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Rehumanizar la universidad

Es urgente que nuestros jóvenes aprendan a discutir y rebatir.

Algunos profesores de universidad percibimos dos tendencias, una entre los alumnos, otra entre la denominada comunidad científica, realmente preocupantes. En relación a los primeros, me refiero al evidente abandono del uso de la razón para la creación de un criterio personal, a las elevadas dosis de indolencia y sedación que destila el alumnado. Mientras les invito a aplicar la máxima kantiana «¡Atrévete a pensar!», me pregunto qué habrá sido de aquella curiosidad insaciable con la que siendo párvulos estos mismos chicos agobiaban a sus educadores y padres hasta agotar todas las respuestas posibles.

¿Dónde ha quedado esa capacidad infinita de preguntar y su inagotable inquietud por el mundo circundante? El origen de tal indolencia colectiva se encuentra en parte en el relativismo académico que impregna la práctica pedagógica de los últimos años. Todas las ideas son respetables. Y cada cual tiene su propia «verdad». Si no hay verdades que transmitir, si todo es igualmente válido, entonces no hay nada que discutir y, en consecuencia, nada que preguntar.

En relación con la comunidad científica, el fenómeno es antagónico al anterior e, inevitablemente, nos trae a Galileo a la memoria. Me refiero a la intolerancia radical hacia opiniones divergentes; a la imposición irrevocable del pensamiento mayoritario. Escasean en la actualidad las controversias razonadas. Y, por el contrario, abundan los prejuicios que son asumidos como dogmas intocables e insusceptibles de discusión. Ejemplificador de esta situación resultó ser el caso de Lawrence Summers, ex rector de la Universidad de Harvard, obligado a presentar su dimisión en el cargo, después de haber expuesto, en el discurso de apertura del curso académico, su opinión científica, políticamente incorrecta y absolutamente minoritaria.

Este desprecio por los datos científicos que puedan contradecir las inamovibles opiniones mayoritarias, lanzadas con frecuencia en el discurso público y político con tanta grandilocuencia como vaciedad, paraliza cualquier posible desarrollo intelectual y social y, en consecuencia, dificulta el progreso científico. La imposición de la opinión propia sin aceptar la ajena, es una tendencia, como diría García Morente, «quietista» y, por lo tanto, «absolutista» del que atribuye a sus ideas la capacidad de servir indefinidamente; de contestar a todas las preguntas; de aplicarse a todas las cuestiones. Aquí se pierde el valor científico, pues el primer deber del científico es negarse a creer en el valor absoluto de los conocimientos recibidos. La inteligencia, base de la ciencia, es, en palabras de Ortega y Gasset, la única facultad que percibe su propia limitación, probando así hasta qué punto la inteligencia es, en efecto, inteligente.

Esta intolerancia intelectual limita la inteligencia de las personas y anula su libertad, provocando una ignorancia colectiva altamente peligrosa para la democracia . Es responsabilidad de los padres y educadores promover y fomentar el «espíritu crítico». Es urgente que nuestros jóvenes aprendan a discutir y rebatir utilizando argumentos sostenibles obtenidos a partir del uso de la razón personal. Para ello es imprescindible «humanizar» la docencia, devolver a la persona humana —ser inteligente y libre— al centro de gravedad de la educación; pues, como nos recuerda Newman, la misión específica de la universidad es la formación integral humana forjadora de gentilhombres (gentleman). Lo único que es un fin en sí mismo es el hombre (Kant). Lo absolutamente respetable son las personas, no sus opiniones que, aun pudiendo ser mayoritarias, no son dogmas intocables, sino susceptibles de confrontación y objeción por medio de argumentos e información adecuada y veraz.

Aprender a discutir, refutar y a justificar lo que se piensa es parte irrenunciable de cualquier educación que aspire al título de «humanista». Para ello los maestros deberán mostrar su disposición a participar en la loable búsqueda racional de la verdad. Pues, según señalaba el propio Summers tras cesar en su cargo en una de las mejores universidades del mundo, «La verdad no puede ser ofensiva. Quizás la hipótesis sea incorrecta. Pero, ¿cómo podríamos saberlo alguna vez si incluso resulta ofensiva su consideración? Quien se marcha furioso de una reunión cuando se menciona una hipótesis o la declara tabú y ofensiva sin proporcionar argumentos, no entiende el concepto de universidad o de libertad de investigación».

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