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El mal

Los ilustrados, desde su optimismo, pensaban que la superstición y la ignorancia estaban en el origen de todos los males y que las Luces vendrían a traer el Reino del Progreso. Pero, dos siglos después, esta teoría se cae como un castillo de arena cuando vemos a los próceres nazis matar niños en masa, después de disfrutar de una ópera de Mozart. La más refinada cultura —ahora lo sabemos— puede arraigar en el alma más malvada.

Otra explicación del mal, es la que se hace desde ciertas posiciones ideológicas: justificarlo (o al menos explicarlo) desde las carencias materiales o las disfunciones sociales. La gente hace daño porque ha pasado hambre, porque ha vivido en unas condiciones socio-económicas que les han conducido a ello. Esta teoría podría resumirse en esta frase: el mal es fruto de la injusticia. Los recientes atentados del integrismo islámico desmienten esta tesis. Gente de clase media, universitarios algunos de ellos, personas que nunca han conocido la miseria del tercer mundo y que deben su bienestar al primero, ha desarrollado un profundo odio y resentimiento que los lleva al crimen indiscriminado.

Hay otra explicación del mal, que no puede olvidarse: la biológica o genética. Algunos hombres cometen atrocidades porque están enfermos. Alguna pieza desencajada de su complejo sistema psicosomático hace que sean asesinos o violadores. Ésta interpretación sólo nos sirve en algunos casos.

Sin embargo (y por desgracia) la evidencia de los hechos viene a decirnos que ninguna de estas explicaciones nos satisface. Hay casos en los que el mal no tiene una justificación ni cultural ni social ni biológica. Y, sin embargo, sigue perturbándonos cada vez que aparece con su aspecto imponente, sacudiéndonos de nuestros sueños, sacándonos de nuestras ingenuidades y rutinas mentales; presentándose como un absurdo para el que no tenemos explicación humana. Entonces descubrimos que no es un mero accidente de la naturaleza humana, sino algo más profundo y radical. Para un cristiano existe una cierta explicación desde la tradicional teoría del pecado original. Ha escrito Benedicto XVI: «Una visión lúcida, realista del hombre y de la historia no puede dejar de descubrir la alienación, no puede ocultar el hecho de que existe una ruptura de las relaciones: del hombre consigo mismo, con los otros, con Dios». Gran parte de la cultura moderna es un enorme esfuerzo por olvidar esta alienación, por enmascararla o justificarla. Pero su presencia terrible sigue ahí, interpelándonos en los momentos dramáticos. La visión cristiana del mundo, pues, es «realista», porque parte de la de esta carencia alienante. Pero -ahí radica el matiz diferencial más importante— de un realismo «optimista», porque no estamos solos en esta lucha, porque tenemos la certeza de que frente al mal está la Gracia.

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