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El placer de las normas

Hace unos días invitamos al Colegio Mayor de La Alameda a un antiguo residente, Andrés Valdés, que junto con su mujer, dirige un prestigioso gabinete de orientación familiar. En la conferencia que impartieron supieron suscitar un animado coloquio con los universitarios presentes. Uno de ellos les preguntó por aquello que más valoraban los padres que asistían a sus cursos. La respuesta no sólo impresionó por su contenido sino por su inmediatez: «de lo que la mayoría de los padres se dan cuenta al finalizar es que deben dar normas a los hijos».

La armonía entre libertad y autoridad es uno de los grandes retos de la educación de toda familia. Y no es nada sencillo. Pero como nadie da lo que no tiene, esta falta de normas en la formación de los hijos bien puede ser un reflejo —a veces dramático— de la posible desorientación de los propios padres.

Mientras se tenga la visión de que las normas coartan la libertad, la inclinación de la balanza apuntará más bien hacia el laissez faire, el dejar hacer. Es posible que en otros tiempos la balanza se inclinara hacia el lado contrario. En cualquier caso, la relación entre libertad y autoridad, entre lo que se puede hacer y lo que se debe hacer, es un dilema que toda persona se plantea y en el que compromete su libertad.

Abordar esta cuestión implica desplegar una de las facultades más grandes que tiene la persona: su inteligencia. Los ilustrados hablaron mucho sobre la razón, y se ensombreció de alguna manera el papel de la inteligencia. La razón permite resolver problemas en la medida que se ajusta a un método, pero la inteligencia humana ayuda a afrontar los dilemas que se presentan en la vida. Por otro lado, los modernos hablan mucho sobre la libertad. Y al absolutizarla, habitualmente arrinconan la inteligencia y no escuchan lo que ésta puede aportar. La libertad permite elegir y tomar decisiones, pero la inteligencia ayuda a discernir para que esas decisiones sean justas.

La capacidad inteligente de la persona es probablemente la que más ha sufrido con las últimas reformas educativas. El cultivo de la inteligencia se ha hecho siempre a través de la lectura de los clásicos y del conocimiento de los grandes maestros de la historia, como son, por ejemplo, Sócrates, Agustín de Hipona o Shakespeare. Conocer los textos de estos maestros es abrirse a la dimensión moral de la libertad, a saber lo que está bien y lo que está mal. Esto es algo que no pueden dar el conocimiento científico o la erudición enciclopédica. El declive de las humanidades en la escuela ha ido acompañado de la concesión a los alumnos de una serie de derechos que supuestamente amplían el margen de libertad. Así se presenta el derecho de huelga de los alumnos.

En uno de sus libros, Chesterton se preguntaba sobre lo que estaba mal en el mundo. En ese momento, el periodo de entreguerras, Europa tenía sobre sí crecientes amenazas y había muchas deficiencias en la sociedad. Sin embargo, la respuesta que dio el periodista inglés continúa teniendo plena actualidad porque se dirige al núcleo de nuestro dilema: lo que está mal en el mundo es que no pensamos en qué consiste el bien. Las preguntas sobre el por qué de las cosas y la reflexión sobre lo bueno y lo malo han sido desplazadas por las cuestiones acerca de si uno hace lo correcto o no, o si está legalmente permitido. Lo posible o permisible sustituye a lo bueno y auténtico.

El sentido es la respuesta a la pregunta del por qué. Por eso Chesterton reivindica una nueva lógica. Los límites y las normas no coartan la libertad desde el momento en que uno descubre el sentido que tienen. Sólo en la medida en que comprenda su porqué, la persona puede adherirse a las normas y disfrutar del espacio de libertad que le proporcionan esos límites, sin que por ello se sienta asfixiada o coaccionada. ¿Quién diría que una madre se encuentra limitada por su hijo? Todos diríamos que sí, que el hijo no le permite hacer todo lo que podría. Pero todas las madres saben bien que el amor hacia sus hijos asume con gusto cualquier sacrificio.

Fundamentar adecuadamente la libertad es probablemente una de las tareas más acuciantes que tiene planteada la educación hoy en día. Se trata de formar personas que sepan tomar decisiones movidas no por imposición externa, sino por fidelidad a unas convicciones internas. Aprender esta nueva lógica da a las normas de conducta, y en consecuencia, a las normas del Derecho, el sentido que hace posible disfrutar de ellas cuando se viven.

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