conoZe.com » bibel » Otros » George Huber » El diablo hoy : ¡apártate Satanás¡

Capítulo XIII.- Cristo vencedor de Satanás

"Considerando el mundo sin pesimismo, en la verdad, veo que las potencias de las tinieblas dominan, triunfan y amenazan con sumergirlo todo..." Así se expresaba hace poco tiempo, en el ocaso de su vida, un maestro espiritual contemporáneo, el siervo de Dios, padre Marie-Eugène del Niño Jesús, carmelita descalzo. Y añadía: "no se trata ciertamente de ver al diablo por todas partes, sino de saber que está ahí y que actúa. El enemigo está en el campo de batalla e ignorarlo es exponerse a sus ataques".

¿Esto significa que todos los pecados se cometen por instigación de Satanás y que él es gran responsable de los males del mundo contemporáneo?

Santo Tomás de Aquino rechaza una visión tan unilateral. El hombre herido por el pecado original puede deslizarse por sí mismo hacia el mal, sin ser empujado por una instigación exterior. En este sentido no se debería imputar al demonio todos los pecados que se cometen sobre la faz de la tierra. Contrariamente, la inclinación del hombre al mal no existiría sin el peso del pecado original. En este sentido, se puede decir que Satanás está indirectamente en el origen de todos los pecados.

Un lugar colateral

Recordar estas verdades es lo mismo que decir que la demonología debe ocupar en la doctrina católica un lugar no centra sino, en cierto sentido, "colateral", según la expresión de Juan Pablo II. "El Verbo está en el centro del Universo... Todas las cosas han sido creadas por Él y en vista de Él (Col 1, 16). Es decir, Cristo... está en el centro del universo... La verdad profunda... sobre Dios y sobre la salvación de los hombres constituye el contenido central de la Revelación... La verdad sobre los ángeles es en cierto sentido "colateral" aunque inseparable de la revelación central que es la existencia, la majestad y la gloria del Creador. Los ángeles no son criaturas principales en la realidad de la Revelación, y, sin embargo, pertenecen a ella plenamente".

En su estudio sobre la demonología de San Juan de la Cruz, el padre Nilo o.c.d., subraya que "hay que reservar la mejor parte de nuestras energías y de nuestras preocupaciones hacia aquellas realidades que causan directamente nuestra santificación: el amor paternal y misericordioso del Señor; nuestra unión con Cristo Cabeza y Mediador; la acción del Espíritu Santo por la gracia; las virtudes y los dones; la inhabitación de la Trinidad en el alma del justo; la intervención de la Madre de Dios en la aplicación de los frutos de la Redención; la protección de los ángeles y la intercesión de los santos".

¿Cómo juzgar fenómenos aparentemente diabólicos? "Aquí nos encontramos en el dominio de las tinieblas en el que hay que avanzar con una prudencia extrema. No se puede evitar la pregunta: ¿qué es lo que depende del psiquismo de cada uno y qué es lo que denota con nitidez influencias diabólicas? No poseemos criterios seguros y decisivos. Todo lo que podemos decir es que no resultad razonable aceptarlas en bloque como manifestaciones diabólicas -es la tentación de tipo espiritualista-, pero que tampoco es razonable rechazarlas en bloque como fenómenos de histeria o alucinación: es la tentación de tipo racionalista".

Está en juego nuestro destino

Existe, de todos modos, una cuestión mucho más importa para los cristianos comunes como nosotros: ¿cómo precaverse contra las insidias y las astucias del diablo cuya presencia amenazadora está asegurada por San Pedro? Porque, al fin y al cabo, lo que nos importa no son las especulaciones y las hipótesis de los demonólogos sino el conocimiento de nuestras concretas posibilidades de defensa. Está en juego tanto nuestras relaciones con Dios y con los hombres como nuestro destino eterno.

Ahora bien, todo lo que fortifica nuestra vida espiritual -oración, sacramentos y sacramentales, trabajo practicado con espíritu de fe y de amor- todas las actividades (cfr Lumen gentium, 41) contribuyen a reforzar nuestras estructuras espirituales y, por lo tanto, a prepararnos para los ataques y las astucias de Satanás.

Santo Tomás de Aquino subraya especialmente el papel de la Eucaristía y, con San Juan Crisóstomo, observa que "cuando volvemos a la Santa Mesa, somos como leones que soplan fuego, temibles para los demonios". ¿Y por qué razón nos hacemos temibles? Porque "entonces llevamos en nosotros a Cristo, vencedor de Satanás", comenta el Padre R. Garrigou-Lagrange o.p.

El enemigo más temible

Con un lenguaje de fuego, San Luis María Grignion de Montfort describe el poder extraordinario de María sobre los demonios: "María es el enemigo más terrible que Dios ha hecho contra el demonio... Él le ha dado, desde el paraíso terrenal, aunque entonces no estaba más que en su mente, tanto odio contra este maldito enemigo de Dios, tanta habilidad para descubrir la malicia de esta antigua serpiente, tanta fuerza para vencer, tumbar por tierra y destrozar a este orgulloso impío, que el diablo la teme no sólo más que a todos los ángeles y a los hombres sino, en cierto sentido, más que a Dios mismo. Y esto no porque la ira, el odio y la potencia de Dios no sean infinitamente más grandes que las perfecciones de María son limitadas sino, primero, porque como Satanás es orgulloso, sufre infinitamente más siendo vencido y castigado por una pequeña y humilde sierva de Dios: su humildad le humilla más que el poder divino; segundo, porque Dios ha dado a María un poder tan grande contra los diablos que éstos temen más, como se han visto a menudo obligados a confesar a pesar suyo por la boca de sus poseídos, uno de sus suspiros por un alma que las oraciones de todos los santos, y una de sus amenazas que todos los demás tormentos".

Estos transmisores de la gracia

El poder Marie-Eugène del Niño Jesús pone de relieve la fuerza de los sacramentales para detener el ataque del demonio. Nota que entre éstos Santa Teresa de Jesús utilizaba particularmente el agua bendita: "De muchas veces tengo experiencia que no hay cosa con que huyan más, para no tornar. Debe ser grande la virtud del agua bendita; para mí es particular y muy conocida consolación que siente mi alma cuando la tomo. Es muy ordinario sentir una recreación, que no sabría yo darla a entender, como un deleite interior que toda el alma me conforta. Esto no es antojo ni cosa que me ha acaecido sólo una vez, sino muy muchas y lo he mirado con gran advertencia".

La misma Santa Teresa cuenta como, después de ser atormentada cruelmente por el diablo, logró finalmente liberarse. "Como no cesaba el tormento, dije: si no se riesen, pediría agua bendita. Me la trajeron y me la echaron a mí, y no aprovechaba; la eché hacia donde estaba el demonio, y se fue y me quitó todo el mal, como si con la mano me lo quitaran, salvo que quedé cansada, como si me hubieran dado muchos palos".

"La Iglesia, comenta el padre Marie Eugène del Niño Jesús, en las diversas oraciones de la bendición del agua, pide con insistencia que a esta agua se le conceda el poder de "poner en fuga toda la potencia del enemigo, extirpar a este enemigo con todos los ángeles rebeldes y expulsarlo..., destruir la influencia del espíritu inmundo y alejar a la serpiente venenosa..." (cfr antiguo Ritual, bendición del agua). Se comprende, por lo tanto, añade el padre Marie Eugène del Niño Jesús, la deposición de la venerable Ana de Jesús, secretaria de la santa, en el proceso de beatificación: "La Santa no emprendía jamás un viaje sin llevar agua bendita. Sufría mucho si se le olvidaba. Por eso todas nosotros llevábamos un pequeño frasco de agua bendita colgado de la cintura y ella quería llevar el suyo"". ¡Es que la reformadora del Carmelo conocía por experiencia el poder de Satanás!

Alguno sonreía ante esta costumbre de una mujer extraordinaria, elevada por el Papa Pablo VI a la dignidad de Doctora de la Iglesia universal, pero sus consejos son válidos también para el hombre de hoy.

San Juan de la Cruz propone un expediente radical contra la influencia de Satanás en nuestra imaginación: en lugar de discutir con el Tentador, conviene elevar inmediatamente nuestro espíritu hacia Dios por un acto de fe o de amor. Es lo que el santo llama un acto "anagógico". Uniendo nuestros afectos a Dios, sucede que el alma deja las cosas de la tierra, se presenta delante de Dios y se une a él. La tentación del enemigo queda así frustrada y derrotada. La idea de realizar el mal queda sin objeto. En este momento el diablo ya no puede alcanzar ni herir al alma porque ya no se encuentra en el lugar en el que esperaba encadenarla por el juego de las imágenes.

La alegría espiritual, antídoto soberano

San Francisco de Asís padeció mucho a causa de los demonios. Como indica Tomás de Celano, su primer biógrafo, el Poverello recomendaba a sus hermanos la alegría espiritual como antídoto contra el poder del diablo. Francisco afirmaba que la Leticia spirituale es el remedio más seguro contra las mil astucias e insidias del enemigo. Decía, en efecto: "el diablo exulta sobre todo cuando puede quitar a los servidores de Dios la alegría del espíritu" (cfr Ga 5, 22). El demonio se esfuerza por echar polvo en los pliegues de la conciencia y ensuciar así el candor del espíritu y la pureza de la vida. Pero, proseguía San Francisco, si la alegría del espíritu llena el corazón, la serpiente intentará inyectar su veneno mortal completamente en vano. Los demonios no pueden causar mal alguno al servidor de Cristo cuando le ven santamente alegre. Cuando, al contrario, el espíritu está melancólico, desolado y doliente, se deja abrumar por la tristeza o conducir hacia cosas frívolas.

Francisco, añade Tomás de Celano, se esforzaba por permanecer siempre alegre de corazón y conservar la unción de la alegría. Evitaba con gran cuidado la melancolía al que denominaba el peor de todos los males. En cuanto notaba algún síntoma corría sin tardanza a la oración para no dar lugar a Satanás.

Santo Tomás de Aquino señala que existen tres medios que nos ayudan a rechazar los asaltos de Satanás: la alegría espiritual, la oración ferviente, el trabajo hecho con espíritu de fe. "La alegría espiritual arma al hombre contra Satanás; la alabanza de Dios es una fuerza que contribuye mucho a rechazar al diablo; el trabajo bien hecho elimina el ocio, terreno propicio para la acción de los demonios".

En la lucha contra Satanás, ¿no es interesante constatar la gran importancia que se asigna a la alegría espiritual por dos gigantes de la santidad, tan diferentes el uno del otro, como San Francisco de Asís y Santo Tomás de Aquino? Sin embargo, pensándolo bien, no es de extrañar esta convergencia. Los santos, todos lo santos, ¿no son movidos por el mismo Espíritu, fuente inagotable de profunda alegría?

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