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La Navidad y el misterio del hombre

Posiblemente, si se realizara una encuesta sobre la Navidad, habría dos palabras sumamente repetidas: familia y paz. Quizá sean unos de esos manidos tópicos originados por la misma realidad. Es un hecho que la mayoría de las familias buscan el modo de unirse en estos días, físicamente si es posible o, al menos, afectivamente. Sí, Navidad es una fiesta de familia. Y también de paz. Es más fácil pensar en Palestina e Israel, Iraq, Congo, Costa de Marfil, Colombia y un largo rosario compuesto por la triste geografía de la guerra o el terror. Paz también para los hogares desestructurados, para que cese la violencia en las familias, en la calle, incluso la violencia verbal que hiere innecesariamente. Esos deseos brotan espontáneamente en nosotros durante la Navidad.

Tal vez esa imaginaria encuesta aportaría otras palabras como regalos, cena, compras. También son algo real, en lo que tal vez nos excedemos. Es natural celebrar unas fiestas, pero siempre es mejor hacerlo con mesura, templadamente, porque se celebra la venida de Dios a la tierra, su anonadamiento al tomar nuestra naturaleza; y eso requiere fiesta, pero sin olvidar que su nacimiento -no sin lógica divina- se realizó en un establo de un pobre y recóndito lugar.

Quizá no nos damos cuenta cabal, pero las ideas de paz y familia también se enraizan en el Nacimiento de Cristo. No es casualidad la aparición de los ángeles a los pastores, que escuchan aquellas universales palabras: "Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad". "A todos los hombres -escribe San Josemaría- que quieren unir su voluntad a la Voluntad buena de Dios: ¡no sólo a los ricos, ni sólo a los pobres!, ¡a todos los hombres, a todos los hermanos! Que hermanos somos todos en Jesús, hijos de Dios, hermanos de Cristo: su Madre es nuestra Madre". Y después: "No hay más que una raza en la tierra: la raza de los hijos de Dios".

Tampoco ha sucedido al azar que Cristo naciera en el seno de una familia. Ha querido ser como los demás y, a la vez, nos da ejemplo, para amar esa institución entrañable que entrañablemente nos concierne a todos. "El matrimonio -afirma el mismo autor- es un sacramento que hace de dos cuerpos una sola carne; como dice con expresión fuerte la teología, son los cuerpos mismos de los contrayentes su materia. El Señor santifica y bendice el amor del marido hacia la mujer y el de la mujer hacia el marido: ha dispuesto no sólo la fusión de sus almas sino las de sus cuerpos. Ningún cristiano, esté o no llamado a la vida matrimonial, puede desestimarla".

Jesús trabajó después en las tareas de su familia. El Evangelio manifiesta que le llamaban el artesano o el hijo del artesano. Son realidades de la vida humana -paz, familia, trabajo, fiesta- que, como todo lo noble de este mundo, tienen que ver con el Verbo Encarnado. Muy sabiamente afirmó la Constitución Conciliar del Vaticano II, sobre la Iglesia en el mundo actual, que "el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado", afirmando algo más adelante que "manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación". Las realidades humanas citadas y todas las demás cobran sentido entendiendo la verdad del ser humano, su llamada a la trascendencia, su capacidad para transformar el mundo en mejor, la imagen de Dios que lleva en sí, el saber que es la única criatura a la que Dios ha amado por sí misma, hasta enviar al Unigénito del Padre para morir por él y salvarlo, el valor de la vida y el más allá; todo esto se entiende en este Jesús que nace.

Es tan fuerte la simbiosis de Dios con la criatura humana que el Concilio afirmó con audacia y realismo que "el Hijo de Dios con su encarnación se ha unido en cierto modo con todo hombre", de tal manera que ha llegado a ser posible que cada hombre sea otro Cristo.

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