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La necesidad de integrarlos

Benedicto XVI comienza su Encíclica Dios es amor subrayando la necesidad de precisar lo que significa la palabra amor (nº 2). Intentemos destacar el espíritu que inspira los cinco primeros puntos de este relevante documento.

El hombre sale de sí para buscar lo que necesita. Ese movimiento de búsqueda fue denominado por los griegos "eros". Eros implicaba para ellos una tendencia hacia lo valioso, hacia aquello que nos perfecciona porque colabora a completarnos. Se trata de una tendencia constitutiva del hombre, ser que tiende hacia los valores como el girasol se orienta hacia la luz solar. Este tirón hacia lo alto lo promueve nuestro ángel interior -el daimon-, que nos orienta hacia lo divino, y puede hacerlo porque lo divino está viniendo siempre hacia nosotros, y se nos comunica a través de las musas. El hombre a quien se comunica lo divino, lo perfecto, es un ser inspirado. Se trata de un movimiento reversible, de doble dirección.

El eros implica, pues, una salida de sí en busca de plenitud. El varón busca a la mujer, como a su complemento natural, y, en unión con ella, da vida a nuevos seres. Al procrear, hombre y mujer tienen la impresión de desbordar sus propios límites, de ser llevados y casi arrebatados por una energía que parece superarlos y los enardece. Este enardecimiento lo interpretaron los griegos como una especie de "locura" -un salirse de sus casillas-, y, por salirse a instancias de una fuerza superior, la consideraron como una locura "divina". Para los griegos, lo divino era la personificación de lo perfecto; perfecto en bondad, belleza, justicia, amor...

Este salirse de sí enardecido fue considerado a veces como un ascenso hacia lo perfecto en sentido religioso, y dio lugar a confusiones lamentables, como la llamada "prostitución sagrada". Se olvidó que el salir de sí presenta dos modalidades básicas: una ascendente y otra descendente. El mero salir de sí no indica ascenso a lo perfecto; puede ser sólo un desbordamiento de límites, una efervescencia biológica y psicológica. Es una salida de sí ascendente cuando el impulso ardoroso hacia la unión no se queda en el nivel de la mera pasión antes se eleva al nivel de la entrega personal. La pasión es, literalmente, algo que padecemos, porque es provocada por una pulsión instintiva que busca saciedad; ansía llenar un vacío. El varón que se deja llevar de esta pulsión busca a la mujer como un "medio para saciar una apetencia". Y lo mismo la mujer respecto al varón. Esta actitud centrada en uno mismo es propia de nuestra relación con los objetos. La pasión, a solas, toma al otro como un objeto, un útil, un "medio para un fin". El que siente hambre y toma un pastel, no se queda lamentando al final que nunca volverá a verlo a pesar de lo mucho que le quería. En realidad, no le quería; lo apetecía, actitud propia de un nivel elemental de conducta, que podemos convenir en llamar nivel 1.

La entrega personal implica donación, ofrecer lo que uno tiene, sobre todo afecto y capacidad de crear vínculos estables y fecundos. El amor personal entraña creatividad. No reduce al otro a medio para unos fines; lo considera y respeta como una realidad abierta, capaz de ofrecer posibilidades y recibir otras en orden a crear una relación mutua fecunda. Este ofrecer y recibir posibilidades es una actividad creativa. El amor personal se mueve en un nivel superior al del manejo interesado de objetos. Llamémosle nivel 2.

Integrar la pasión -vista con mera apetencia- con el amor personal -entendido como voluntad de crear relaciones amistosas, oblativas, fecundas- es seguir un proceso de maduración de la atracción primera. Con ello no se rechaza la apetencia, que tiene un valor, porque manifiesta vitalidad, apertura a seres complementarios; la lleva a su máxima realización. Toda realidad adquiere su pleno sentido en un nivel superior. Dice bien el Papa, por tanto, al indicar que la purificación y la maduración del eros no implica "rechazar el eros ni envenenarlo, sino sanearlo para que alcance su verdadera grandeza" (nº 5). El término "sanearlo" conviene entenderlo en el sentido positivo de integrarlo con una actividad creativa que le otorga su pleno sentido y evita que degenere en un movimiento de vértigo o fascinación. Si ejercitamos el eros de forma egoísta, autonomizamos la atracción por lo que tiene de placentera y no la trascendemos hacia la creación de una forma estable y fecunda de unión. Nos quedamos en el nivel 1, y no alcanzamos la cota de la creatividad, que constituye el nivel 2.

El conflicto no se da propiamente entre el cuerpo y el espíritu, entre las pulsiones instintivas y las pulsiones espirituales, sino entre el egoísmo y la generosidad, entre la entrega arrebatada a la embriaguez de la unión corpórea y la entrega lúcida a la búsqueda de la felicidad del ser amado. La primera forma de entrega está realizada con una mera "libertad de maniobra", la capacidad de buscar la propia satisfacción. El segundo tipo de entrega supone una "libertad creativa", que es la verdadera libertad del ser humano, la manifestación más clara de la armonía que reina entre cuerpo y alma, entre las energías de los instintos y las que proceden del auténtico ideal de la vida, que es el ideal de la unidad.

Cuando se ejercita esta forma verdadera de libertad, no se degradan las energías sexuales; se las sitúa en su verdadero orden, se les otorga toda su nobleza, se les confiere su pleno sentido, se las pone en verdad, se las dota de una insospechada belleza. Ya sabemos que tener sentido es estar bien ordenado, y el orden fue considerado desde antiguo como la fuente de la más honda belleza.

Integrar el eros con el amor personal no significa, pues, depreciarlo, dejarlo de lado, empequeñecerlo, y menos despreciarlo o, todavía peor, envilecerlo. Todo lo contrario. Es hacerlo salir de sí para elevarlo y salvar, por elevación, el riesgo de que se convierta en un movimiento de fascinación o vértigo. El eros, vinculado de raíz con el amor personal o ágape, constituye la forma auténtica de "éxtasis", en el sentido riguroso que adquirió este vocablo sobre todo desde Plotino y San Agustín.

La posición de la Encíclica Dios es amor respecto a los dos aspectos del amor humano - el eros y el ágape- es muy positiva por ser integradora. La posibilidad de integrar ambas energías humanas depende de que adoptemos una actitud de generosidad, no de egoísmo. El egoísmo escinde; la generosidad une sin fusionar, es decir, integra.

Si queremos conseguir que las gentes asuman este documento de forma creativa, descubriendo personalmente los valores que el Papa destaca en el amor humano, visto de forma integral, necesitamos ayudarles a realizar doce descubrimientos, correspondientes a las doce fases del desarrollo de la persona humana . Entonces distinguiremos bien los distintos niveles de realidad y de conducta, tanto los positivos como los negativos, y descubriremos por dentro el poder constructivo de la personalidad humana que late en la doctrina cristiana del amor.

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última actualización del documento http://www.conoze.com/doc.php?doc=5906 el 2006-10-11 16:37:10