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Indigenismo idilico

El más flaco servicio que se puede hacer a las buenas causas es ideologizarlas. La causa de los indios ha sido puesta en escena desde los tiempos alborales. La predicación de Fr. Antonio de Montesinos en La Española en 1510 marca el inicio de la defensa plena de la condición indígena. Raya en el ridículo, porque los hechos fueron otros, afirmar la condición idílica y pacífica de los grupos originarios en el continente. Los aztecas, los incas y los caribes no eran defensores de los derechos humanos de sus súbditos ni se partían el pecho para que los demás vivieran mejor. Eran los imperialistas y conquistadores del momento. Los impuestos que debían pagar y las condiciones de esclavitud o dependencia, religiosa, política y económica, no respetaba las culturas de los más débiles.

El éxito de Cortés en México y de Pizarro en el Perú no se debió exclusivamente a la superioridad de sus huestes. Eran números exiguos sin el apoyo logístico que condujera a una rápida victoria. Fueron vistos en buena parte como los liberadores de los opresores. Tenochitlán tenía más habitantes que Sevilla, la ciudad más grande de la Europa del siglo XVI. Una poblada hubiera aplastado la presencia de aquellos seres extraños que no hubieran podido resistir la avalancha de miles de inditos. Lo mismo pasó en el sur, donde el imperio inca tenía sometidos a numerosos grupos indígenas menores desde el sur de Colombia hasta el norte argentino. Los caribes no eran mansos habitantes sino invasores desde hacía más de un siglo a la amplia región que tomó más tarde su nombre. Ser caribe o caribear es más cercano a abusador, expoliador que a una misión benéfica de la cruz roja. La actitud del cacique Manaure con los españoles es la respuesta serena y esperanzada a los otros, los caribes, que no les dejaban vida tranquila a sus pacíficos seguidores.

Esto no quiere decir que los que llegaron fueran hijos de la Madre Teresa de Calcuta. Si la vida posterior del continente fue mejor o peor que la anterior es un tema abierto a los fautores de las leyendas dorada y negra. Ninguna de las dos tiene razón. No existen ángeles y demonios. Todos los seres humanos llevan en sí el germen de la buena y la mala semilla. Sus frutos son la síntesis marcada por la lucha entre el poder y la misericordia, entre los que abusan y los que sufren, entre los soñadores y constructores del bien de la fraternidad.

Nuestra tierra fue llamada por Colón tierra de gracia porque su primer contacto en Macuro y Margarita con los habitantes de las tierras que descubría no estuvo marcado por la violencia sino por el encuentro. Los dominicos intentaron en el oriente de Venezuela iniciar un proyecto de evangelización pacífica sin la presencia de españoles armados. La misión fracasó por el ansia de riqueza y de botín de sus connacionales lo que despertó el espíritu de venganza contra los misioneros por parte de los naturales.

En nuestros días los movimientos indigenistas se yerguen como los defensores de los pueblos originarios. Sería bueno entender que es una tarea que no nace con ellos. La Iglesia, mejor que todos los poderes tanto coloniales como republicanos, ha trabajado de mil formas en la causa indígena. Sus métodos respondieron a los condicionamientos de los tiempos. Unos fueron magníficos, otros discutibles y no faltaron errores y malentendidos. El balance está a la vista y su calificación debe superar el obstáculo de los prejuicios.

Requerimos hoy, el coraje de un Francisco de Vitoria y la humildad del poderoso Carlos V, para sentarse en los duros bancos de la universidad de Salamanca para oír las relecturas del sabio dominico. Ello permitió leyes y acciones benéficas que impidieron que los abusos fueran mayores. No basta tener en nuestra constitución artículos que los dignifiquen. Esto se aplaude. Pero es necesario que accedan a las posibilidades de una vida digna y una calidad de existencia acorde con los tiempos que corren. Respetar y potenciar sus culturas originarias no puede ser mantenerlos como objetos de museo o zoológico, sin que aprovechen lo que otras culturas han desarrollado.

Nunca como ahora se ha visto a numerosos indígenas deambular por las calles de nuestras ciudades. Fueron recogidos y llevados de nuevo a sus lugares de origen. Viven ahora mejor? O son sólo banderas para reclamarle a otros, lo que ahora es responsabilidad de quienes tienen la obligación de una mejor existencia para los pueblos a ellos confiados. Esa es la verdadera pregunta y el auténtico termómetro de un indigenismo que promocione y revitalice a nuestros hermanos indígenas.

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