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XVIII.- El Apocalipsis Cristiano (II)

57. La pregunta de los apóstoles se refiere a tres acontecimientos, que en su espíritu no formaban más que uno, quizá: la ruina próxima de la Jerusalén terrestre, que acaba de serles revelada, la venida del Hijo del hombre con todo poder y para juzgar -o sea, lo que se llamará la Parusía-, y el fin del mundo. La respuesta de Jesús va de uno a otro de esos acontecimientos, a veces los distingue incluso en el tiempo, a veces parece confundirlos.

Todas esas revelaciones apocalípticas, que no puedo citar aquí por entero, por la sencilla razón de que no puedo citar en mi libro el texto entero del Evangelio, todas esas revelaciones, digo, presuponen una verdad fundamental de que está impregnado el judaísmo, y que expresará perfectamente san Pablo: "Pero os digo esto, hermanos: el tiempo es corto. Lo que queda, que los que tienen mujer estén como si no la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que están alegres, como si no estuvieran alegres; los que compran, como sí no poseyeran; los que usan del mundo, como si no usaran. Pues la figura de este mundo pasa. Y quiero que estéis sin cuidados". Hay un uso cristiano del mundo, 'como no usándolo". Eso no quiere decir absolutamente que haya que abstenerse de todo esperando el mundo venidero, que haga falta no llorar ni estar alegres, sino que hay que estar siempre dispuestos a dejarlo todo, porque todo es capaz de dejarnos en cualquier momento, y que, por otro lado, nuestra pertenencia profunda no es a este mundo: las jerusalenes terrestres pasan como los rostros amados, y aquí abajo no hay nada permanente sino este fluir universal. Los judíos, pueblo primitivamente nómada, nos inocularon su nomadismo metafísico. Podemos defender nuestras ciudades y nuestras civilizaciones, sabemos muy bien que la valentía humana consiste en vivir y morir sobre un bastión, pero sabemos también que la más bella ciudad terrestre no es más que un campamento que también las civilizaciones son mortales. Nuestra época lo sabe más que ninguna otra.

Las palabras de san Pablo son el eco de unas palabras de Cristo: "Tened cuidado de vosotros, no se carguen vuestros corazones con el vicio, la embriaguez y los cuidados de la vida, y caiga de repente sobre vosotros ese día como un lazo; pues vendrá sobre todos los que vivan en toda la faz de la tierra" * Cristo quiere que toda nuestra vida esté en alerta. Dice también: 'El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán". Porque el cielo y la tierra pertenecen al tiempo, son reflejos en un espejo, pero las palabras de Jesús pertenecen al reino inmutable e la eternidad.

Estos pocos textos, y otros muchos que se les parecen, definen, en el orden psicológico y moral del comportamiento humano en este mundo, una revolución tan amplia como la de la relatividad en el dominio físico. Es, en efecto, una especie de relatividad, lo que introdujo el Apocalipsis judeocristiano en la concepción de la vida y del universo. Ahí estaba, me parece, el fondo de la objeción de Camus contra el Apocalipsis cristiano; Para él, este bajo mundo era la única realidad, mientras que, para un cristiano, no es más que el revés del decorado, cuyo anverso glorioso deberíamos aspirar ardientemente a ver. Ocurre, sin embargo, que uno se deja enredar en el revés del decorado; los mismos judíos se dejaron, como escribe Pascal: "Los judíos amaron tanto las cosas figurativas, y las esperaron tanto, que desconocieron la realidad cuando llegó en el tiempo y de la manera predichos". ¿Quién de nosotros no es un poco judío en eso, sin mucho afán de ver el tiempo borrarse en la eternidad, y la sombra nocturna huir ante el cuerpo de luz?

Es cierto que, así como las geometrías no-euclidianas y la teoría de la relatividad han sacudido la legitimidad científica de un universo de tres dimensiones, el cristianismo ha lanzado una duda sobre un universo moral cerrado sobre el hombre y la vida presente. Ahora todo tiene doble sentido, y la misma muerte no es lo que parece. A propósito de la muerte de Camus, precisamente, William Faulkner dijo: "Todo el mundo cuenta que se ha matado contra un árbol; ha encontrado a Dios". Las dos cosas son verdad.

Ahora bien, Jesús anunciaba el fin próximo y brutal de Jerusalén y cuarenta años más tarde, eso ocurría como él había dicho. Pero en la visión apocalíptica, esos grandes acontecimientos son polivalentes: el fin de Jerusalén es figurativo del fin del mundo; el propio fin del mundo no es un acontecimiento sencillo y absolutamente aislado. El mundo en que estoy se acabará verdaderamente para mí el día en que muera. El fin del mundo esperaba a Camus al pie de un árbol en Ile-de-France, esperaba a Saint-Exupéry en el cielo del Mediterráneo, y a cada cual le esperaba su fin del mundo. La enseñanza de Jesucristo es que todo fin del mundo, general o particular, coincide con la venida, de él en poder y gloria, con su Parusía de juez irrefutable,

Ya se sabe que los primeros cristianos esperaron por lo general que el fin del mundo entero y el regreso de Cristo en su gloria seguirían de cerca a la ruina de Jerusalén. Se tienen diversos ecos de esa expectación en el Nuevo Testamento. Los pasajes en que Jesús tiene aire de fijar un término son oscuros y parecen contradictorios, los exegetas se rompen la cabeza con ellos. A veces parece que todo eso se producirá antes de la desaparición de la generación contemporánea de Jesús; otras veces, que nadie conoce el tiempo de la catástrofe final, nadie, ni aun el Hijo, sino sólo el Padre. Entrando a mi vez en las temibles asechanzas de esta Revelación, no pretendo evidentemente explicarlo todo, aclararlo todo. Pero tampoco veo por qué se exige al teólogo y al exegeta la solución perfectamente clara y definitiva de todos los problemas. Nunca se osaría formular tal exigencia a un médico sobre los secretos de la biología, a un físico sobre los secretos del universo material. Si se formulara, se recibiría muy mal el biólogo y el físico no dejarían de responder que pretender una claridad absoluta y sin sombra en problemas oscuros por sí, es cortar las alas a la reflexión y a la imaginación, motrices de todo avance en el conocimiento. El biólogo y el físico tendrían mil veces razón; yo tampoco veo por qué un teólogo tendría que tener respuesta para todo. Dejemos, pues, a la teología y a la exégesis su parte legítima de hipótesis. ¿Qué es la hipótesis? En realidad es otra pregunta en respuesta a una pregunta: el conocimiento tiene humor femenino. Las mujeres practican admirablemente ese arte de responder con una pregunta a otra pregunta. El Apocalipsis cristiano resuena de preguntas que se forman eco y se responden en las cuatro esquinas del tiempo.

Pero lo admirable precisamente es que el cristianismo nos haya sumergido, con el bautismo, en el universo de la interrogación. Lo que Jesucristo empezó por enseñarnos, es que forma parte de la dignidad del hombre preguntarse sobre la muerte y sobre el fin del mundo. Eso no es tan obvio. Lo que he encontrado tan deprimente en el Islam, es la falta de interrogación, es un universo de respuestas hechas, y aun de una sola respuesta que se ajusta a todo: estaba escrito, es así porque desde siempre debía ser así. En el fondo, es pequeña la diferencia con el Eterno Retorno. Camus, que se creía en la tradición griega, estaba sin duda mucho más en la tradición mora. Cristo, por su parte, ha vuelto a ponerlo todo en cuestión: Jerusalén y su patria terrestre, en nombre de una Jerusalén celeste; la Ley, en nombre de la caridad; el tiempo, en nombre de la eternidad; la muerte, en nombre de la vida y de la resurrección; el mundo, en nombre del Juicio del mundo, mientras que el diablo pretende jugar de todo y no ser juzgado; el Diablo, en nombre del Paraíso y de la felicidad eterna del hombre. ¡Ah, qué hermoso juego se inauguró ahí! Por mucho que nuestra civilización se llame descristianizada, y afirme que no espera el regreso, con poder y gloria, de nuestro Señor Jesucristo, vive todavía y solamente de las preguntas que suscitó ese hombre y plantó para siempre en el corazón del hombre. Siempre será heroico ser verdaderamente cristiano, pero, ante todo y sobre todo, nunca será idiota.

Me parece que nuestra época, la época de Einstein y de la relatividad, pero también la época de Hiroshima y de los arsenales nucleares, está mejor hecha que ninguna para comprender que "la figura de este mundo pasa." Ya he dicho que en mí infancia, bajo la influencia de una filosofía positivista, determinista, sensualista, boba, idiota y degenerada, tomaba a risa el dogma del fin del mundo y la revelación apocalíptica de los Evangelios. A todo el que reflexiona, Hiroshima debería haberle helado al momento en la cara la mueca irónica. ¿El fin del mundo? Ya lo tenemos al alcance de la mano, tómense la molestia de entrar, porque el almacén está lleno. El fin del mundo pasea por el fondo de los mares en los submarinos atómicos, y se cierne en la estratosfera en los proyectiles portadores. ¿Portadores de qué? Pues precisamente del fin del mundo. Como nuestras sardinas y nuestras mermeladas, hemos encerrado el fin del mundo en latas de conserva. Ahora ya estamos provistos, y no nos faltará fin del mundo. Cuando leo todos los días en un periódico, en cualquier idioma, que la supervivencia del mundo está basada en "un equilibrio de terror", y abro el Evangelio de Mateo en el capítulo 24, encuentro que aquel pequeño contable judío, muerto hace dos mil años, no está tan superado por las eventualidades presentes.

"Enseguida, después de la angustia de esos días, el sol se oscurecerá, la luna no dará claridad, las estrellas caerán del cielo, y las potencias de los cielos se agitarán. Y entonces aparecerá en el cielo la señal del Hijo del hombre, y todas las razas de la tierra se darán golpes de pecho, y verán al Hijo del hombre viniendo sobre las nubes del cielo con mucho poder y gloria. RI mandará a sus ángeles con una gran trompeta, a que reúnan a sus elegidos de los cuatro vientos, desde un extremo a otro de los cielos."

* * *

58. Pues hay otra vertiente de la Revelación. Lo mismo que, en la resurrección de Lázaro y en su propia resurrección, Jesús se presenta como el señor supremo de la muerte y de la vida, aquí se afirma como señor del fin del mundo. Cualesquiera que sean las causas segundas que traigan la catástrofe, sólo serán segundas; el acontecimiento sólo adquirirá su significación definitiva con el retorno de Cristo glorioso como juez, su Parusía. Es verdad que Hiroshima ha dado una verosimilitud inimaginable a la revelación apocalíptica de Cristo. No hay ninguna razón para no tomar más que la mitad de esa revelación, que ha recibido una confirmación casi experimental.

Por mi parte, no tenía necesidad de Hiroshima para creer en la eventualidad segura del fin del mundo, porque en todo momento lo he creído sobre la palabra de Jesucristo.

Yo estaba en la posición de Leverrier cuando predijo la existencia y el emplazamiento del planeta Neptuno: cuando el 23 de septiembre de 1846, J.-G. Galle, en Berlín, confirmó la existencia y emplazamiento de Neptuno, Leverrier no se quedó abrumado. Hiroshima tampoco me ha aturdido. Soy Cristiano y acepto la palabra de Cristo. Pero esta palabra, la acepto en su integridad. Por eso creo también en la providencia de Cristo sobre los suyos y en la inminencia de su Parusía.

Cuando hablo de inminencia, me guardo de determinar una cierta cantidad de tiempo. Es posible que el fin del mundo y la Parusía justiciera de Cristo estén distantes de nosotros todavía unos millones de años; sin embargo, son inminentes. He dicho que el fin del mundo se pasea por el fondo de los mares y por la estratosfera; no está lejos de nosotros, y esperamos que se quede ahí tranquilo el mayor tiempo posible; pero es inminente. El loco que desencadene el fin del mundo creerá ser su causa, y sólo será su instrumento. El fin del mundo es inminente de otra manera, superior: desde toda la eternidad está contenido en un libre decreto, y ese decreto, como todo lo que es eterno, aborda al tiempo por todas partes, su centro está en todas partes su circunferencia, en ninguna. Por eso, ese día caerá sobre los hombres de improviso, se cerrará sobre ellos como una trampa; en otro lugar Cristo dice que llegará sobre ellos como un ladrón.

Sin embargo, Cristo afirma por otra parte que ha venido ante todo para salvar al mundo, no para juzgarle, remitiendo así a mas tarde su venida justiciera. Mateo inserta aquí la parábola de las diez Vírgenes. Lo más notable de esta parábola es que, en estricta justicia, no hay nada que reprochar a ninguna de las diez Vírgenes: todas son vírgenes, todas están en su sitio y todas se duermen porque el Esposo llega con retraso; ninguna habría sido reprensible si el Esposo hubiera llegado a su hora. No son las vírgenes llamadas necias las que han cometido una falta: es el Esposo quien ha faltado a esa cortesía de los reyes que es la puntualidad. Se comienza a entrar profundamente en la comprensión del cristianismo cuando se entiende que Dios siempre tiene retraso, o, lo que viene a ser lo mismo, que nosotros siempre tenemos demasiada prisa. Las Vírgenes necias eran necias y fueron condenadas, no porque les faltaba aceite para esperar la llegada del Esposo si hubiera estado a la hora prevista, sino porque no habían tomado el suplemento de aceite que les hubiera permitido soportar el retraso sin que se les apagasen las lámparas entre tanto. Como las mujeres bonitas muy cortejadas, Dios no admite que se le acusen sus propios retrasos. En nuestras relaciones con Díos, siempre nos hace falta tener en reserva un suplemento de paciencia, un suplemento de generosidad: las pesas de la balanza están falseadas a su favor. Cuando creemos haberle esperado hasta el extremo limite, todavía tenemos que esperar una hora más; cuando creemos habérselo dado todo, todavía tenemos que rebañar los fondos de cajón y darle un poco más; la piel y también los huesos, para completar el peso, el corazón y la última gota de sangre del corazón, el alma y su último aliento; es el usurero de nuestras vidas. Cuando nos ha arruinado totalmente, entonces se entrega a nosotros y todo queda compensado.

Al comienzo de este libro, cuando no sabia todavía a dónde me arrastraría, escribí esto: "¿Cómo hacer la historia de un hombre que pretende dominar el tiempo? Si la historia de un hombre es la inscripción de su personalidad en su tiempo, ¿qué será la historia de una personalidad que abraza el tiempo entero, porque es anterior y lo crea? Para que esa historia sea verdadera, hará falta que, de cierta manera, esa historia abrace todo el tiempo. La primera confirmación de que el punto de vista de Jesús sobre sí mismo es sin duda verdadero, es que, en efecto, es imposible escribir su historia sin dominar el desarrollo entero del tiempo." Ahora ya lo veo bien: no domino mi libro, sino que es él quien me domina.

El discurso apocalíptico de Jesucristo no se pierde en las nubes, se cierra con la evocación del juicio final. Ahí también, todavía, Jesús se pone en el centro de todo, no sólo porque es el juez supremo, sino sobre todo porque establece en referencia a sí mismo la tabla de todos los valores sobre los que se pronunciará ese juicio temible. Y entonces pasa una cosa extraordinaria: ese juicio que es el término de la historia, es también inmanente a la historia y a la conciencia de cada cual de nosotros, que puede y debe juzgarse a sí misma en el amor fraternal. San Juan de la Cruz lo ha resumido así: seremos juzgados todos sobre el amor. Jesús, que se pone en el centro del fin del mundo y del juicio final, se identifica también con el más pequeño de entre nosotros; es a la vez Jesucristo y el más humilde de los hombres que ocupa ese centro. Ahí está la Comunión de los santos: el juicio de los mayores por los servicios prestados a los más pequeños.

Vamos, camaradas comunistas, que nos habéis roto los oídos diciendo que la religión es el opio que impide el advenimiento de la Ciudad radiante y fraternal, "en que el libre desarrollo de cada cual es la condición del libre desarrollo de todos", considerad una vez lealmente esta religión, en que no se puede ofender a los pobres, a los débiles, a los pequeños, sin ofender al mismo Dios y a su Cristo; en que el honor y el servicio rendidos a los pobres, a los débiles, a los pequeños, recae sobre Dios mismo. Por nuestra parte, estamos dispuestos a reconocer que ocurre por desgracia que los cristianos practican mal su religión y que muchas veces se preparan un terrible despertar en el día del juicio, pero por vuestro lado tened el valor de reconocer que esa religión no amenaza a nadie. Avergonzadnos de que no nos mostremos dignos de ella, pero no blasfeméis de ella; no la podéis tocar sin amenazar en su vida y en su honor a los pobres, a los débiles y a los pequeños.

Citaré por entero ese texto prodigioso:

"Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, entonces se sentará en el trono de su gloria. Y se reunirán delante de él todos los pueblos, y él os separará a unos de otros, como el pastor separa a las ovejas de los machos cabrios. Y pondrá a las ovejas a su derecha y a los machos cabrios a su izquierda. Entonces dirá el Rey a los de su derecha: -Venid, los benditos de mi Padre; tomad en herencia el Reino que os está preparado desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me recibisteis, estaba desnudo y me vestisteis, estaba enfermo y me vinisteis a ver, estaba en la cárcel y me visitasteis-. Entonces los justos le contestarán: -Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, o sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero y te recibimos, o desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a tu lado?-. Y el Rey les contestará: -Os doy mi palabra: en cuanto lo hicisteis a uno de mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis. Y entonces dirá a los de su izquierda: -Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado por el Diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me recibisteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel, y no me vinisteis a ver-. Entonces replicarán: -Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te socorrimos?-. Y él replicará: -Os doy mi palabra: en cuanto no lo hicisteis con uno de esos más pequeños, tampoco lo hicisteis conmigo-. Y se irán esos a la condenación eterna, y los justos, a la vida eterna."

El discurso se cierra sobre el Paraíso y el Infierno, temas sobre los cuales hay tanto que decir. Permítaseme remitir esos temas a mi libro sobre la doctrina de Jesucristo, que sin duda escribiré, a condición de que Dios me dé vida y salud y de que yo no me deje dominar por la pereza.

Finalmente, me queda por decir lo que quizá es lo más importante. El universo del Apocalipsis cristiano, cuyo discurso va tan fácilmente desde la creación del mundo hasta la eternidad de las recompensas y de las penas, no tiene necesidad de justificarse de otro modo. No es un problema: es la solución. Como el universo de la música, en que, desde los primeros compases, de una sinfonía que conocemos bien, sabemos que todas nuestras angustias van al mismo tiempo a ser llevadas a su paroxismo y resueltas de golpe.

Ahora en...

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