conoZe.com » Historia de la Iglesia » Historia de la Iglesia » Las Iglesias Orientales » §124.- Caracteres y Valores Peculiares de la Ortodoxia

II.- La Iglesia

1. La Iglesia es «el todo del cristianismo» (Florowsky), la presencia del misterio divino. Es misterio sin más. La salvación sólo se transmite al hombre en la Iglesia. En ella tiene lugar esa mediación comunitaria mediante la cual es redimido el individuo.

Por ser la Iglesia un misterio, también su jerarquía es misterio, y esto ante todo (Seraphim). La Iglesia se hace realidad en la jerarquía episcopal. No hay Iglesia ortodoxa sin el obispo consagrado[23] dentro de la sucesión apostólica, como portador de la tradición y, sobre todo, con la misión de celebrar la liturgia.

El «poder» del obispo es, pues, un poder sacerdotal sacramental; un poder que no debe injerirse en lo político. En el pensamiento de la Iglesia oriental no cabe una Iglesia en el sentido de la potestas occidental, una Iglesia poseedora de las «dos espadas». El obispo es el pastor.

Dentro de esta esfera el obispo debe prestar atención a la ley de Dios y especialmente frente al soberano, también representante de Dios, si llega a transgredir la ley santa[24].

2. La Iglesia, en cuanto cuerpo místico de Cristo, constituye una unidad. Por eso todos los sacramentos producen una gracia unificadora (Florowsky). La Iglesia es también una unidad en cuanto que el obispo- sacerdote forma una sola cosa con la comunidad, carga con sus pecados solidariamente, se confiesa y recibe juntamente con ella la nueva vida.

Una forma esencial de la unidad de la Iglesia es su catolicidad (y también la sobórnost; cf. § 124, I, 3), «la unidad de muchos, la plenitud de la comunión de todos los creyentes, la unidad del cuerpo de Cristo en muchos cristianos». La catolicidad es la unidad ecuménica y pneumática de la Iglesia a través del espacio y del tiempo, el «Dios todo en todos», tal como le ha sido transmitido.

La Iglesia es invisible y a la vez visible. En su forma visible, la Iglesia, a pesar de la existencia de la jerarquía episcopal, está informada por un principio democrático. Dentro de la nueva creación, que es la misma para todos, los miembros de la Iglesia son todos iguales. Los seglares, en su calidad de redimidos, están unidos por vía sacramental y orgánica con el episcopado, que es el que da forma y define, hasta tal punto que, por ejemplo, en opinión de numerosos teólogos, los obispos que consagran a un nuevo colega lo consagran como representantes de toda la Iglesia, incluidos los seglares.

La unidad de la Iglesia, como organismo divino y humano que es, sobrevive tras la muerte; es decir, se da una unidad entre la Iglesia terrena y la celeste, ya que el cuerpo místico de Cristo también está en el cielo (Seraphim).

3. La base sobre la que en la Iglesia se decide sobre la doctrina «justa» (= ortodoxa) y sobre la legitimidad del ser eclesial, es la apostolicidad. En la sucesión apostólica se legitima la autoridad eclesiástica. La Iglesia, junto con su tradición, en cuanto realidad del cuerpo místico del Señor, garantizada a partir de los apóstoles mediante la sucesión episcopal, es la realidad primaria. Lo primero es, pues, la Iglesia con su tradición, no la Escritura.

La fuente de la Iglesia es, pues, en primer lugar, ella misma, es decir, su tradición, de la que forma parte la Sagrada Escritura.

La Iglesia es infalible por ser el cuerpo de Cristo. Como quiera que la infalibilidad es obra suya, obra que todo lo abarca y lo unifica, según la concepción ortodoxa apenas puede una sola persona ser el portador de dicha infalibilidad o, al menos, no puede serlo sin la participación de la comunidad de cuantos forman parte de la misma vocación.

La Iglesia no tiene más que una cabeza: Cristo. A ningún otro debe aplicarse esta expresión. En su calidad de cabeza, Cristo reúne la Iglesia terrena y la celeste.

4. La doctrina fundamental que divide a los cristianos orientales separados de la Iglesia católica romana sigue siendo la doctrina del primado. Es verdad que se acepta el lugar único de Pedro como pastor del rebaño. Pero el primado de la Iglesia romana no puede ser más que un primado «en la caridad», es decir, un primado de carácter carismático, eucarístico.

No es difícil advertir que en esta teoría no se hace suficiente justicia a Roma, sede primacial de la caridad. En toda la Iglesia primitiva se reconocía, como una realidad auténtica, el primado de honor de la Iglesia romana[25]. En el curso de los concilios se ve con claridad cómo se va debilitando este reconocimiento y cómo se va imponiendo Constantinopla por motivos que, en buena medida, son de carácter acusadamente político.

5. Hasta ahora hemos acentuado tanto el aspecto místico y pneumático como corazón de la eclesiología ortodoxa, que estamos en disposición de pasar a la otra vertiente del problema sin correr el riesgo de caer en parcialidad. Es la siguiente: según la concepción ortodoxa, la autoridad de la Iglesia y, por tanto, la del obispo comprende también determinados elementos jurídicos.

El establecimiento de la Iglesia en Constantinopla y luego en Kiev y Moscú muestra la influencia que han tenido estos elementos jurídicos en la orientación de las Iglesias ortodoxas. Es verdad que en estos casos se trataba de fenómenos de la iglesia estatal, pero precisamente ese sistema de iglesia de Estado fue reconocido ampliamente por Constantinopla, Rusia y las Iglesias eslavas de los Balcanes. Y ¡con qué entusiasmo! La mera concepción sacral de la personalidad del emperador y de los zares vinculó a la Iglesia en este aspecto con unos vínculos auténticamente jurídicos. La concepción de una realidad eclesiástico-estatal, en cuyo centro, a pesar de la symphonia proclamada teóricamente entre emperador y patriarca, no estaba un sacerdote, sino el emperador, elegido por Dios, como un segundo Moisés o David[26] fue aceptada a partir de Constantinopla por la Iglesia aún no dividida.

Pero, además, se fue formando un derecho canónico propio. Como quiera que la Iglesia oriental confiesa conscientemente su carácter visible, tendríamos un craso desconocimiento de su ser y falsearíamos exageradamente su aspecto místico-pneumático si la despojáramos del concepto jurídico de Iglesia.

A partir de la caída de los zares, en 1917, la teología rusa busca con razón una nueva explicación de las relaciones entre Iglesia y Estado, es decir, una interpretación teológica en virtud de la cual los cristianos ortodoxos puedan encontrar una relación honorable con el nuevo Estado soviético.

Notas

[23] Sólo en los intentos más recientes llevados a cabo por sectores radicales de los Balcanes bajo dominio comunista ha surgido una «doctrina» que pretende configurar la dirección de la Iglesia sin consagración episcopal, alegando que esta consagración no es una exigencia de la apostolicidad. Tales intentos han sido rechazados.

[24] Tres arzobispos moscovitas pagaron con la propia vida sus reprensiones al soberano. La Iglesia los ha canonizado.

[25] Recientemente el patriarca Atenágoras de Constantinopla ha reconocido expresamente el primado de honor de Roma, aunque alegando únicamente la razón de que Roma «fue la primera capital».

[26] Sobre el punto culminante de esta evolución (Josef de Wolokalamsk y Nikon), cf. § 122, II, 5.

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