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II.- La Nueva Piedad

1. El tiempo en el cual los pueblos romano-germánicos habían aceptado, por decirlo así, pasivamente el cristianismo, había pasado. Los pueblos occidentales habían comenzado a penetrar cada cual a su modo en el espíritu de cristianismo. Desde finales del siglo XI y principios del XII la cristiandad experimentó una vigorosa reavivación interior, espiritual. Resurgimiento que no sólo fue consecuencia, sino a la vez continuación y definitiva profundización de la reforma gregoriana, y abarcó, podríamos decir, todos los estamentos y clases de la Iglesia.

Sumamente interesantes son los motivos de fondo de este movimiento, los cuales, sin dejar de estar bien arraigados en la tradición, presentan claramente nuevos acentos. Por su diferente interpretación dentro de los distintos grupos rivales, por sus múltiples interferencias y, ante todo, por su eco en los movimientos heréticos de la época, su significación fue total, pues dentro de ella no solamente se advertía una gran riqueza espiritual, sino también los peligros inmanentes. Así, por ejemplo, el antiguo ideal de la vita apostolica se presentó con toda una serie de nuevos aspectos, acabando por convertirse en el ideal del seguimiento íntegro de Cristo en una vida vivida según el evangelio. El seguimiento del «Cristo pobre» radicalizó el ideal de pobreza; el servicio al prójimo se extendió, gracias a la «predicación itinerante» (es significativo que a ella se sentían llamados tanto los religiosos como los seglares), a una especie de apostolado carismático.

Al lado de esto (y muchas veces ligado con el ideal de vida apostólica) germinó el anhelo por la vida eremítica (ermitaños); aquí late con especial intensidad el motivo de la renuncia al mundo, como reacción a la demasiado victoriosa clericalización y a la harto superficial cristianización del mundo; hasta al mismo «convento» protector se le consideraba como «mundo».

En todas partes nos encontramos con ciertas actitudes fundamentales comunes; desde el punto de vista histórico fue especialmente eficaz el motivo de tomar en serio, al pie de la letra, el evangelio y la regla conventual.

2. El resultado de este resurgimiento y transformación interior sorprende por su plenitud creadora, pero también por su confusión, cargada de tensiones, en la fase inicial. Seglares, clérigos y monjes abandonaron el «mundo» para vivir en la «soledad» su nuevo ideal. Aquí radicaron las diversas iniciativas que tras múltiples intentos condujeron a la renovación del monacato, tanto cenobítico como eremítico, y a la unión monástica de los canónigos.

3. El mundo seglar tomó parte muy activa en la génesis de la reforma. Como forma especial de su actividad piadosa hay que mencionar el vasto capítulo de la veneración de los santos, en particular la veneración de María[43]. Naturalmente, la organización eclesiástica de esta piedad sufrió luego un marcado influjo de parte del clero y la jerarquía.

Esto vale especialmente para los conventos de hermanos legos, los «conversos», que ya existían en tiempos de Romualdo († 1027). Esta institución ya la encontramos desarrollada en el Gran Priorato cluniacense y luego en Hirsau y entre los cistercienses. Por todas partes aparecieron hermanos legos en masa; pero desde un principio estuvieron a la sombra de los monjes, siendo sus servidores (servi servorum Dei). Mas el hecho de que esta idea de servicio (según Mt 20,28 y 1 Cor 12,15) atrajera tan crecido número de «incultos» demuestra a su vez la elevada cristianización del mundo seglar.

También podemos constatar una piedad específicamente laica en parte de los predicadores ambulantes y, más tarde, en los Humillados y en las Beguinas (§ 58, 1). En el ideal de pobreza y de comunidad del movimiento penitencial de los Humillados siguieron influyendo los objetivos de la pataria (§ 48). Desgraciadamente, no se pudo más que en parte preservar la piedad popular de la herejía.

En el siglo XII aparecieron múltiples congregaciones (de laicos) con el fin de estimular religiosamente a sus miembros y servir al prójimo (Hospitalarios). Como tales fueron fundados en el año 1095, por ejemplo, los Antonitas (= Hospitalarios de san Antonio) en el Delfinado y a principios del siglo XII la Congregación de san Vito en Goslar, y allí mismo, en el año 1133, la Hermandad de san Esteban. También en los siglos XI y XII aparecieron los «Hermanos Ponteros», dedicados a la construcción y consagración de puentes. También se fundaron congregaciones parecidas en los círculos reformistas de Hirsau. Especialmente en Suabia, muchos laicos (entre ellos «innumerables mujeres») se congregaron para llevar una «vida comunitaria según la forma de la Iglesia primitiva», para vivir de la piedad («religiosamente»), dirigidos por monjes o sacerdotes, previa renuncia al matrimonio (pero también los había casados)[44].

En este tipo de fenómenos se debe colocar también el extraordinario florecimiento de los monasterios de mujeres en este tiempo. Casi todas las fundaciones de órdenes, de las que trataremos en seguida, se complementaron con florecientes órdenes filiales de mujeres[45]. También pertenece aquí el fenómeno de los «dobles monasterios».

4. En la época merovingia y carolingia se había tratado de levantar el nivel del clero, reuniéndolo en lo posible para llevar una vida en común (vita canonica; Regla de Crodegango, § 41). En ocasiones, a los clérigos se les dejó la única opción de vivir «monástica» o «canónicamente» (decreto capitular del año 802). El saeculum obscurum también había debilitado sobremanera esta vida canónica en los capítulos de las catedrales y colegiatas. Ahora la renovación de la piedad demostró su fuerza también entre ellos[46]. También ellos adoptaron el ideal monástico, la vida en común se hizo más rigurosa, llegando incluso a la entrega de la propiedad privada, hasta entonces permitida.

Como es natural, no todos los capítulos siguieron esta misma línea. Al lado de los canónigos que aceptaron una regla conventual (canonici regulares; la regla era generalmente la de «san Agustín» = canónigos de san Agustín) hubo también canónigos seculares (canonici saeculares). La agrupación de aquellas comunidades de canónigos regulares condujo luego a la formación de congregaciones u órdenes bajo la influencia de Cîteaux.

El origen de los mencionados canónigos de san Agustín ya indica esta dirección. De sus congregaciones surgieron, por ejemplo, los Victorinos (desde 1113) en París, los cuales fueron una fuente especialmente fecunda de nueva vida religiosa (la escolástica y la mística)[47]. El principal maestro de esta escuela fue Hugo de San Víctor, de la Baja Sajonia. Fue el pensador más eminente del siglo XII, gran conocedor de Platón y de Aristóteles.

5. También los premonstratenses tuvieron aquí su origen. Fueron la representación más importante de los canónigos regulares; su organización fue por completo la de una orden. La casa madre fue Prémonstré sur l'Oise, fundada en el año 1120 por Norberto de Xanten († 1134). Antes de fundar su orden, Norberto fue una buena muestra, como predicador de penitencia y como predicador itinerante, de este tipo de religiosidad, tan importante para la piedad eclesial y extraeclesial (valdenses, § 56) de la alta como de la baja Edad Media[48].

6. El origen de la Orden de los premonstratenses nos ofrece una buena visión del susodicho crecimiento, alimentado por diversas fuentes, del monacato de la época. El predicador itinerante Norberto, convertido luego en prior, no destinó en principio a sus canónigos a la predicación y la cura de almas, sino a la «vida eremítica en forma canónica», o sea, a una vida comunitaria con total renuncia a los propios bienes (estatutos de los años 1131/34). Cuando los premonstratenses señalaban su ideal, hablaban de una vida contemplativa muy ligada aún a la escondida vida comunitaria del monasterio; ahí veían la representación más perfecta de la civitas Dei.

Y, sin embargo, la «vida canónica» siguió existiendo junto al monacato y rivalizando con él como segunda forma de vida apostólica; se hacía hincapié expresamente en que este intento de «resucitar la vida de la Iglesia primitiva» no era de menos valor que el continuo cuidado de la floreciente vida monástica. En esta rivalidad con el monacato los canónigos regulares conservaron no sólo la conciencia de sus privilegios clericales, sino también la de su misión pastoral. Y en este sentido la fundación de los canónigos regulares significó, a pesar de todo, una preparación de las futuras órdenes dedicadas a la predicación y a la cura de almas.

7. Todo este esfuerzo para la renovación de la Iglesia partió de los círculos monacales. Pero lo significativo es que el movimiento en general, como ya se ha dicho varias veces, se basaba en ideales eremíticos.

Tales ideales, en efecto, pertenecen a la esencia del monacato e indefectiblemente se remueven cuando la tendencia básica del monacato (tendencia a la huida del mundo y a la escatología) amenaza con perderse.

a) Por influencia griega, ya a principios del siglo XI, se habían fundado en el sur de Italia las colonias de ermitaños de Camaldoli y Valleumbrosa; ahora, la nostalgia de la vida eremítica alcanzó a amplios círculos de la Iglesia, dominadora universal.

b) Disgustado por la conducta mundana de su arzobispo, san Bruno de Colonia († 1101) renunció, por ejemplo, al honroso cargo de escolástico catedralicio de Reims, para servir únicamente a Dios junto con seis compañeros en el solitario valle de La Chartreuse. Basándose en la regla benedictina más rigurosa, llevaron una vida que trataba de fundir el ideal anacoreta y el ideal cenobítico. De esta colonia de eremitas, llamada «Carthusia», nació la Orden de los cartujos, que alcanzó su apogeo en el siglo XIV con sus ciento sesenta y ocho monasterios de hombres y doce de mujeres. Esta orden, a pesar de su extraordinario rigorismo, se mantuvo firme en sus ideales con una duración no lograda por ninguna otra comunidad monástica, sin tener necesidad de ninguna otra reforma[49].

c) Una fundación parecida fue obra de un pequeño grupo de eremitas, quienes bajo la dirección de san Esteban de Thiers (1073) se retiraron a un desierto cerca de Limoges: los «Pobres de Cristo» (Pauperes Christi). Así adoctrinaba Esteban a sus discípulos: «Si os preguntan a qué orden pertenecéis, contestad: a la orden del evangelio, que es la base de todas las reglas...».

Este principio, que tan claramente remite a san Francisco, no pudo entonces ser llevado a la práctica totalmente. A la muerte de Esteban la comunidad se trasladó a Grandmont, donde se convirtió en una orden marcadamente contemplativa (Francia e Inglaterra). Dado que estos monjes-sacerdotes de rigurosa clausura encargaron a los legos conversos el trabajo y la parte principal de la administración, en el siglo XII llego a haber graves discusiones sobre la dirección de la orden.

d) La predicación itinerante y el amor a la soledad también fue, finalmente, el ideal del grupo que reunió a su alrededor el sacerdote Roberto de Arbrissel († 1117). En él se hace particularmente evidente la evolución de movimiento inspirado en el evangelio a orden (la Orden de Fontevrault; por la abadía madre, fundada en Angers en el 1100). Por cierto que Roberto, al principio, dedicó preferentemente su apostolado a hombres y, sobre todo, mujeres que en el transcurso de aquella lenta transformación se veían marginados, como «pobres» y «pecadores», de las distintas clases establecidas de la cristiandad. El recuerdo de sus agitados comienzos - cuando Roberto recorría el país predicando con sus penitentes, hombres y

(Inocencio X) mujeres- pervivió en ciertas características de la orden. Pues Roberto no solamente erigió conventos dobles entonces cosa corriente (entre los gilbertinos y, al principio, también entre los premonstratenses), sino que en honor de la Madre de Dios subordinó los conventos de hombres a la abadesa de Fontevrault (¿influencia de ideas irlandesas?).

8. El amante de la historia, ante tan escasos indicios, deberá siempre tratar de imaginar la cantidad de oraciones, penitencias, planes y esfuerzos de los muchos centenares e incluso millares de personas de diversos siglos que tras ellos se esconde. Muchas veces la historia es en sí misma, y especialmente para quien la mira retrospectivamente, vida oculta.

Notas

[43] El «Ave María» comenzó a difundirse en Oriente desde el siglo VI; en Occidente desde los siglos X y XI.

[44] El verdadero período del florecimiento de estas congregaciones se inició en el siglo XIII, relacionado, en parte por lo menos, con el desarrollo de las corporaciones.

[45] Como causa étnico-social tenemos el número excesivo de mujeres a consecuencia de las cruzadas.

[46] Los sínodos romanos de 1059 y 1063 se ocuparon también de la reforma del clero

[47] Otras peregrinaciones: los canónigos regulares lateranenses en Roma; los canónigos regulares del Santo Sepulcro, fundados en 1114 en Jerusalén; los gilbertinos, fundados en 1140 por Gilberto de Sempringham (limitados a Inglaterra); las diversas congregaciones de cruzados (Flandes-Bohemia). También se formaron congregaciones de benedictinos reformados alrededor de la abadía de Tiron (cerca de Chartres), fundada en 1109, y en el monasterio de Savigny, fundado en 1112; la comunidad, que floreció muy rápidamente, se adhirió a los cistercienses en 1147.

[48] Los monjes de Hirsau, con escándalo de los contemporáneos, ya se habían dedicado a la predicación ambulante. Los papas Urbano II y Pascual II habían dado su autorización a algunos individualmente.

[49] Carthusia nunquam reformata quia nunquam deformata (Inocencio X)

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