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Cataluña y la muerte de Dios

Entre el nacionalismo y Dios, el catalán prefiere el nacionalismo.

En una bella metáfora, Unamuno comparaba la política con la superficie rumorosa del mar, en tanto que por las profundidades marinas fluían, silenciosas, las grandes corrientes que hacen la verdadera historia, la intrahistoria en su caso. La imagen nos resulta muy útil si queremos comprender lo que está aconteciendo en Cataluña y de lo que es reflejo los no tan sorprendentes resultados del 9 de marzo. Uno tiene la impresión de que los diversos análisis políticos han explicado —a veces muy lúcidamente— los comicios catalanes, pero no han comprendido en todo su calado lo que verdaderamente fluye soterradamente en la sociedad catalana y que en estas elecciones ha emergido al ras visible para quien quiera verlo. Y ese hecho puro y nudo —aparentemente inconexo y extemporáneo— es que Cataluña hace tiempo que ha dejado de ser católica. Y de ello, como veremos, se siguen muchas cosas para el orden político. Para quien tiene la fortuna de frecuentar Barcelona y convivir con sus apreciadas gentes y alumnos —como es el caso— lo primero que le llama la atención es que el cristianismo ya no informa sus vidas, siquiera simbólicamente: así un ingeniero medio barcelonés de treinta años y bien situado, por ejemplo, da en vivir etsi Deus non daretur, como si Dios no existiera, y su vida adulta carece ya de experiencias litúrgicas de ningún tipo: muchos de ellos me comentan con toda naturalidad su disposición a no contraer por supuesto matrimonio eclesiástico, pero tampoco civil ya que éste tiene algún resabio cristiano. Lo mismo sucede con el hipotético bautismo de sus futuros hijos: no se hace cuestión de ello porque, simplemente, no ha lugar. Basta ojear esa gran vidriera catalana que es La Vanguardia —estupendo periódico, recuérdese, de la burguesía catalana— para advertir al punto cómo en sus esquelas menudean las irreligiosas. Por algo es Cataluña de largo la comunidad donde más funerales laicos hay con una madura industria de cuartetos de cámara para acompañar las penas de los deudos: se escucha a Bach, por ejemplo, pero no se reza, lo cual encierra un cierto contrasentido. Y todo ello sin hablar de la amplia aceptación social del aborto y su encubrimiento, que rebasa con creces la media nacional. La misma Virgen de Montserrat o de la Merced, ya no significan y su vigencia no es equiparable a la de otras patronas españolas. No; de la cuna a la sepultura, Dios no está a la vista en Cataluña y en el horizonte vital del catalán medio el Dios católico, pura y llanamente ha dejado de existir.

¿Y qué tiene todo ello que ver, se preguntará el lector, con los resultados electorales del 9 de marzo? Pues que el voto anticatólico —sea burgués, obrero, estudiantil, pensionista, masculino o femenino— tiene aquí un mayor predicamento y peso que en cualquier otro lugar de España. Y si CiU es visto como un partido de tímida inspiración cristiana, especialmente Unió, y el Partido Popular se percibe como longa manu de la Iglesia española, no nos puede extrañar ni el descalabro progresivo de Convergencia ni la incapacidad de crecimiento de los populares. Entre el nacionalismo y Dios, el catalán prefiere, nos guste o no, el nacionalismo pues es lo suficientemente inteligente para saber que Dios no es nacionalista y la Iglesia un estorbo. Ahí radica el gran fracaso político y vital de Jordi Pujol, mal que le pese en su patriarcal otoño. Y el PSC ha sabido ofrecer a la perfección lo que el electorado demandaba: un nacionalismo sin Dios que se basta y sobra a sí mismo en nombre del progreso, según el cual España, la Iglesia y Dios vienen a mentar lo mismo: la antigüedad. Ha madurado pues ese localismo de corte anticatólico que Esquerra había ido laborando pacientemente para el Partido Socialista y que explica muy bien la propaganda final con que cerró su exitosa campaña: Oye la Cope y después vota.

Kafka posee una narración muy breve y bien simbólica titulada Para que mediten los jinetes. Visto cómo el cristianismo se ha desplomado en Cataluña en pocas décadas y la escasa resistencia que ha impuesto a su demolición, a lo mejor aquellos jinetes que tuvieron muchos años en sus manos el porvenir del catolicismo catalán deberían ahora meditar silenciosa y amargamente sobre sus errores, infidelidades y omisiones, como el jockey de Kafka en medio de la lluvia pesarosa.

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