Pero en la medida en que es voluntaria —o se lleva con garbo la forzosa- y conduce a metas más altas, puede convertirse en virtud: templanza, desprendimiento, pobreza. Quizá nos sirva esta máxima de Camino: «No lo olvides: aquel tiene más que necesita menos.- No te crees necesidades».

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