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Enrique Monasterio
Los guarrománticos
Según Kloster, el Romanticismo ha sido el peor virus político, artístico y literario de nuestra historia reciente. Empezó a reblandecer las meninges de Europa a comienzos del XIX, y desde entonces el mundo no ha levantado cabeza. -Nos hemos vuelto gemebundos y moqueantes, amigo mío -me explicaba con su peculiar facundia-. Los suspiros han acabado con los héroes. Malos tiempos para la épica.
Le respondí que, sin romanticismo, nos habríamos perdido a Rousseau, a Goethe, a Brahms, a Bécquer..., pero él apostilló que también habríamos perdido a Bisbal, a Bustamante, la new age y Pasión de Gavilanes. -Y lo malo -concluyó- es que lo peor está aún por venir. Es cierto: los grandes temas del romanticismo clásico -la pasión libertaria, el gusto por lo esotérico, el culto a la naturaleza y, sobre todo, la hipertrofia de los sentimientos- han alcanzado tal crédito social y cultural que nadie cuestiona su primacía sobre cualquier otro valor.
- ¡Mamá, has herido mis sentimien tos...! - clamaba enfurecida Vanesita Ramírez, empleando una expresión oída en un telefilme que le había gustado mogollón-.
Y la sicóloga Cuquita R. Williams, aconsejaba a una atribulada estudiante de bachillerato:
-Si sientes algo especial, no temas; libérate de tabúes, corre al encuentro de "él", y entrégate sin tasa.
El lenguaje de Cuquita es mohoso, pero su doctrina está al día: "sentir algo especial" es suficiente para legitimar cualquier comportamiento.
Hubo un tiempo en que a los niños nos decían cosas terribles como esa de que "los hombres no lloran". Hoy, por el contrario, llorar es obligatorio. Hay que gimotear, dar rienda suelta a los lagrimales sin miedo a asperger a los vecinos. En el triunfo y en el fracaso, cuando ganamos Operación Triunfo y cuando fallamos un penalti, cuando declaramos nuestro amor y nos lo declaran, nada mola más que una lacrima sul viso.
- ¡Es tan mono! -decía Jessica a su hermana-. Cuando me pidió salir, lloraba como un niño...
-Y tú, ¿hacías pucheros? -¡Ay,sí...!
Un día llegó lo inevitable: el romanticismo y el hedonismo se encontraron; comprendieron que habían nacido el uno para el otro y se unieron en solemne concubinato. Al fin y al cabo, entre la exaltación de los sentimientos y la glorificación del placer casi no hay distancia. El hedonismo aportó al romanticismo el aspecto práctico: convirtió el amor en una cuestión química de intercambio de fluidos, desechando su dimensión espiritual. El romanticismo, por su parte, envolvió en un celofán de suspiros las toscas exigencias hedonistas, y renunció a hablar de amor eterno, de fidelidad y de otras obscenidades semejantes. En nombre de los sentimientos -que todo lo justifican- convirtió las urgencias sexuales en actos virtuosos, en lírica pura. Y nacieron los guarrománticos.
Los guarrománticos están por todas partes: hay culebrones guarrománticos, música guarromántica, literatura y hasta poesía guarromántica. Y telefilms, videojuegos, comics... Pero hay, sobre todo, demasiadas víctimas del virus. Pienso en los más jóvenes: miles de chicos y chicas corrompidos, que no se merecían estar así.
Después de charlar con uno pensé escribir estas líneas. Y escribiré algunas más sobre los viejos guarrománticos y sobre los cobardes que no hemos sabido detener la epidemia. Hablaremos también de la vacuna.
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