conoZe.com » Leyendas Negras » Pío XII y el Nazismo » Los judíos, Pío XII y la Leyenda Negra: Historia de los Hebreos salvados del Holocausto » Capítulo tercero.- Una red de asistencia judeocristiana

Las leyes raciales y la Delasem

El 15 de julio de 1938, todas las primeras páginas de los periódicos italianos presentaron el «Manifiesto de la raza». Era la nefasta señal de que también Italia adoptaba la criminal política del racismo nazi. Sustentada por absurdas y locas teorías seudocientíficas, la intolerancia racial fue para los judíos el comienzo de la persecución que les habría de conducir al exterminio.

En un clima de propaganda antisemita, se pusieron en marcha las leyes raciales. Por esta legislación, los judíos debían desaparecer: no podían trabajar en bancos o en la administración pública, no podían enseñar y sus hijos no podían estudiar en las escuelas públicas. Se les prohibió ejercer toda actividad profesional: notario, periodista, médico, farmacéutico, veterinario, abogado, contable, ingeniero, arquitecto, químico, agrónomo y matemático. Podían ejercer su profesión sólo entre judíos. Además, el 22 de diciembre de 1938, las autoridades militares decidieron, por iniciativa propia, licenciar a todos los oficiales judíos en servicio. No se les permitía ninguna actividad económica. Las leyes raciales prohibían a los judíos ser titulares de actividades en los siguientes sectores: agencias financieras, despachos, comercio de joyas, ejercicio de la fotografía, de la imprenta, vender objetos antiguos y de arte, comercio de libros, venta de objetos usados, venta de artículos para niños, venta de loterías, actividades comerciales relacionadas con la óptica, venta o producción de alcoholes, recogida de metales para desguace, recogida de desechos, recogida y venta de papel, escuelas de baile, escuelas de corte y confección, ejercicio y rodaje de películas, agencias de viaje y turismo. A los judíos se les prohibió ser administradores o porteros en casas habitadas por «arios», no podían tener permisos de pesca ni de conducir. Sus nombres fueron borrados de las listas de teléfonos. Los nombres judíos de las calles se sustituyeron, se quitaron las placas conmemorativas donde había nombres judíos, se les prohibió acceder a las bibliotecas públicas, formar parte de asociaciones culturales o deportivas, criar palomas mensajeras, hacer de guías o intérpretes,[4] prácticamente no podían desarrollar ninguna actividad.

En el curso de unas pocas semanas, millares de judíos perdieron su trabajo. La comunidad científica quedó devastada por las leyes raciales. Rita Levi Montalcini[5] tuvo que dejar su trabajo en un instituto de investigación, y Enrico Fermi[6] se vio obligado a emigrar porque su mujer era judía.

Entre los físicos que tuvieron que abandonar la universidad estaban: Sergio de Benedetti, Ugo Fano, Eugenio Fubini, Leo Pincherle, Giulio Racah, Bruno Rossi, Emilio Segrè. La emigración a Estados Unidos de Fermi, Segrè y Rossi marcó la disolución definitiva de la famosa «escuela de la Via Panisperna», y el traslado de los estudios de física teórica, física nuclear y física de partículas al extranjero.[7]

Lo mismo ocurrió con la escuela de matemáticas, también considerada como una de las más brillantes de Occidente. En 1938 fueron expulsados de la universidad matemáticos como Guido Ascoli, Alberto Maria Bedarida, Azeglio e Giulio Bemporad, Guido Castelnuovo, Federico

Enriques, Gino Fano, Guido Fubini, Beppo Levi, Tullio Levi-Civita, Gino Loria, Beniamino Segre, Alessandro Terracini, Giulio Vivanti, Vito Volterra.

Volteira estaba considerado como uno de los más ilustres matemáticos del mundo. Federico Enriques y Guido Castelnuovo habían sido los fundadores de la «escuela italiana de geometría algebraica». Tullio Levi-Civita era el más prestigioso matemático italiano de entonces; el mismo Einstein reconoció que su contribución a la estructura matemática de la teoría de la relatividad había sido de una importancia crucial.[8]

Pero los judíos no se dejaron hundir por el desaliento. Para responder al golpe de las leyes raciales que entraron en vigor el 17 de noviembre de 1939 y, sobre todo, para buscar ayuda a los cerca de diez mil judíos extranjeros refugiados en Italia, se creó la Delegación de Asistencia a Emigrantes Judíos, mejor conocida como Delasem.

Dante Almansi, presidente de la Unión de las Comunidades Judías Italianas, que antes de la entrada en vigor de las leyes raciales había formado parte del Partido Fascista y había sido subjefe de la policía, logró obtener del gobierno, en 1939, el permiso para la fundación y la puesta en marcha de la Delasem.[9]

Hasta el 8 de septiembre, la Delasem desempeñó una intensa actividad de socorro, después de lo cual pasó a la clandestinidad. Fue en ese momento cuando la Iglesia sustituyó a los dirigentes judíos, expandiendo la labor de socorro entre crecientes peligros y dificultades.

Notas

[4] Cfr. Michele Sarfatti, «Il volume 1938, Le leggi contro gli ebrei e alcune considerazioni sulla normativa persecutoria», en La legislazione antiebraica in Italia ein Europa, Actas del Convenio en el cincuentenario de las leyes raciales (Roma, 17-18 de octubre de 1988), publicado por la Cámara de los Diputados, Servicio de Información Parlamentaria y relaciones externas, Roma, 1989, p. 50.

[5] Premio Nobel de Medicina en 1987.

[6] Premio Nobel de Física en 1938.

[7] Giorgio Israel, «Política della razza e persecuzione antiebraica nella comunità scientifica italiana», en La legislazione antiebraica in Italia e in Europa, Actas del Convenio en el cincuentenario de las leyes raciales (Roma, 17-18 de octubre de 1988), publicado por la Cámara de los Diputados, Servicio de Información Parlamentario y relaciones externas, Roma, 1989, p. 124.

[8] Ibidem, nota 6, pp. 155-156. En una carta a Levi-Civita, Einstein escribió: «Cuando he visto que usted atacaba la demostración más importante de mi teoría, que me ha costado ríos de sudor, me ha dado un poco de miedo, tanto más cuanto que usted conoce estos argumentos matemáticos mucho mejor que yo», carta del 5 de marzo de 1915, conservada en el archivo del profesor P. V. Ceccherini, Roma.

[9] Susan Zuccotti, Olocausto in Italia, Arnoldo Mondadori Editore, Milán, 1988, p. 88.

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