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Complementariedad

La pregunta ¿son complementarios los dos sexos?, podría ser contestada de manera diferente según el periodo histórico del que se trate y el lugar de la cultura específica en que se pudiese responder a este cuestionamiento. Sin embargo, durante siglos y siglos, filósofos, académicos, poetas, escritores, educadores, médicos, políticos, etc., basaron sus ideas acerca de la mujer en observaciones que no iban más allá de la superficie de su piel. En épocas antiguas, el hombre era la medida de todas las cosas, entonces, por lo menos a ojo masculino, la mujer parecía biológicamente malograda, un defecto regular de la naturaleza (como decía el poeta Milton), y antes del siglo XVIII la opinión médica generalizada estudiaba el cuerpo femenino como variante inferior al modelo masculino, con órganos reproductivos análogos pero invertidos hacia dentro.

Esto no nos debe inquietar, ya que hombres cultos de aquellas épocas también estaban equivocados en cuanto a la posición de los planetas o a la planicie de la Tierra. Sin embargo, algunas cuestiones tuvieron que emerger desde abajo una y otra vez, una de éstas fue la aparentemente simple idea de que las mujeres son tan intrínsecamente humanas como los varones.

La revolución científica —tan profunda en sí misma como la evolución social que ha transformado los roles de género— está reemplazando los estereotipos a base de una mayor comprensión. Las diferencias entre varones y mujeres son solamente eso: diferencias, no signos de defectos, daños o inferioridad. Las mujeres NO son el segundo sexo, sino un sexo separado, femeninas hasta los huesos y hasta las células de los huesos. En un gran periodo de la historia pasada, la feminidad definía y confinaba la vida de las mujeres, y aún entrados en el siglo XX, nociones pseudo-científicas de la vulnerabilidad y variabilidad femeninas fueron usadas para justificar la discriminación y el sexismo. Para escaparse de esta 'trampa corporal', algunas mujeres decidieron vivir como si fueran sólo espíritus, y otras decidieron opinar que aunque existan diferencias, eso no debe hacer ninguna 'diferencia'.

Sin embargo, hay que reconocer que, aunque la biología ya no constituye un destino limitado, permanece y permanecerá como una crucial parte de la realidad. Al afirmar la feminidad no se disminuye ni se desacreditan la habilidad mental ni tampoco la esencial igualdad, por el contrario, se reconoce una fuente fundamental de fuerza y sustento.

Para Ramón Lucas, la persona (varón/mujer) tiene valor y dignidad absolutas y, por tanto, es fin en sí misma. Esto hace que posea una inviolabilidad y derechos-deberes fundamentales. Al afirmar este valor absoluto de la persona humana resulta importante definir el concepto 'dignidad'. Este término designa en latín lo que es estimado o considerado por sí mismo, no como derivado de otro, de allí que la dignidad humana significa el valor interno e insustituible que le corresponde al varón/mujer por razón de su ser, no por ciertos rendimientos que prestara o por otros fines distintos de sí mismo.

Para Tomás Melendo, la palabra 'dignidad' significa excelencia, preeminencia, y explica que es algo relacionado con la bondad, con la plenitud, con la perfección. La persona es capaz de darse y el don requiere un destinatario, el problema fundamental del amor es la correspondencia, ya que hablando en absoluto, sin correspondencia el amor no existe. Otro autor, A. Scola, nos dice que dentro de la naturaleza humana, idéntica en ambos, emerge la diferencia de los sexos que constituye al hombre como una «unidad dual. El uno está ordenado al otro como a su plenitud, de manera que uno es inseparable del otro, y sin embargo, el uno es inaferrable por el otro...».

De lo anterior deducimos entonces que varón y mujer, como personas en el orden del ser, son iguales. Desde el punto de vista genético, la diferencia entre varón y mujer se limita a un 3%, porcentaje pequeño que se halla en todas las células de nuestro cuerpo. Consecuentemente, somos iguales pero diferentes, pero a la vez somos iguales y diferentes en todo. Ser varón o ser mujer supone un modo diferente de ver, entender y evaluar y, por lo tanto, de actuar en el mundo. La biología marca también unas diferencias claras en la psicología masculina y femenina que son la base de la complementariedad.

Los pasos actuales que pueden verse en el paso del feminismo al feminismo de la complementariedad se manifiestan en:

  1. La libertad humana es vista como autonomía relacional o interdependencia recíproca entre los seres humanos y no como independencia y autosuficiencia desligada del tiempo y espacio.
  2. El ser humano es lo que es, en cuanto que es en relación con los otros, la relación es el elemento constitutivo radical de la existencia humana. La defensa de la dignidad humana sólo puede venir del reconocimiento de la prioridad de la actividad del cuidado.

    En este tema del 'cuidado' se tiene noción de que es privativo de las mujeres y para las mujeres. Frente a ello, autoras como J.B. Elsthein, J. Burggraf, B. Castilla, M. Elosegui, creen exigible que aquellos valores que se han considerado propios de lo femenino —el ánima, el cuidado— no los veamos en modo alguno privativos ni exclusivos de la mujer, sino que los consideremos como igualmente indispensables en el varón para evitar que éste sea un energúmeno sólo preocupado por el poder y la competencia. Dicho de otro modo, el cuidado tiene su sentido en la relación misma con independencia del resultado de la misma.

  3. El criterio para el reconocimiento del ser humano debe ser, por tanto, la protección de la vida humana, la pietas. Esto ha sido defendido por escritores como Chodorov, Gilligan, Elsthein.

Hoy se afirma que la maternidad está ligada a la estructura personal de ser mujer, en cuyo caso la paternidad está unida a la estructura personal de ser varón. De aquí se deduce que sólo el varón puede ser padre y sólo la mujer puede ser madre. Ser padre y ser madre afecta al ser y el actuar personal, son dos modos de amar y proveer al bien de los demás. Paternidad y maternidad que parecen radicar en el mismo ser personal del varón o de la mujer son también dos modos de ser socialmente complementarios e irreductibles. Blanca Castilla nos dice que la masculinidad y la femineidad no se distinguen tanto por una distribución entre ambos de cualidades o virtudes, cuanto por el modo peculiar que tiene cada uno de encarnarlas. En este sentido, no se pueden señalar unas tareas específicas que correspondan tan sólo a la mujer; en este terreno lo específico no viene dado tanto por la tarea o por el puesto, sino por el modo de realizar esa función.

En el tema de la complementariedad varón-mujer, ésta se fundamenta tanto en la diferencia como en la igualdad. Habitualmente se tiende a pensar que la diferencia es el fundamento de la complementariedad. Sin embargo, la complementariedad reclama también, en primer lugar, la igualdad. Varón y mujer son complementarios porque son iguales y diversos simultáneamente.

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