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Blandengues, mediocres, nulos y villanos

Está de moda deplorar el bajo nivel de la política americana señalando las ineptitudes de los diversos candidatos presidenciales, republicanos y demócratas. Es verdad que son un grupo lamentable.

Nunca tuve en mucho a George Bush y su actuación relativamente buena fue una agradable sorpresa. Durante la Guerra del Golfo hasta tuvo aires, durante un par de días, de gran estadista, aunque creo que debemos recordar que fue Margaret Thatcher quien lo convenció de adoptar una posición dura ante la invasión de Kuwait en agosto de 1990; todo derivó de esa decisión inicial.

Ha sido un presidente afortunado, en el sentido de que los acontecimientos, sobre todo el derrumbamiento de la URSS, le han sido favorables, pero rara vez estuvo a cargo de ellos. Frente a los problemas internos es vacilante, carece de imaginación y convicciones. Cuenta con tan poca lealtad entre los republicanos que un hombre como Pat Buchanan, que no tiene más ideas que el proteccionismo, logró dividir a los simpatizantes de Bush.

En cuanto a los demócratas, es tremendo que tengan que elegir entre Bill Clinton y Paul Tsongas, con la aún más inquietante posibilidad de que el siniestro y opaco Mario Cuomo, un presunto católico que ha claudicado en todos los temas, pudiera arrebatar la nominación mediante una entrada tardía. Supongo que Bush puede derrotar a cualquiera de ellos, pero la posibilidad de que la única superpotencia del mundo esté bajo su remiso control durante los próximos cuatro años es un leve consuelo.

Sin embargo, se debe reconocer que las circunstancias conspiran para que el mejor hombre nunca llegue a la Casa Blanca. Hubo largos períodos de la historia estadounidense en que el país fue gobernado, o desgobernado, por mediocres y nulos.

Este dato está disimulado por el indudable hecho de que la nueva república empezó muy bien. George Washington era un hombre grande y sabio, un ejemplo eminente para todos los tiempos y lugares de cómo se debía guiar una ex colonia independiente. Luego hubo una distinguida sucesión procedente de Massachusetts y Virginia: John Adams. Thomas Jefferson, James Madison, James Munroe, John Quincy Adams, hombres cultos y civilizados de principios indeclinables, aunque a veces con defectos personales. Tenían además la ventaja, en un Estado joven, de salir de la clase gobernante y poseer un claro sentido de la obligación pública. El primer advenedizo, el general Jackson, quien llegó a la Casa Blanca en 1829, era un dirigente nato que actuó como un presidente de voluntad férrea, aunque con algunas ideas confusas.

Después todo anduvo cuesta abajo hasta la Guerra Civil. El sucesor de Jackson, Martin Van Burén, era un elegante politicastro neoyorquino conocido como el Pequeño Mago, que podía mover las cosas a su antojo en su Estado, pero que nunca dominó la política nacional, y hundió el país en una profunda recesión. Los dos hombres más sobresalientes de la época, Henry Clay y Daniel Webster, no llegaron a la Casa Blanca. En 1840 los jefes del partido le dijeron a Clay que no tenía popularidad suficiente para obtener la nominación whig. En cambio, escogieron a un soldado de éxito, William Harrison (los presidentes americanos son casi siempre abogados o generales), que agravó su ineptitud falleciendo a las pocas semanas de ocupar su puesto, con lo cual permitió el ascenso de un segundón llamado John Tyler. El siguiente, James Polk, no fue mejor. Luego vino otro general mediocre, Zachary Taylor, que también falleció durante su gestión, permitiendo el ascenso del ridículo Millard Fillmore. Los dos presidentes previos a la Guerra de Secesión, Franklin Pierce y James Buchanan, no hicieron nada por impedirla.

Siguió la notable presidencia de Abraham Lincoln, y cuanto más uno estudia lo que hizo y dijo ese hombre notable, más admira su inteligencia, valor e ingenio. Pero fue un episodio brillante en una procesión deplorable. Andrew Johnson, que sucedió a Lincoln cuando lo asesinaron, era tan torpe que arruinó la herencia del gran hombre y casi logró que lo sometieran a juicio político. Ulysses Grant era un buen general con poco criterio político, y permitió que la Casa Blanca se llenara de malandrines.

La calidad de los presidentes desde la Guerra Civil hasta los primeros años del siglo veinte era tan baja que, entre Lincoln y Theodore Roosevelt, el mejor fue Grover Cleveland, y eso no es decir mucho.

En el siglo veinte, el sistema presidencial estadounidense ha dado mejores ejemplares. La historia de legislación y liderazgo nacional de Woodrow Wilson fue óptima hasta que se debilitó su salud. Harry Traman, Dwight Eisenhower y Ronald Reagan fueron buenos dirigentes, juiciosos y resueltos. Debo añadir a Calvin Coolidge, un favorito mío, y supongo que algunos aún incluirían a Franklin Roosevelt y J. F. Kennedy. También se puede argumentar que Lyndon Johnson y Richard Nixon, ambos derrocados por acontecimientos de los que perdieron el control, eran hombres de gran habilidad con enormes logros a su favor, y pocos hombres en la historia de ese país han comprendido mejor su sistema o lo han usado tan bien.

Sin embargo, sospecho que los tortuosos procedimientos por los cuales los americanos de hoy eligen a su líder, y el sinuoso juego que cada cual debe soportar, está orientando el resultado hacia la mediocridad o algo peor. Bush empieza a parecer estar más en la tradición de Taft o Harding, Hoover o Cárter; a decir verdad, empieza a hablar como Hoover. Sus rivales demócratas de los años recientes han sido tan malos que evocan a Polk y Fillmore.

Lo cierto es que los americanos esperan demasiado de sus presidentes: integridad absoluta, en un sistema político donde la recaudación personal de fondos multimillonarios es esencial; castidad monacal, en una época permisiva; una anodina corrección política que sólo se puede mantener anulando las opiniones y caprichos que vuelven interesante a un político; más aún, la voluntad de someterse a feroces interrogatorios sobre estos y otros temas frente a los grandes inquisidores de los medios de comunicación. Muchos hombres decentes, enérgicos y capaces, por fuerte que sea su sentido del servicio público, se niegan a aceptar estas condiciones, y con razón. Los siete primeros presidentes las habrían encontrado inaceptables. Una democracia de los medios como la estadounidense, donde el público exige el derecho de saberlo todo, ilustra el principio de que lo mejor es enemigo de lo bueno. Es imposible tener presidentes perfectos, y de este modo ni siquiera se consiguen buenos.

Un clamor de opinión de las bases aún puede impulsar a un candidato imprevisto como Reagan, a quien la opinión inteligente de Georgetown consideraba "imposible" aun en la primavera de 1980, pero el producto más probable será un hombre inadecuado como Bush. O, posiblemente, un bribón aceptable.

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