conoZe.com » bibel » Otros » G. K. Chesterton » El hombre común y otros ensayos sobre la modernidad.

El epitafio de Pierpont Morgan

Es evidente que blanquear a un hombre no es lo mismo que lavarlo hasta dejarlo blanco. Lo curioso es que las personas, muy a menudo, tratan de blanquear a un hombre para encubrir sus faltas y fracasan, cuando quizás fuese posible lavarlo y, hasta cierto punto, tener éxito. La verdadera historia, si el delincuente sólo tuviera el valor de decirla, seguramente sería mucho más humana y perdonable que la desarreglada y sospechosa versión que se ofrece a cambio. Más de un hombre público, me imagino, ha tratado de ocultar el crimen y sólo logró ocultar la disculpa. Más de un hombre ha tratado de enterrar el pecado y solamente enterró la tentación.

Supongamos que Nelson hubiera ocultado sus relaciones con lady Hamilton con tanta discreción que sus movimientos sólo hubieran dejado la sutil impresión de que tenía una mujer en cada puerto. Pensaríamos que era un hombre mucho peor de lo que creemos, sabiendo toda la verdad. Supongamos que Parnell hubiera mantenido tan bien su secreto, que sus desapariciones se atribuyeran al tipo de vicio más vulgar y comprable de un hombre soltero, en lugar de ser el apasionamiento disculpable de un hombre soltero. Ese gran hombre nos parecería mucho menos grande. En nuestra cobarde vida pública comercial, no hay muchos de la clase de Parnell o de Nelson; pero aun entre nuestros lores y millonarios hay muchos hombres, me animo a decir, que son mucho menos despreciables de lo que parecen. Si tuviéramos la llave de sus almas, podríamos descubrir muchas virtudes inesperadas o por lo menos vicios más generosos. En muchos escándalos humanos complejos, la primera calumnia verdadera es la absolución.

Pero hay otra manera para esta defensa deshumanizada; y es la defensa de los muertos. La idea de demostrar discreción, si no respeto, al hablar de muertos recientes, descansa en un instinto humano profundo y libre al mismo tiempo, pero en la moderna práctica marcha precisamente por el sendero equivocado.

Un hombre muerto debería ser sagrado porque es un hombre, tal vez lo sea por primera vez. Un niño dice que es un hombre; un muchacho a menudo se cree un hombre; un hombre da por sentado que lo es y a menudo descubre su equivocación. Quizás la vida, de un modo viril y militar, es solamente aprender a morir. Si me solicitaran que dijera algo junto a la tumba de un hombre como Pierpont Morgan, diría: «No recordaré su nombre. Libró la grande y desigual batalla, y tiene más méritos que antes».

Pero pongamos nuestra atención en los modernos métodos periodísticos; en el de la débil blanqueada. El Christian Commonwealth es un periódico que tiene una preocupación perfectamente genuina, aunque vaga y desdeñosamente condescendiente, por el progreso social. Sus intenciones no son, en absoluto, serviles, aunque me parece que su resultado podría serlo. Mas experimenta, como todos nosotros, que el día siguiente a la muerte del pobre Morgan no es el momento para patear su cadáver; por eso, siendo moderno, logra hablar bien de él de esta manera extraordinaria: «Es fácil denunciar los métodos por los cuales estos hombres amasan sus grandes fortunas, pero teniendo en cuenta el daño hecho a los individuos por los métodos, a menudo despiadados, que tales hombres adoptan para lograr sus fines, se destaca el gran hecho: que ellos son los agentes humanos que llevan a cabo ciertos movimientos económicos... Estos hombres ayudan a preparar la industria para una nueva forma de control y dominio. En el estado de transición amasan enormes fortunas y arruinan a muchos que son demasiado débiles para ofrecerles resistencia, pero es dudoso si la suma de sus imposiciones perjudiciales es tan grande como los males que en el mismo período causó el gran número de pequeños capitalistas competidores».

Luego, diré mucho de esto como doctrina social. Ahora sólo me interesa como epitafio. Solamente en lo referente al respecto por los muertos, digo esto. Estoy dispuesto a pasar junto a la tumba de Morgan en decente silencio, como que es una tumba cristiana. El Christian Commonwealth sólo puede pensar en sacrificar un millar de esclavos en ella como si fuera una tumba pagana o prehistórica. Pues justificar o mitigar al capitalista de hoy es sacrificar un millar de esclavos.

Mi epitafio para Morgan no necesita llevar siquiera su nombre; escribiría en su tumba lo que desearía escribir en la mía: «Ten piedad de nosotros, desdichados pecadores». ¡Pero piensen en lo que dice el epitafio de Christian Commonwealth, sólo como epitafio! «Consagrado a la memoria de J. Pierpont Morgan; quien, a través de métodos fáciles de denunciar, amasó una gran fortuna. Como prefería los métodos despiadados para obtener sus fines, eligió arruinar a personas que eran demasiado débiles para ofrecerle resistencia. Así, se convirtió en el instrumento humano de un movimiento económico e inhumano. También constituyó trusts. De ellos es el Reino de los Cielos». Es ésta la ternura por los muertos terribles que se puede alcanzar de manera moderna. La sagrada muerte se olvida, pero la vida profana se disculpa. Y ahora, vayamos a la disculpa.

Para poder escribir un párrafo amable acerca de un pobre viejo cuya única superioridad sobre cualquiera de nosotros es que ya pasó por lo que nosotros más debemos temer, este periódico desentierra las basuras polvorientas y desacreditadas de Bellamy, y sostiene la proposición de que los millonarios nos acercan al socialismo. Lo que un socialista debe deducir, evidentemente, es que debe estar, a toda hora y momento, de parte de los millonarios. No se debe aumentar ni en un penique el salario de nadie; no se debe acortar ni en una hora el día laboral de nadie; pues esto podría retardar el dulce y rápido proceso por el cual y muy pronto todo en la Tierra pertenecerá a sus seis habitantes más inescrupulosos. En ese momento tendremos socialismo. No veo por qué. Nunca lo vi. Pero es evidente que, de ser así, deben ser exaltados los capitalistas y disminuidos los trabajadores. Todo el argumento carece de sentido a menos que signifique que lo mejor será que los capitalistas barran con todos nosotros lo antes posible. Algunos ponen en duda este concepto. Me cuento entre ellos. Decimos que la mejor política de Napoleón no hubiera sido esperar hasta que los aliados lo conquistaran completamente, para entonces poder él escribir una carta, pidiéndoles que le devolvieran el dominio de Europa. Decimos, de manera sencilla, que no hubiera sido aconsejable esperar en Montenegro a que todos los musulmanes de Asia marcharan sobre ellos, para abolir al islam en una sola proclamación bien expresada. Guardamos las mismas dudas respecto de la cordura de hacer a los capitalistas más fuertes que cualquier emperador del pasado, para pedirles que nos devuelvan lo único por lo que han perdido sus almas.

La conclusión final es que cualquiera que suscriba este epitafio debe unirse con las fuerzas del mal hasta el Juicio Final. No solamente debe renunciar al socialismo, que es una doctrina. Debe renunciar también a la reforma social, que es un libertinaje. No debe renunciar tan sólo al deber de ayudar a los pobres; hasta debe apartar de su corazón el placer de atormentarlos. Veo que un periódico (cuyo nombre no recuerdo) hasta me dirigió una carta abierta sobre este tema, preguntándome si alguna de mis palabras (las que, confieso con tristeza, han sido muchas) ha dado algún resultado en la práctica, con lo que se quiere hacer referencia, naturalmente, a Westminter. Bien, tengo el deber de confesar que mis esfuerzos han sido infructuosos, que no he logrado ningún resultado adecuado en el campo de la reforma social. He sido impotente en todos los poderosos movimientos modernos. Nunca segregué a nadie, ni torturé a nadie, ni quité a ninguna mujer los atributos y condiciones propias de su sexo, ni enterré vivo a nadie, que yo sepa. No soy filántropo. No creo que ni una sola palabra mía haya conducido a ningún hombre a la cárcel por un día más de los establecidos por el término legal de la condena. Dudo de haber agregado un solo látigo más a la tortura de las tríadas. Dudo de haber logrado deducir aunque sea una moneda de las pequeñas fortunas de lacayos y sirvientes. No he rapado el pelo de las hijas de otros. No he arrancado sangre de las espaldas de los más humildes.

Ha desaparecido, por siempre, mi proclama de ser progresista; lo sé bien. Pero no me opongo tan amargamente corno el Christian Commonwealth a toda posible reforma social. Estoy de acuerdo en que hombres como Morgan deben ser perdonados. Pero negaré hasta el día de la muerte y la condenación que hombres como Morgan deban ser alentados. Y si ese epitafio no quiere decir que hombres corno Morgan deben ser alentados, entonces no quiere decir nada.

Ahora en...

About Us (Quienes somos) | Contacta con nosotros | Site Map | RSS | Buscar | Privacidad | Blogs | Access Keys
última actualización del documento http://www.conoze.com/doc.php?doc=6270 el 2007-12-05 00:42:38