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3. Los escritos apologéticos

El tratado apologético más importante de Orígenes es su tratado Contra Celso en ocho libros (Κατά Κέλσοις, Contra Celsum). Es una refutación del Discurso verídico (Αληθής λόγο que el filósofo pagano Celso dirigió contra los cristianos hacia el año 178. La obra de Celso se ha perdido, pero se puede reconstruir casi completamente con las citas de Orígenes, que forman las tres cuartas partes del texto de su libro. Celso se proponía convertir a los cristianos al paganismo haciéndoles avergonzarse de su propia religión. No se hace eco de las calumnias del vulgo. El había estudiado el asunto, había leído la Biblia y gran número de libros cristianos. Conoce la diferencia que existe entre las sectas gnósticas y el cuerpo principal de la Iglesia. Es un adversario lleno de recursos, que da muestras de gran habilidad y a quien no se le escapa nada de lo que pueda decirse contra la fe. La ataca primeramente desde el punto de vista de los judíos en un diálogo en el que un judío formula sus objeciones contra Jesucristo. Se adelanta luego Celso y dirige por su cuenta un ataque general contra las creencias judías y cristianas. Se burla de la idea del Mesías, y ve en Jesús un impostor y un mago. Como filósofo platónico, afirma la neta superioridad del culto y de la filosofía de los griegos. Somete el Evangelio a una crítica severa, especialmente en todo lo que atañe a la resurrección de Cristo; y afirma que fueron los Apóstoles y sus sucesores los que inventaron esta superstición. No rechaza todo lo que enseña el cristianismo. Aprueba, por ejemplo, su moral y la doctrina del Logos. No tiene inconveniente en que el cristianismo siga existiendo, pero bajo la condición de que los cristianos renuncien a su aislamiento político y religioso y se sometan a la religión común de Roma. Lo que más le preocupa es ver que los cristianos crean un cisma en el Estado, debilitando el imperio con la división. Por eso concluye exhortando a los cristianos ?a ayudar al rey y a colaborar con él en el mantenimiento de la justicia, a combatir por él y, si él lo exige, a luchar a sus órdenes, a aceptar cargos de responsabilidad en el gobierno del país, si es preciso, para el mantenimiento de las leyes y de la religión? (8,73-75).

Según parece, el Discurso verídico no hizo mella en aquellos a quienes iba dirigido. Los escritores cristianos del tiempo de Celso no lo mencionan. Hacia el año 246, Ambrosio, el amigo de Orígenes, pidió a su maestro que lo refutara, por temor a que algunas de las afirmaciones capciosas de Celso hicieran daño. Orígenes, que hasta entonces no había oído hablar nunca de aquella obra ni de su autor, pensó en un principio que no era ésta la manera mejor de refutar a Celso:

Cuando testigos falsos dieron testimonio contra nuestro Señor y Salvador Jesucristo, El guardó silencio; no dio respuesta alguna a las acusaciones. Estaba persuadido de que su vida entera y las acciones que había realizado en medio de los judíos eran una refutación mejor que cualquier respuesta a los falsos testimonios y que cualquier defensa contra las acusaciones. Y no sé, mi buen Ambrosio, por qué quisiste que escribiera una réplica a las falsas acusaciones y cargos que Celso dirige, en su tratado, contra los cristianos y contra la fe de las Iglesias, como si los hechos no brindaran por sí solos una refutación evidente, y la doctrina, una respuesta mejor que todos los escritos, echando por tierra las afirmaciones mentirosas y quitando a las acusaciones toda credibilidad y fuerza (Contra Cels. prefacio 1).

Yo no sé en qué categoría se ha de colocar a los que necesitan libros de argumentos escritos en respuesta a las acusaciones de Celso contra el cristianismo, para no vacilar en su fe, sino confirmarse en ella. Teniendo, sin embargo, en cuenta, por un lado, que entre los que se consideran creyentes puede haber algunos que vacilen en su fe y estén en peligro de perderla debido a los escritos de Celso, y, por otro lado, que se puede impedir su caída refutando las aserciones de Celso y exponiendo la verdad, nos ha parecido justo acatar tus órdenes y dar una respuesta al tratado que nos has mandado. Pero no creo que nadie, por poco adelantado que esté en el camino de la filosofía, consentirá que se le llame "Discurso verídico," como lo tituló Celso (ibid. 4).

Este libro no ha sido, pues, compuesto para los que son creyentes convencidos, sino para aquellos que o bien no han empezado a gustar la fe en Cristo o son, como los llama el Apóstol (Rom. 14,1), "flacos en la fe" (ibid.6).

Con estas palabras indica Orígenes para quiénes y por qué razones emprendió esta refutación, cuando contaba más de sesenta años de edad (Eusebio, Hist. eccl. 6,36,1). Su método consiste en seguir punto por punto los argumentos de Celso; su respuesta a algunas críticas no es muy convincente y a veces adolece de estrechez de miras. No obstante, se acusa a lo largo de toda la obra una convicción profundamente religiosa y una recia personalidad que sabe conjugar la fe con la ciencia, de forma que el adversario desaparece enteramente en la sombra y el lector queda conquistado por el tono digno y sereno del autor. Celso, a fuerza de verdadero griego, estaba orgulloso de los resultados obtenidos por la filosofía helénica, "y con una apariencia de bondad, no reprocha al cristianismo su origen bárbaro. Por el contrario, alaba la habilidad de los bárbaros en descubrir doctrinas. Pero añade que los griegos son más capaces que nadie para juzgar, establecer y poner en práctica los hallazgos de las naciones bárbaras" (Cont. Cels. 1,2). Orígenes contesta en la forma siguiente:

(El Evangelio) tiene un género de demostración propio, más divino que el de los griegos, que se funda en la dialéctica. Y a este método más divino le llama el Apóstol "manifestación del espíritu y del poder": del "espíritu," por las profecías, suficientes por sí solas para producir la fe en los que las leen, especialmente en las cosas que se refieren a Cristo, y "del poder," por los signos y milagros que han sido obrados, que se pueden probar de varias maneras, y especialmente por las huellas que se conservan aún en aquellos que ordenan sus vidas según los preceptos del Evangelio (ibid.)

La divinidad de Cristo es evidente, no sólo por los milagros que obró (2,48) y por las profecías que en El se cumplieron (1,50), sino también por el poder del Espíritu Santo, que opera en los cristianos:

Quedan aún entre los cristianos vestigios de aquel Espíritu Santo que apareció en forma de paloma. Arrojan a los espíritus malignos, realizan muchas curaciones, predicen ciertos sucesos, según la voluntad del Logos. Y aunque Celso, o el Judío, a quien introduce en su diálogo, se burlen de lo que voy a decir, lo diré, sin embargo: muchos se han convertido al cristianismo, por decirlo así, contra su voluntad; cierto espíritu transformó sus almas, haciéndoles pasar del odio contra esta doctrina a una disposición de ánimo dispuesto a morir en su defensa (1,46).

La fe en Cristo y la doctrina cristiana presuponen la gracia:

La palabra de Dios (1 Cor. 2,4) declara que la predicación, por verdadera que sea en sí misma y muy digna de ser creída, no basta tocar el corazón humano; es necesario que el predicador haya recibido cierto poder de Dios y que la gracia florezca en sus palabras. Esta gracia, que poseen los que hablan eficazmente, les viene de Dios. Dice el profeta en el salmo 67: "A los que evangelizan, el Señor dará una palabra muy poderosa." Aun concediendo que entre los griegos se encuentren las mismas doctrinas que en nuestras Escrituras, les faltaría, sin embargo, ese poder de atraer y disponer las almas de los hombres a seguirlas (6,2).

Merece notarse particularmente la respuesta de Orígenes a Celso sobre la actitud que hay que tomar respecto al poder civil. Por estar la estructura del Imperio romano íntimamente ligada con la religión pagana, los cristianos se mantuvieron, como es natural, muy reservados en todo lo que era de tipo político. Mientras Celso hace hincapié en la ley y en la autoridad del poder secular, Orígenes insiste en que no se puede exigir obediencia a sus preceptos más que cuando no están en contradicción con la ley divina. Celso se presenta como un patriota ferviente, mientras que Orígenes da la impresión de un cosmopolita, para quien la historia de las naciones y de los imperios es la historia de la humanidad gobernada por Dios. En sus respuestas a Celso sobre estas materias, Orígenes acusa la influencia de Platón, para quien el objetivo del Estado no es el aumento de su propio poder, sino la expansión de la cultura y de la civilización.

Por esta razón, Orígenes rehúsa buscar el favor de las autoridades civiles:

Celso observa: "¿Qué mal hay en procurarse el favor de los gobernantes de la tierra, entre otros, de los príncipes y reyes humanos? Ellos, en efecto, obtuvieron su dignidad a través de los dioses" (8,63).

Sólo existe Uno cuya gracia debemos granjearnos y cuya clemencia debemos implorar - el Dios que está por encima de todos, cuyo favor se alcanza practicando la piedad y las demás virtudes -. Y si Celso quiere que busquemos el favor de otros después de haber conseguido el del Dios que está por encima de todos, que piense que, así como la sombra sigue en sus movimientos al cuerpo que la proyecta, de una manera semejante, cuando tenemos el favor de Dios, tenemos también asegurada la buena voluntad de todos los ángeles, almas y espíritus que gozan de la amistad de Dios (8,64).

Debemos despreciar el favor de los reyes y de los hombres, si es que no podemos conseguirlo más que por medio de homicidios, libertinaje o actos de crueldad, o si exige de nosotros actos de impiedad para con Dios, o de servilismo y adulación: tales cosas son indignas de hombres valerosos y magnánimos, que a las demás virtudes quieren juntar la más grande de todas, la firmeza. Sin embargo, cuando no nos obliga a hacer algo que sea contrario a la ley y a la palabra de Dios, no somos tan locos como para excitar contra nosotros la ira del rey y del príncipe, atrayendo sobre nosotros injurias, torturas o hasta la misma muerte. Hemos leído: "Todos habéis de estar sometidos a las autoridades superiores, que no hay autoridad sino por Dios, y las que hay, por Dios han sido ordenadas, de suerte que quien resiste a la autoridad resiste a la disposición de Dios (Rom. 13,1-2)" (8,65).

El tratado Contra Celso es una fuente importante para la historia de la religión. Vemos en él, como en un espejo, la lucha entre el paganismo y el cristianismo. Aumenta el valor de esta apología, la más grande apología de la Iglesia primitiva, el hecho de tener en ella frente a frente a dos hombres de gran cultura, que representan a los dos mundos. La obra se granjeó la admiración de los sabios de los primeros tiempos cristianos. Eusebio, por ejemplo, opinaba que en ella estaban va respondidas de antemano todas las herejías de los siglos venideros; tan contundente le parecía la refutación de Orígenes (Adv. Hierocl. 1). Hay en esto, sin duda, una exageración; con todo, esta obra de Orígenes queda como un monumento de su erudición.

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