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Los teístas vuelven a atacar

Su creencia de que sólo existe lo medible excluye por qué existe todo lo que está sujeto a medición científica

El ateísmo agresivo se ha vuelto a poner de moda en América y Gran Bretaña, con best sellers como el de Richard Dawkins, La ilusión de Dios, y otros importantes y agresivos ejemplos de lo que el filósofo Ronald Dworkin llama «cientificismo», que es la reductiva idea de que «no existe nada que no pueda ser medido y explicado por medio de los métodos de las ciencias físicas y biológicas» —o sea que, «el amor, la belleza, la bondad y la libertad deben ser ilusiones».

Se trata de la reacción de la comunidad intelectual ante el ataque a Darwin y pide una instrucción de «diseño inteligente», algo que hoy se oye con frecuencia en los consejos locales escolares americanos. Representa el resurgir en el siglo XXI de la polémica que en su forma primitiva proporcionó un episodio célebre en la reciente historia americana, el famoso Ensayo del Mono de Scopes en Tennessee, en 1925.

Una ley introducida en esa época en el estado de Tennessee había prohibido enseñar la evolución y un joven profesor llamado John Thomas Scopes, actuando ante un desafío, infringió la ley. Esto acabó en un juicio, que se convirtió en una sensación nacional. William Jennings Bryan, el líder populista y estudioso de las escrituras, que fue tres veces candidato a presidente de Estados Unidos, fue humillado por el abogado radical Clarence Darrow, que atacó la «religión loca» de Bryan y le interrogó sobre la fecha real del diluvio universal (calculando por los datos de la Escritura, Bryan respondió que en torno al año 2.345 antes de Cristo). Darrow también le preguntó la identidad del «gran pez» que había tragado a Jonás y se burló de su creencia de que la torre de Babel era la responsable de la proliferación de lenguas en el mundo y la confusión que ello había creado.

El nuevo ateísmo científico es a veces una reacción política ante el resurgir del fundamentalismo bíblico entre muchos protestantes americanos, que conectan algunas de sus interpretaciones bíblicas con acontecimientos recientes en Oriente Medio, que se consideran como la evidencia de la llegada de los últimos días antes de la vuelta del Mesías. Los que creen esto constituyen ahora un grupo de presión político de cierta importancia en Estados Unidos, que apoya la guerra de Irak y el Gobierno de Israel sobre los palestinos.

Richard Dawkins, de Oxford, describe la religión, o la «ilusión de Dios», como él lo llama, como algo parecido al temor de los niños al hombre del saco debajo de la cama: un virus mental inoculado en los niños a una edad vulnerable por adultos que ya son víctimas de este virus; por eso, esta enfermedad de la creencia religiosa se sigue propagando, a pesar del buen sentido de los científicos como él mismo, cuyos argumentos caen en oídos sordos.

Una sordera comparable me parece que aflige a Dawkins y a otros científicos, quizás más culpablemente, porque parecen indiferentes a una enorme y profunda dimensión de la experiencia humana, e ignoran los temas fundamentales de la especulación filosófica o prefilosófica y teológica, que preocupan a la mayor parte de la gente en el curso de sus vidas. Su creencia de que sólo existe lo medible excluye la cuestión primordial de por qué existe todo lo que está sujeto a medición científica, o de cualquier otro tipo. Seguramente, casi todo el mundo se plantea esta cuestión en uno u otro momento. Parece que les ocurre hasta a los astrofísicos, que encuentran que es un tema que suele conducir a la zona tabú de la «causa sin causa» (como se le llamaba en el pensamiento filosófico medieval).

Estos filósofos alegaban (como hacen otros hoy) que todas las cosas lógicamente (científicamente) tienen causas, y cuando se encuentra un resultado, como la existencia en sí misma, sin una causa evidente, es lógico, o por lo menos conveniente, llamar a la causa no causada «lo que llamamos Dios».

Ahora se puede simplemente ignorar el tema, como hace la mayor parte de la gente en su vida diaria, pero sin embargo esto es una necesidad básica del hombre, sentida desde el principio de la conciencia humana, creer en Dios (o en dioses).

EN el transcurso de la historia, este pensamiento ha producido múltiples explicaciones de la causa no causada, muchas de ellas, aunque desde luego no todas, invocan «el amor, la belleza, la bondad y la libertad» acusando al cientifismo de excluirlos.

Ha producido especulación que va desde afirmar la existencia de «lo que llamamos Dios» hasta un esfuerzo por deducir los atributos lógicos de Él o Ella o Ello. Entre estas cualidades están todopoderoso (para crear el universo), omnisciente y ubicuo (ambas cualidades necesarias para sostener la existencia de este universo en su extensión aparentemente infinita). Aquí está el origen de la teología.

Por eso, Dios, como se concibe en las religiones bíblicas occidentales, se define a sí mismo ante Moisés, en el Éxodo, como «Yo soy el que es», diciendo a Moisés que vaya a los hijos de Israel y les diga, «El que es me ha enviado a vosotros».

No estoy escribiendo esto explícitamente para defender la teología, sino porque encuentro sorprendente que el nuevo ateísmo intelectual que se ha popularizado pueda encontrar satisfacción en el equivalente del ataque de Clarence Darrow al pobre literalismo bíblico de William Jennings Bryan. Seguramente, en su momento, la creencia de Bryan fue igual de estéril, en términos humanos, que la incapacidad de Dawkin de ver o sentir estas dimensiones de la experiencia que históricamente han definido nuestra humanidad.

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