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Bailando al borde del abismo

La mayoría supone que estamos saliendo lentamente de la recesión, pues eso dicen los medios. Pero un poderoso grupo de expertos cree que el mundo está a punto de zambullirse aún más en ella. Dos de los hombres más ricos que conozco, Jimmy Goldsmith y George Soros, han estado comprando oro. También he sabido que las damas indias están acumulando gruesas ajorcas y brazaletes, siempre una mala señal. La semana pasada almorcé en Boodle's con tres adivinas del centro de la ciudad y la principal autoridad en materia de ciclos, y todos pregonaban males sin fin.

Por mi parte, también me agradan las conversaciones deprimentes, así como prefiero los funerales a las bodas, y disfruté alimentando sus lágrimas. A decir verdad, hay buenos motivos estadísticos para la consternación. Estados Unidos, la mayor economía del mundo, adolece de un déficit presupuestario permanente y de un desequilibrio comercial estructural, ambos de proporciones colosales, y está dirigido por un gobierno cuya principal preocupación es la pigmentación de la piel y el género. Gran Bretaña, dirigida por un grupo de fracasados, tiene el mayor déficit presupuestario de su historia y una brecha comercial infranqueable. Los bancos japoneses son técnicamente insolventes, y en cuanto a Alemania... Pero no continuaré. Hace poco William Rees-Mogg publicó un libro que expone cientos de excelentes razones por las cuales estamos muy cerca de experimentar un derrumbamiento económico, y todos pueden leerlo.

Pero aunque me agrada retozar en rincones sombríos, mi pronóstico es optimista, y por buenos motivos. En primer lugar, he convivido mucho tiempo con estos agoreros. A principios de los 70 asistí a la conferencia anual que celebra en Nueva York esa publicación admirable, el Bank Credit Analyst, que mantiene una mirada alerta e independiente sobre los préstamos bancarios. Allí muchas personas preparadas me contaron siniestras historias de banqueros sin escrúpulos y derrochones y del inminente apocalipsis. Hace veinte años que veo desfilar a estos profetas del fin inminente.

Por otra parte, mi perspectiva del futuro es siempre histórica, y lo primero que me pregunto es qué ha hecho la gente en ocasiones anteriores. Y todavía no he encontrado una catástrofe económica que fuera precedida por profecías apocalípticas. Al contrario. Hasta las vísperas de la primera quiebra internacional, que comenzó en diciembre de 1825, todos estaban de excelente ánimo. El ministro de Hacienda, un sujeto lacrimógeno, era conocido como "Prosperidad" Robinson. Charles Lamb se regocijó cuando redujo los impuestos sobre la bebida: "La ginebra reducida cuatro chelines por galón, el vino dos chelines el cuarto. Esto conmueve la mente y el corazón de los hombres". Llamaba al gobierno "la mejor administración que nos ha tocado". La señora Arbuthnot, cuyo esposo era miembro de ese gobierno, estaba furiosa con él porque no le permitía, por una cuestión de decoro, especular con acciones como todos los demás. Es verdad que su diario también consigna que su amigo, el Duque de Hierro, le previno contra la crisis, pero entonces él también profetizaba que el invento más reciente, el ferrocarril de vapor "no daría resultado".

Todos los demás estaban eufóricos. Palmerston participaba en el directorio de vistosas compañías mineras. Disraeli, que aún no había cumplido los veintiuno pero ya era todo un especulador en la City, usaba la fortuna del editor Murray para fundar un nuevo periódico que "desplazaría al Times", contratando a sir Walter Scott como su mentor y a Lockhart como su director. Pocas semanas después todo era polvo, pero el festín continuó hasta el día anterior.

Lo mismo sucedió en 1929. Winston Churchill viajaba por Canadá y Estados Unidos poco antes del derrumbe de Wall Street. Acababa de pasar cinco años como ministro de Hacienda, así que no era inocente ni estaba mal informado. Estaba especulando en los márgenes, y pocas semanas antes de la quiebra le escribió a su esposa: "Querida, debo decirte que una extraordinaria buena fortuna me ha asistido en las últimas semanas". La exhortaba a continuar con sus gastos: "Podrás construir el ala de los niños". Prometía que todos estarían "bien instalados en Londres este otoño". En Estados Unidos no sólo compraban autos mejores y más grandes -poco antes de la ruina, Detroit había ganado 5.300.000 dólares y Ford acababa de vender su millonésimo modelo A- sino que disfrutaban del viaje aéreo masivo por primera vez. Los letreros insistían: "El correo aéreo es socialmente correcto". Ese verano Transcontinental Airlines inauguró el primer servicio de pasajeros costa a costa, y tres semanas antes del derrumbe de los mercados Charles Lindbergh llevó un avión de Pan-Am a Panamá con un cargamento inaugural de correspondencia. Los pilotos practicaban vuelo con instrumentos, y Universal Air Lines empezaba a proyectar películas en sus vuelos de pasajeros. Todo era innovación, optimismo y acción. La primera reacción de Keynes ante la quiebra fue desdeñosa: "Wall Street sufrió una sacudida ayer". Pronto dictó un artículo para el New York Evening Post profetizando un futuro rosado para los industriales y los granjeros, con tasas de interés bajas y altos precios para los productos.

Las cosas son muy diferentes hoy. No todos son tan lúgubres como mis amigos de Boodle's, pero no conozco a nadie que esté cantando aleluya. La mayoría están psicológicamente preparados para las malas noticias. Nadie gasta demasiado. Hay pocos festejos. En Ascot la vestimenta era de mala calidad. Los constructores y decoradores de Londres se portan mejor que nunca. Jamás he visto tanto miedo entre los mecánicos. Los agentes de bienes raíces son humildes. Los restaurantes elegantes atienden el teléfono. Los taxistas agradecen conmovedoramente las propinas pequeñas. ¿Qué anuncia todo esto? Si los paralelismos históricos sirven de algo, estamos iniciando una lenta pero segura recuperación, tendremos días felices a mediados de la década y entraremos en el siglo veintiuno con formidable aplomo.

La gente se fija en los violentos cambios de ánimo, los altibajos de los indicadores económicos, pero sólo los historiadores objetivos tienen plena conciencia de la gradual pero inexorable tendencia ascendente a largo plazo.

Esta característica ha sido típica de la economía occidental desde por lo menos el siglo once -con una merma en el catorce- y ningún acontecimiento reciente sugiere que una tendencia que ya tiene un milenio se vaya a revertir inexplicablemente.

Mirando hacia atrás, cuesta pensar, en general, en una generación que haya estado en peor situación que sus padres. Claro que la divina Providencia puede tener otras ideas. Hace poco, un prelado -papista, por cierto- lanzaba electrizantes advertencias durante un almuerzo, afirmando, casi como dato manifiesto, que temía que Dios Todopoderoso pusiera punto final al universo en el próximo siglo a menos que reformáramos en esta década las ultrajantes depravaciones del mundo, algo que consideraba improbable. Tiendo a estar de acuerdo con él. Pero esa es una especulación metafísica. En lo que concierne al mundo físico, pronto volveremos a bailar al borde del abismo.

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