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Paisaje para un Consistorio

Apenas veinticuatro horas después de comenzado el Consistorio, y a la vista de lo que relatan (¿o imaginan?) algunos medios, cualquiera diría que soplan aires de fronda en tan venerable reunión. No es que se excluya un debate franco y vivo entre los ciento cincuenta y cinco cardenales llegados de todo el mundo: esa ha sido una costumbre muy saludable en la Iglesia desde la generación apostólica hasta nuestros días. Pero que no nos hagan comulgar con ruedas de molino algunos informadores y comentaristas.

Que los cardenales aboguen por una renovación de la Iglesia, no es algo que haga crujir las cuadernas de la nave de Pedro. Ya los Padres de la Iglesia hablaron de ella como ecclesia semper reformand; pero esa renovación nunca ha sido y nunca será fruto de una técnica o de la planificación de unos pocos. Pongamos por ejemplo el Concilio Vaticano II: se trató fundamentalmente de volver al origen, de profundizar en las verdaderas raíces de la Iglesia, de purificarla de gangas inútiles, de iluminar con la Verdad de Cristo los nuevos problemas del momento histórico. Nada de ello habría sido posible sin una larga maduración en los estratos profundos de la vida eclesial: renovación litúrgica, estudios bíblicos, recuperación de la teología de los Padres, pensamiento social, nuevo protagonismo de los laicos...

El cardenal de París, Jean-Marie Lustiger, alertó ayer en el Aula sobre ?la ingenuidad de pensar que la renovación de la Iglesia se alcanzará con simples medios técnicos?. La cuestión no es tanto trazar un programa ( ?no se trata de inventar uno nuevo?, ha dicho el Papa en Novo Millenio Ineunte) cuanto identificar las claves de la dificultad del momento, y escuchar lo que el Espíritu Santo dice a la Iglesia.

El momento, (sobre todo en Occidente, pero desde aquí se proyecta a todo el mundo) viene marcado por lo que el genial teólogo De Lubac llamó ?el drama del humanismo ateo?: una cultura que rechaza toda referencia a Dios, y que por tanto produce una desorientación profunda, una confusión que reconocen ya los mejores exponentes de la cultura laica europea. En este sentido, los cardenales no podrán ser muy optimistas, porque el olvido de Dios, del Dios de Jesucristo, se hace más y más acusado en amplios sectores de la sociedad con la consiguiente pérdida de humanidad.

Al mismo tiempo, no son pocos los que redescubren la fe como novedad radical. Ya no es algo que pueda darse por supuesto, algo que se recibe por herencia cultural, sino un acontecimiento de vida, al que uno debe adherirse libre y conscientemente. Ahí tenemos el caso de Francia, donde se han producido el año pasado ocho mil bautismos de adultos.

Por otro lado, el vacío espiritual de esta cultura suscita toda clase de espiritualismos irracionales: las sectas, el gnosticismo, la astrología... Frente a ellos, el cristianismo tendrá que ser en el próximo futuro el gran defensor de lo real, de la razón y de la libertad.

Los cardenales tendrán que hacer cuentas con todo esto, y también deberán anotar y valorar las semillas de novedad que han aparecido en los últimos decenios en la Iglesia: nuevas formas de vida consagrada en medio del mundo, catecumenado de adultos, familias misioneras, movimientos laicales con una fuerte vocación de presencia en los ambientes, nuevas expresiones de caridad en el mundo de la exclusión... Todo ello sin olvidar las formas tradicionales como las parroquias, los colegios o la Acción Católica.

Ciertamente, la renovación deseada y siempre inacabada, podrá implicar también cambios en las estructuras de gobierno y en las instituciones eclesiales, pero esto no será nunca el corazón del asunto.

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