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La izquierda y las comparaciones odiosas

La columnista del Boston Globe Ellen Goodman ha escrito lo siguiente: «Quienes niegan el calentamiento global son como los que niegan el Holocausto». Para empezar, encontramos aquí una diferencia sustancial en la manera en que se ven a sí mismas las gentes de izquierda y las de derecha. Con pocas excepciones, los izquierdistas tienden a ver a sus adversarios ideológicos como gente perversa, que alberga malas intenciones, mientras que los derechistas suelen considerar a los suyos como tipos equivocados, y puede que hasta peligrosos, pero no necesariamente como unos malvados.

Los negacionistas del Holocausto se cuentan entre la gente más abominable del mundo. No les interesa la historia, sino afligir a los judíos, y sus intentos por hurtar a casi seis millones de personas sus experiencias de sufrimiento inenarrable confiere un nuevo sentido a la palabra «crueldad». Así pues, equiparar a quienes ponen en cuestión el calentamiento global, o directamente lo niegan, con quienes cuestionan o niegan la Shoá es adjudicar a los primeros motivaciones infames.

Al Gore, Ellen Goodman y sus millones de seguidores consideran inconcebible que pueda haber alguien que disienta de ellos en materia de calentamiento global sin que albergue intenciones perniciosas: el disidente ha de estar sobornado por las petroleras, o miente -como hacen los negacionistas del Holocausto- por alguna razón especialmente perversa.

Hace poco, otro izquierdista prominente, el multimillonario George Soros, que financia no pocos proyectos izquierdistas, puso voz a la creencia de que los adversarios de la izquierda son similares, en términos morales, a los nazis. En el Foro Económico Mundial de Davos, Soros urgió a Estados Unidos a que se «desnazificase», de la misma manera que lo hizo Alemania tras la II Guerra Mundial y la Shoá. A juicio de Soros, EEUU se está comportando en Irak igual que los nazis en Polonia.

Volviendo a la Goodman, de su frase puede extraerse una segunda lección, que nos ayudará a entender mejor uno de los lemas del progresismo contemporáneo: «Cuestiona la autoridad». En realidad, esta prescripción sólo la aplican a la hora de juzgar la autoridad moral de las confesiones judeocristianas, o la de cualquier autoridad liberal-conservadora: si la ONU y una serie de expertos dicen que estamos en una fase de calentamiento global, no hay lugar para cuestionamiento alguno.

En tercer lugar, la equiparación entre denegación del calentamiento global y denegación de la Shoá trivializa la gravedad de esto último. Si poner en cuestión el calentamiento es como poner en cuestión el Holocausto, ¿hasta qué punto es verdaderamente malo dudar de que éste tuviera lugar? Lo mismo cabe decir de las palabras de Soros: afirmar que, moralmente hablando, Estados Unidos se está comportando en Irak igual que los nazis en Polonia no hace sino trivializar la perversidad sin parangón de las hordas hitlerianas.

En cuarto lugar, resulta sumamente reveladora la ausencia de reacciones a las palabras de Goodman por parte de los progresistas, los izquierdistas y organizaciones como la Liga Contra la Difamación (ADL), cuyo cometido principal consiste en defender a los judíos. Bueno, sí ha habido reacciones, pero para defender a la columnista del Boston Globe...

Imagínese que un cristiano prominente hubiera escrito que negar que América es un país cristiano es como negar el Holocausto. Los grandes medios hubieran copado sus portadas con la declaración de marras, y el sujeto en cuestión hubiera sido vilipendiado por todos y cada uno de los grupos e individuos progresistas. En cuanto a la ADL, hubiera esgrimido el caso como síntoma de la emergencia de un antisemitismo y un negacionismo de raíz cristiana.

Volvamos a la realidad: la ADL no ha dicho una sola palabra sobre el llamamiento de Soros a la desnazificación de América y la equiparación de Goodman entre denegación del calentamiento global y denegación del Holocausto.

Por último, cabe apuntar que la frase de Goodman no es sino reflejo de una de las más vastas campañas de demonización de gente decente que se hayan registrado en la historia. Se está condenando a todo aquel que

  • ponga en duda que se esté registrando un calentamiento del planeta;
  • considere que, efectivamente, la Tierra se está calentando pero sostenga que la actividad humana no es la causa principal de ello;
  • considere que, efectivamente, la Tierra se está calentando y convenga en que el ser humano es el principal responsable pero no considere que las consecuencias vayan a ser, ni de lejos, tan catastróficas como asegura Al Gore.

Si usted se identifica con uno de los tres ejemplos referidos, será puesto en el mismo saco que los negacionistas del Holocausto. Y, desde luego, no resultaría una sorpresa que pronto, muy pronto, se persiguiera en Europa a quienes cuestionan el calentamiento global como de hecho se persigue a los negacionistas del Holocausto.

Es mucho más probable que suceda esto último que el que suba el nivel del mar veinte metros. O diez. O tres.

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