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Mística y fraude

Mi amigo Pepe, un hombre en realidad bastante sensato y más bien desapasionado, se ha dejado engañar de forma bastante desagradable un par de veces. Un «médium», que después de algunas sesiones le pareció verdaderamente digno de confianza, fue desenmascarado como un impostor muy hábil. Una señora extraordinariamente culta, directora de una escuela de ocultismo, resultó ser una gran histérica, y otra señora conocida suya, de la que se decía que tenía «poderes místicos» y que con toda probabilidad era una santa, decepcionó a todos sus adeptos escapándose con un adepto bastante más joven que ella.

-He acabado con los místicos -me dijo mi amigo Pepe-. La mística es un fraude.

-¿Si alguna gente ha vendido tres veces un falso diamante como auténtico, tienen por eso que ser falsos todos los diamantes ? -le pregunté-. ¿No habría que pensar más bien que la existencia de diamantes falsos nos indica que también deben existir los auténticos? ¿Cómo podría imitarse algo que no existe?

-¿Puedes darme algún motivo razonable por el que tú crees que existe la mística auténtica?

-Ya te acabo de decir uno. Aquí tienes otro mucho más poderoso. Las experiencias místicas surgen en personalidades de los tipos más variados y en miembros de los pueblos y razas más diferentes. Tenemos informes de ello, y estos informes coinciden tan extraordinariamente en muchos puntos, que incluso el mayor escéptico ha de sentirse desconcertado. Así vemos constantemente que las personas que han tenido una experiencia mística, tienen las mayores dificultades para describirlas, ni siquiera aproximadamente. Es como si faltasen las palabras adecuadas. Se nota enseguida que les sucede como a alguien que pretendiera explicar el concepto de «rojo» a un ciego de nacimiento.

¿Qué puede decirse al ciego para que lo entienda? El rojo tiene un aspecto «caliente» o «lleno de vida» o «violento», «ardiente», «apasionado»; todo eso está muy bien, pero a pesar de todo no es capaz de transmitir lo más importante del rojo, es decir... el color rojo.

Lo mismo sucede cuando se pretende describir sonidos a un sordo de nacimiento.

En fin, que se ve claramente que se trata de una experiencia única extraordinariamente fuerte.

-Algo así como un estupefaciente -dijo Pepe.

-Sí, como un estupefaciente sin ningún tóxico. Sin el tóxico de la soberbia en la embriaguez del poder, sin el veneno de la presunción, de la vanidad. Todo esto son sucedáneos mezquinos, lamentables y muchas veces satánicos. La experiencia mística verdadera...

-¿Por qué no sigues hablando?

-Porque no puedo. Lee a Tauler, a Suso, mejor aún a Juan de la Cruz, y sobre todo a Teresa de Avila. Yo... yo sólo hablo como el ciego del color.

Ahora en...

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