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Matar a los ciegos

Los bebés medicamento y el diagnóstico preimplantacional consisten en eliminar seres humanos que designamos "defectuosos".

Acaba de hacerse saber, con el ruido de brindis que celebra un salto más hacia el «progreso» de la Humanidad, que los españoles van a poder, por ley, acudir a los «diagnósticos preimplantacionales» para averiguar si están sanos los embriones y así poder curar a sus hermanos enfermos. Lo que los títulares no cuentan es que, para utilizarse como medicina, se seleccionarán sólo algunos embriones, estando los demás destinados a la destrucción.

Me viene a la memoria cómo no hace mucho se jaleaba otro "logro" basado en el diagnóstico preimplantacional, el de permitir que naciera una niña sin la ceguera congénita que podría haber heredado de sus padres. La prensa no podía ser más elocuente: «Nace libre de ceguera». Libertad, palabra mágica donde las haya, en estos tiempos de ídolos, supersticiones y consignas. Bienvenida fue aquella nueva niña al mundo, esperemos que sus padres la hayan colmado del amor que no recibieron sus hermanos.

Porque hay una parte que no nos cuentan, la que pone los pelos de punta y nos retrotrae a las prácticas del doctor Mengele. El que un niño nazca sin la tara anclada en los genes de sus padres no es fruto de un milagro médico ni de la habilidad de un bisturí mágico, sino de un aséptico proceso de eliminación. Se escoge, entre todos los embriones producidos, al único que no parece abocado a padecer la enfermedad. Es decir, los ciegos o los portadores de tal cual síndrome son condenados a muerte por ser menos perfectos que su hermanito. Si la niña que veía se llamó Luz, habrá que suponer que el resto de vidas aniquiladas se llamaron, por defecto, Oscuridad, el nombre de su condena.

Esos niños en desarrollo que en aquel caso quedaron sin remisión por el camino, nunca hubieran podido ver la luz del día, al menos eso nos aseguran. Pero sí que habrían podido sentirla sobre la piel, además de gozar del mundo a través de sus otros sentidos no obstruidos. Hubieran visto su capacidad de maniobra estorbada por la carencia de vista, pero sin duda hubiesen encontrado amor que les diera unos ojos para moverse por la vida. O tal vez no, y de ahí que se decidiera, como medida de precaución, acabar con ellos antes de que sufriesen, sobre todo, por la ausencia de afecto.

Está aconteciendo en estos tiempos de locos que algunos jóvenes disminuidos se quejan de haber nacido, y en su llanto les acompaña el clamor de su madre, lamentándose porque hubo circunstancias que la impidieron abortar a tiempo a ese desgraciado que acabó siendo su hijo. No puede haber espectáculo más enojoso que el de una madre, que en lugar de cicatrizar con cariño las heridas de su hijo, lo acompaña como una plañidera hasta la puerta de

cementerio, para que mendigue allí la muerte hasta la desesperación.

A esto nos lleva la tecnología puesta al servicio del egoísmo, que en definitiva de eso se trata cuando se habla del famoso progreso de la ciencia. Cuando todos festejen el nacimiento de un niño sin genes defectuosos, al que habrá que conducir con responsabilidad por el camino de la vida, me saldrá del pecho elevar una súplica en recuerdo de esos hermanos que no llegaron a probar un abrazo por la sencilla razón de que sus ojos no cumplían el requisito de ver, y su única utilidad se hubiera reducido a contener el brillo de la vida y, probablemente, a llamar la atención por su belleza.

No quisiera estar en el lugar de unos padres que, como en el marco del terror nazi, se vean en la tesitura de elegir uno solo de sus hijos para acompañarlo en la vida, mientras los demás son embarcados en el tren del exterminio. Nuestro mundo podrá matar a los ciegos, pero así sólo conseguirá que siga creciendo su ceguera.

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