conoZe.com » Historia de la Iglesia » Historia de la Iglesia » III.- Edad Moderna: La Iglesia frente a la Cultura Autónoma » Segunda época.- Hostilidad a la Revelacion de la Ilustracion al Mundo Actual » Período segundo.- El Siglo XIX: la Iglesia Centralizada en Lucha con la Cultura Moderna » Capitulo primero.- Reorganizacion y Reconstruccion

§111.- El Congreso de VIena y la Reorganizacion de la Iglesia en Europa

1. El Congreso de Viena (1814-1815) tuvo fundamental importancia para la reorganización política europea después de la caída de Napoleón. Desde el punto de vista de los intereses de la Iglesia hemos de destacar tres factores: a) la oposición a las conquistas políticas de la Revolución francesa, de la secularización y de las guerras napoleónicas; b) el estatalismo eclesiástico[2]; c) el prestigio personal de Pío VII y su cualidad de soberano secular. Los dos primeros factores actuaban en la misma dirección. El interés de la Iglesia únicamente se tuvo en cuenta en la medida en que la religión o, más concretamente, la Iglesia católica pareció necesaria e imprescindible como apoyo del orden político. Dicho con otras palabras: el Congreso de Viena tan sólo quería una restauración política. Partiendo de esta idea de restauración se devolvieron al papa los Estados de la Iglesia, con ligeras modificaciones fronterizas. No se dijo, sin embargo, ni una sola palabra sobre la devolución de los bienes confiscados a la Iglesia ni de los señoríos secularizados. Era una actitud similar a la de Napoleón, pero sin el imperialismo desenfrenado de éste; la «Santa Alianza» apenas fue otra cosa que un arabesco bien intencionado al servicio de la Restauración.

2. Esta situación llegó a ser de importancia fundamental para la historia de la Iglesia durante los siglos XIX y XX y por ello conviene mantenerla en el recuerdo. Se trata de una situación que descansa esencialmente en la idea generalmente aceptada y cada vez más activa del Estado nacional y muy pronto nacionalista. El poder político autónomo de la Iglesia quedó aniquilado, no pasajera sino definitivamente, por la revolución y la secularización. Era normal que surgiese la idea de negarle también su actuación sobre la opinión pública. En el Congreso de Viena, inmediatamente después del tremendo peligro al que habían escapado Europa y sus príncipes, todas las fuerzas que simpatizaban con el pasado se encontraban de antemano en la posición más favorable. El hecho de que por parte de la Iglesia se consiguiese tan poco hay que atribuirlo a la declaración de la legitimidad de la secularización.

Quiere decir esto que, en su oposición a la Iglesia, los Estados siguen dominados -lo mismo que desde el comienzo de la gran lucha contra el papado- por la idea de la iglesia estatal, y de esta raíz brota también la actitud que la Iglesia adopta durante el siglo XIX frente al Estado. Será una época de intromisiones del Estado en la Iglesia, a las que tendrán que oponerse cada una de las iglesias mediante la resistencia pasiva, y desde Roma, condenando las correspondientes doctrinas erróneas, que, por su parte, contribuirán a despertar la conciencia eclesiástica en cada uno de los pueblos, especialmente en Alemania. La misma tensión, sólo que con distinto ropaje, se manifestó también en la situación especial de los Estados de la Iglesia.

3. Tanto los esfuerzos hechos por el Secretario de Estado, cardenal Consalvi († 1824), para llegar a un concordato general con toda Alemania, como los hechos por el ex canciller Dalberg (representado por la importante figura del vicario general de Constanza, Ignacio Enrique, barón de Wessenberg, 1774-1860) para implantar una especie de iglesia nacional alemana, fracasaron. Las tendencias egoístas de los diversos príncipes, que de nuevo empezaban a moverse con energía, sólo permitieron un arreglo particular con cada uno de ellos. Tras años de negociaciones, durante los cuales la sombría situación de los católicos alemanes se fue haciendo cada vez más insoportable[3] se firmaron por fin una serie de concordatos aislados o de tratados de tipo concordatario: Concordato con Baviera en 1817 (al que se añadió en 1918 un edicto restrictivo sobre la religión); las bulas Provida solersque de 1821 y Ad dominici gregis de 1827 para la provincia eclesiástica del alto Rin (Würtemberg, Baden y los tres Länder de Hesse; puede añadirse la «provincia eclesiástica», exclusivamente estatal, a propósito de la cual surgió la disputa con la curia, que duró hasta pasado 1830); la bula De salute animarum para Prusia (1821) y la destinada a Hannover en 1824.

Prescindiendo de las disposiciones particulares, tienen significación fundamental en estos concordatos los puntos siguientes:

a) La Iglesia de cada uno de esos países comienza nuevamente a vivir de una manera organizada.

b) En virtud de los concordatos, que son tratados pertenecientes a la esfera del derecho internacional, los Estados modernos posteriores a la Revolución francesa reconocen al papado como poder soberano. Este reconocimiento penetró hondamente en la conciencia de los pueblos europeos por el gran número de acuerdos de derecho público que se firmaron, lo que tuvo gran importancia para el futuro. La Iglesia, reconocida ahora como soberana, no era la Iglesia políticamente fuerte del pasado, sino un poder casi puramente espiritual. Estos tratados tuvieron una importancia inestimable para la aclaración de este concepto y para su reconocimiento progresivo, aunque lento, en la política activa, especialmente dentro del poderoso sentimiento nacional y nacionalista que perdurará a lo largo de todo el siglo XIX.

c) Todo ello tiene especial relieve si tenemos en cuenta que el comportamiento de los partidos opuestos está totalmente dominado, como ya hemos dicho, por la idea de la iglesia estatal. Es necesario subrayar aquí que, en los Estados católicos -Baviera y Austria-, este espíritu se manifestó de una forma mucho más virulenta que, por ejemplo, en Prusia.

d) En ningún Estado surgen intentos de influir sobre el juego de fuerzas internas de la Iglesia, es decir, de favorecer desde el poder las tendencias episcopalistas, siguiendo, por ejemplo, las ideas de Dalberg y Wessenberg. Esto tuvo gran importancia para la tranquila configuración de un fuerte centralismo papal. Las ideas josefinistas y febronianistas, vivas en Baviera y en Austria, no constituyeron a la larga un obstáculo importante en este aspecto.

Hemos dicho ya, por otra parte, que el episcopalismo que por entonces se defendía no significaba una mentalidad contraria al sentir de la Iglesia o del papa, ni mucho menos herética. La concepción mantenida por De Maistre quedó aislada. En las facultades de teología católica de Alemania, al menos hasta 1830, el episcopalismo fue la teoría dominante. La defendía el propio Möhler (§ 113), defensor a ultranza de la unidad católica. Constituía una excepción el seminario de Maguncia, en cuyas cátedras había colocado el obispo Colmar a profesores ex jesuitas, que impartían una enseñanza de tipo curialista.

Por lo demás, los resultados de tipo eclesiástico y religioso obtenidos por estos obispos, que se consideraban eclesiásticamente independientes, a pesar de las dificultades impuestas por las iglesias estatales, fueron valiosos. El juicio negativo unilateral que antes privaba es ahora insostenible tras las investigaciones de Sebastián Merkle y Enrique Schrör. La situación de la Iglesia en lo teológico y en lo constitucional es distinta a la anterior y posterior al Vaticano I (§ 114). Por otra parte, ese mismo concilio proclamó el poder inmediato de jurisdicción de los obispos en sus diócesis.

Notas

[2] Seguían influyendo las ideas de la Ilustración: el josefinismo y el febronianismo en Austria y Baviera; la idea del Estado de Fichte († 1814) y Hegel († 1831) sobre todo en Prusia.

[3] Durante el Congreso de Viena había en Alemania sólo cinco obispos, algunos de edad avanzada; en 1817 no quedaban más que tres.

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