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El chollo ideológico de la izquierda

RESULTA muy remunerador para el espíritu comprobar que el mundo conmemora la liberación de Auschwitz y execra la barbarie nazi. Resulta consolador que nuestros jóvenes posean un conocimiento nítido y accesible del holocausto judío. Me pregunto, sin embargo, si los jóvenes que han asimilado el nombre de Auschwitz como emblema del horror han oído mencionar alguna vez en su vida los nombres de Vorkutá o Solovetski. Me pregunto si poseen alguna mínima noción sobre el gulag que arrasó millones de vidas. ¿Por qué la mortandad desatada por el nazismo ocupa un capítulo medular en el libro de la memoria colectiva, mientras la mortandad promovida por el comunismo -mucho más abultada, por cierto- apenas representa una nota a pie de página? ¿Hemos de entender que la consideración que nos merecen las matanzas debe ser distinta, según el signo de la ideología que las aliente?

Esta asimilación de un maniqueísmo perverso no afecta tan sólo a acontecimientos pretéritos. Reparemos, por ejemplo, en la muy diversa consideración que inspiran dos personajes contemporáneos en las postrimerías de su existencia, Pinochet y Castro. Ambos instauraron en sus respectivos países dictaduras repugnantes, crudelísimas, cimentadas con una argamasa de sangre: el primero -menciono esto sin propósito atenuante, más bien con un propósito agravante dirigido hacia el segundo- auspició sin embargo la recuperación económica de su país (pero ni todo el oro del mundo vale por una vida) y cedió al empuje democrático; el segundo se ha propuesto morir en la poltrona, dejando tras de sí un pueblo hundido en la miseria, donde las muchachas se prostituyen a cambio de una pastilla de jabón. Pinochet padece, en su senectud de viejo baboso, un hostigamiento que, desde luego, no bastará para resarcir todo el mal que causó; Castro, en cambio, se pavonea y recibe -como acaba de escribir Vaclav Havel- el "servil homenaje" de los Gobiernos europeos, que -a requerimiento del español- dejarán de invitar a las recepciones de sus embajadas en La Habana a disidentes del régimen.

Descendiendo al ámbito doméstico, también apreciaremos la existencia de un doble rasero en la calificación de las conductas. Si un ministro socialista es vituperado en una manifestación, enseguida aceptaremos que sus vituperadores son una patulea de derechistas extremos, fanáticos, fascistoides y no sé cuántas lindezas más; por supuesto, nadie pensará que los vituperios son fruto espontáneo de la calentura o la exaltación del momento, sino instigados desde instancias políticas a las que de inmediato se trasladará la responsabilidad. Naturalmente, si dichas instancias políticas no se apresuran a condenar los vituperios, se entenderá que los aplauden; y, aunque lo hagan, se entenderá que se trata de una condena meramente formal. En cambio, a un ministro conservador se le puede vituperar, zarandear y hasta propinar algún mojicón sin que nadie se sienta comprometido, incluso se podrán apedrear o incendiar las sedes de su partido sin que nadie se rasgue las vestiduras, pues tales muestras de encono se reputarán veniales, incluso benéficas, ya que la derecha tiene muchas culpas que purgar; por supuesto, aunque desde las instancias políticas de izquierda no se condenen tales violencias, nadie se atreverá a acusarlas de connivencia. La izquierda ha conseguido investirse de una suerte de impunidad moral; o, si se prefiere, ha logrado trasladar sobre su adversario político una conciencia de pecado original, una "culpa ontológica" que nunca logrará redimir, por mucho que se empeñe. La izquierda, entre tanto, aparece ante nuestros ojos ungida y preservada de culpa: a este chocante y universal embuste lo denominaremos desde hoy "el chollo ideológico".

Año VI Nº 1590

martes, 25 de enero 2005 Opinión

El preservativo

Por Ignacio Sánchez Cámara

ABC

25/01/05, 08.36 horas publicidad

QUIENES vivimos en una sociedad liberal podemos, entre otras muchas cosas, entablar relaciones sexuales entre adultos como nos venga en gana. No sucede lo mismo bajo los regímenes totalitarios, las dictaduras o las sociedades sometidas al integrismo islámico. Tal vez sea preferible hablar de convivencia o tolerancia entre civilizaciones que de alianza entre ellas, aunque no resulta fácil convivir con quienes aspiran a hacernos desaparecer.

Pero hay que distinguir entre el ámbito jurídico y el moral. El debate moral no puede quedar ni condicionado ni eliminado por la libertad jurídica. No es lo mismo garantizar la libertad que tener que admitir que cualquier opción es tan respetable moralmente, tan valiosa como cualquier otra. Cuando digo que algo es un error moral no digo que deba ser impedido por el Derecho.

La moral consiste, sobre todo, en la opción en favor de lo mejor, en la preferencia de esto frente a lo menos bueno, lo regular, lo malo o lo pésimo. Lo mejor constituye una exigencia moral, pero no necesariamente un deber jurídico. Con todo respeto al discrepante, e incluso a quien opte deliberadamente por lo menos bueno o por lo peor, pienso que es posible, aunque quizá no en los límites de este breve comentario, argumentar en favor del matrimonio (¿habrá que decir que heterosexual y, en principio, indisoluble, o, al menos, estable?) como la forma mejor de encauzar la sexualidad humana.

Existen, al menos, cuatro tipos de razones: 1) Naturales. La naturaleza (o, en su caso, Dios) ha vinculado la sexualidad con la reproducción. El hombre puede romper esa vinculación, pero eso no significa que deba hacerlo. Por cierto, el creador del psicoanálisis calificaba como perversas todas las conductas sexuales que no se orientaran directamente a la reproducción, aunque prescindiera de la connotación moral del término. 2) Antropológicas.

La dignidad humana resulta vulnerada por una sexualidad ajena al afecto, el compromiso y la procreación. Y, junto a la dignidad, la felicidad. Ni la promiscuidad ni la búsqueda del placer suelen proporcionar la felicidad que se busca, sino más bien sordidez y desgracia. 3) Sociales. La estabilidad familiar promueve el bien de los hijos y, con él, también el bienestar social. A estas tres se podrían añadir, para los cristianos, razones religiosas, derivadas del cumplimiento de la voluntad de Dios y de la cooperación en la tarea de la propagación de la vida.

En suma, a mi parecer, lo mejor en el ámbito de la sexualidad es su vinculación con el matrimonio, con la finalidad de generar otras vidas humanas y educarlas en un ámbito familiar estable. Lo demás puede ser tan respetable jurídicamente, aunque no en todos los casos, como criticable desde el punto de vista moral. La antropología cristiana posee unos elevados valores que deben ser expresados positivamente. Lo decisivo es la invitación a lo mejor, no tanto la censura de lo que se opone a ello.

Es cierto que la concepción esbozada no es fácil de cumplir y que en nuestro tiempo quizá la mayoría vive de manera diferente. Por lo demás, no parece que las cosas marchen demasiado bien, ni para las personas ni para la sociedad. Pero esto no puede ser una objeción. Pensemos en el cristianismo. El ideal de vida que Cristo propuso con su ejemplo no es un camino fácil. Acaso sea un ideal inalcanzable.

Mas, aunque así fuere, debería ser la meta de nuestra conducta. No por ser inalcanzable deja de existir el ideal, o debe dejar de aspirar a guiar la conducta. Lo que no parece razonable es culpar a lo mejor de los males que provoca su ausencia. Ni juzgo ni condeno; si acaso, invito a lo mejor.

QUIENES vivimos en una sociedad liberal podemos, entre otras muchas cosas, entablar relaciones sexuales entre adultos como nos venga en gana. No sucede lo mismo bajo los regímenes totalitarios, las dictaduras o las sociedades sometidas al integrismo islámico. Tal vez sea preferible hablar de convivencia o tolerancia entre civilizaciones que de alianza entre ellas, aunque no resulta fácil convivir con quienes aspiran a hacernos desaparecer. Pero hay que distinguir entre el ámbito jurídico y el moral.

El debate moral no puede quedar ni condicionado ni eliminado por la libertad jurídica. No es lo mismo garantizar la libertad que tener que admitir que cualquier opción es tan respetable moralmente, tan valiosa como cualquier otra. Cuando digo que algo es un error moral no digo que deba ser impedido por el Derecho.

La moral consiste, sobre todo, en la opción en favor de lo mejor, en la preferencia de esto frente a lo menos bueno, lo regular, lo malo o lo pésimo. Lo mejor constituye una exigencia moral, pero no necesariamente un deber jurídico. Con todo respeto al discrepante, e incluso a quien opte deliberadamente por lo menos bueno o por lo peor, pienso que es posible, aunque quizá no en los límites de este breve comentario, argumentar en favor del matrimonio (¿habrá que decir que heterosexual y, en principio, indisoluble, o, al menos, estable?) como la forma mejor de encauzar la sexualidad humana.

Existen, al menos, cuatro tipos de razones: 1) Naturales. La naturaleza (o, en su caso, Dios) ha vinculado la sexualidad con la reproducción. El hombre puede romper esa vinculación, pero eso no significa que deba hacerlo. Por cierto, el creador del psicoanálisis calificaba como perversas todas las conductas sexuales que no se orientaran directamente a la reproducción, aunque prescindiera de la connotación moral del término. 2) Antropológicas.

La dignidad humana resulta vulnerada por una sexualidad ajena al afecto, el compromiso y la procreación. Y, junto a la dignidad, la felicidad. Ni la promiscuidad ni la búsqueda del placer suelen proporcionar la felicidad que se busca, sino más bien sordidez y desgracia. 3) Sociales. La estabilidad familiar promueve el bien de los hijos y, con él, también el bienestar social. A estas tres se podrían añadir, para los cristianos, razones religiosas, derivadas del cumplimiento de la voluntad de Dios y de la cooperación en la tarea de la propagación de la vida.

En suma, a mi parecer, lo mejor en el ámbito de la sexualidad es su vinculación con el matrimonio, con la finalidad de generar otras vidas humanas y educarlas en un ámbito familiar estable. Lo demás puede ser tan respetable jurídicamente, aunque no en todos los casos, como criticable desde el punto de vista moral. La antropología cristiana posee unos elevados valores que deben ser expresados positivamente. Lo decisivo es la invitación a lo mejor, no tanto la censura de lo que se opone a ello.

Es cierto que la concepción esbozada no es fácil de cumplir y que en nuestro tiempo quizá la mayoría vive de manera diferente. Por lo demás, no parece que las cosas marchen demasiado bien, ni para las personas ni para la sociedad. Pero esto no puede ser una objeción. Pensemos en el cristianismo.

El ideal de vida que Cristo propuso con su ejemplo no es un camino fácil. Acaso sea un ideal inalcanzable. Mas, aunque así fuere, debería ser la meta de nuestra conducta. No por ser inalcanzable deja de existir el ideal, o debe dejar de aspirar a guiar la conducta. Lo que no parece razonable es culpar a lo mejor de los males que provoca su ausencia. Ni juzgo ni condeno; si acaso, invito a lo mejor.

QUIENES vivimos en una sociedad liberal podemos, entre otras muchas cosas, entablar relaciones sexuales entre adultos como nos venga en gana. No sucede lo mismo bajo los regímenes totalitarios, las dictaduras o las sociedades sometidas al integrismo islámico. Tal vez sea preferible hablar de convivencia o tolerancia entre civilizaciones que de alianza entre ellas, aunque no resulta fácil convivir con quienes aspiran a hacernos desaparecer.

Pero hay que distinguir entre el ámbito jurídico y el moral. El debate moral no puede quedar ni condicionado ni eliminado por la libertad jurídica. No es lo mismo garantizar la libertad que tener que admitir que cualquier opción es tan respetable moralmente, tan valiosa como cualquier otra. Cuando digo que algo es un error moral no digo que deba ser impedido por el Derecho.

La moral consiste, sobre todo, en la opción en favor de lo mejor, en la preferencia de esto frente a lo menos bueno, lo regular, lo malo o lo pésimo. Lo mejor constituye una exigencia moral, pero no necesariamente un deber jurídico. Con todo respeto al discrepante, e incluso a quien opte deliberadamente por lo menos bueno o por lo peor, pienso que es posible, aunque quizá no en los límites de este breve comentario, argumentar en favor del matrimonio (¿habrá que decir que heterosexual y, en principio, indisoluble, o, al menos, estable?) como la forma mejor de encauzar la sexualidad humana.

Existen, al menos, cuatro tipos de razones: 1) Naturales. La naturaleza (o, en su caso, Dios) ha vinculado la sexualidad con la reproducción. El hombre puede romper esa vinculación, pero eso no significa que deba hacerlo. Por cierto, el creador del psicoanálisis calificaba como perversas todas las conductas sexuales que no se orientaran directamente a la reproducción, aunque prescindiera de la connotación moral del término. 2) Antropológicas.

La dignidad humana resulta vulnerada por una sexualidad ajena al afecto, el compromiso y la procreación. Y, junto a la dignidad, la felicidad. Ni la promiscuidad ni la búsqueda del placer suelen proporcionar la felicidad que se busca, sino más bien sordidez y desgracia. 3) Sociales. La estabilidad familiar promueve el bien de los hijos y, con él, también el bienestar social. A estas tres se podrían añadir, para los cristianos, razones religiosas, derivadas del cumplimiento de la voluntad de Dios y de la cooperación en la tarea de la propagación de la vida.

En suma, a mi parecer, lo mejor en el ámbito de la sexualidad es su vinculación con el matrimonio, con la finalidad de generar otras vidas humanas y educarlas en un ámbito familiar estable. Lo demás puede ser tan respetable jurídicamente, aunque no en todos los casos, como criticable desde el punto de vista moral. La antropología cristiana posee unos elevados valores que deben ser expresados positivamente. Lo decisivo es la invitación a lo mejor, no tanto la censura de lo que se opone a ello.

Es cierto que la concepción esbozada no es fácil de cumplir y que en nuestro tiempo quizá la mayoría vive de manera diferente. Por lo demás, no parece que las cosas marchen demasiado bien, ni para las personas ni para la sociedad. Pero esto no puede ser una objeción. Pensemos en el cristianismo.

El ideal de vida que Cristo propuso con su ejemplo no es un camino fácil. Acaso sea un ideal inalcanzable. Mas, aunque así fuere, debería ser la meta de nuestra conducta. No por ser inalcanzable deja de existir el ideal, o debe dejar de aspirar a guiar la conducta. Lo que no parece razonable es culpar a lo mejor de los males que provoca su ausencia. Ni juzgo ni condeno; si acaso, invito a lo mejor.

QUIENES vivimos en una sociedad liberal podemos, entre otras muchas cosas, entablar relaciones sexuales entre adultos como nos venga en gana. No sucede lo mismo bajo los regímenes totalitarios, las dictaduras o las sociedades sometidas al integrismo islámico. Tal vez sea preferible hablar de convivencia o tolerancia entre civilizaciones que de alianza entre ellas, aunque no resulta fácil convivir con quienes aspiran a hacernos desaparecer. Pero hay que distinguir entre el ámbito jurídico y el moral.

El debate moral no puede quedar ni condicionado ni eliminado por la libertad jurídica. No es lo mismo garantizar la libertad que tener que admitir que cualquier opción es tan respetable moralmente, tan valiosa como cualquier otra. Cuando digo que algo es un error moral no digo que deba ser impedido por el Derecho.

La moral consiste, sobre todo, en la opción en favor de lo mejor, en la preferencia de esto frente a lo menos bueno, lo regular, lo malo o lo pésimo. Lo mejor constituye una exigencia moral, pero no necesariamente un deber jurídico. Con todo respeto al discrepante, e incluso a quien opte deliberadamente por lo menos bueno o por lo peor, pienso que es posible, aunque quizá no en los límites de este breve comentario, argumentar en favor del matrimonio (¿habrá que decir que heterosexual y, en principio, indisoluble, o, al menos, estable?) como la forma mejor de encauzar la sexualidad humana.

Existen, al menos, cuatro tipos de razones: 1) Naturales. La naturaleza (o, en su caso, Dios) ha vinculado la sexualidad con la reproducción. El hombre puede romper esa vinculación, pero eso no significa que deba hacerlo. Por cierto, el creador del psicoanálisis calificaba como perversas todas las conductas sexuales que no se orientaran directamente a la reproducción, aunque prescindiera de la connotación moral del término. 2) Antropológicas.

La dignidad humana resulta vulnerada por una sexualidad ajena al afecto, el compromiso y la procreación. Y, junto a la dignidad, la felicidad. Ni la promiscuidad ni la búsqueda del placer suelen proporcionar la felicidad que se busca, sino más bien sordidez y desgracia. 3) Sociales. La estabilidad familiar promueve el bien de los hijos y, con él, también el bienestar social. A estas tres se podrían añadir, para los cristianos, razones religiosas, derivadas del cumplimiento de la voluntad de Dios y de la cooperación en la tarea de la propagación de la vida.

En suma, a mi parecer, lo mejor en el ámbito de la sexualidad es su vinculación con el matrimonio, con la finalidad de generar otras vidas humanas y educarlas en un ámbito familiar estable. Lo demás puede ser tan respetable jurídicamente, aunque no en todos los casos, como criticable desde el punto de vista moral. La antropología cristiana posee unos elevados valores que deben ser expresados positivamente. Lo decisivo es la invitación a lo mejor, no tanto la censura de lo que se opone a ello. Es cierto que la concepción esbozada no es fácil de cumplir y que en nuestro tiempo quizá la mayoría vive de manera diferente.

Por lo demás, no parece que las cosas marchen demasiado bien, ni para las personas ni para la sociedad. Pero esto no puede ser una objeción. Pensemos en el cristianismo. El ideal de vida que Cristo propuso con su ejemplo no es un camino fácil. Acaso sea un ideal inalcanzable. Mas, aunque así fuere, debería ser la meta de nuestra conducta. No por ser inalcanzable deja de existir el ideal, o debe dejar de aspirar a guiar la conducta. Lo que no parece razonable es culpar a lo mejor de los males que provoca su ausencia. Ni juzgo ni condeno; si acaso, invito a lo mejor.

QUIENES vivimos en una sociedad liberal podemos, entre otras muchas cosas, entablar relaciones sexuales entre adultos como nos venga en gana. No sucede lo mismo bajo los regímenes totalitarios, las dictaduras o las sociedades sometidas al integrismo islámico. Tal vez sea preferible hablar de convivencia o tolerancia entre civilizaciones que de alianza entre ellas, aunque no resulta fácil convivir con quienes aspiran a hacernos desaparecer. Pero hay que distinguir entre el ámbito jurídico y el moral.

El debate moral no puede quedar ni condicionado ni eliminado por la libertad jurídica. No es lo mismo garantizar la libertad que tener que admitir que cualquier opción es tan respetable moralmente, tan valiosa como cualquier otra. Cuando digo que algo es un error moral no digo que deba ser impedido por el Derecho.

La moral consiste, sobre todo, en la opción en favor de lo mejor, en la preferencia de esto frente a lo menos bueno, lo regular, lo malo o lo pésimo. Lo mejor constituye una exigencia moral, pero no necesariamente un deber jurídico. Con todo respeto al discrepante, e incluso a quien opte deliberadamente por lo menos bueno o por lo peor, pienso que es posible, aunque quizá no en los límites de este breve comentario, argumentar en favor del matrimonio (¿habrá que decir que heterosexual y, en principio, indisoluble, o, al menos, estable?) como la forma mejor de encauzar la sexualidad humana. Existen, al menos, cuatro tipos de razones: 1) Naturales.

La naturaleza (o, en su caso, Dios) ha vinculado la sexualidad con la reproducción. El hombre puede romper esa vinculación, pero eso no significa que deba hacerlo. Por cierto, el creador del psicoanálisis calificaba como perversas todas las conductas sexuales que no se orientaran directamente a la reproducción, aunque prescindiera de la connotación moral del término. 2) Antropológicas. La dignidad humana resulta vulnerada por una sexualidad ajena al afecto, el compromiso y la procreación.

Y, junto a la dignidad, la felicidad. Ni la promiscuidad ni la búsqueda del placer suelen proporcionar la felicidad que se busca, sino más bien sordidez y desgracia. 3) Sociales. La estabilidad familiar promueve el bien de los hijos y, con él, también el bienestar social. A estas tres se podrían añadir, para los cristianos, razones religiosas, derivadas del cumplimiento de la voluntad de Dios y de la cooperación en la tarea de la propagación de la vida.

En suma, a mi parecer, lo mejor en el ámbito de la sexualidad es su vinculación con el matrimonio, con la finalidad de generar otras vidas humanas y educarlas en un ámbito familiar estable. Lo demás puede ser tan respetable jurídicamente, aunque no en todos los casos, como criticable desde el punto de vista moral. La antropología cristiana posee unos elevados valores que deben ser expresados positivamente. Lo decisivo es la invitación a lo mejor, no tanto la censura de lo que se opone a ello.

Es cierto que la concepción esbozada no es fácil de cumplir y que en nuestro tiempo quizá la mayoría vive de manera diferente. Por lo demás, no parece que las cosas marchen demasiado bien, ni para las personas ni para la sociedad. Pero esto no puede ser una objeción. Pensemos en el cristianismo.

El ideal de vida que Cristo propuso con su ejemplo no es un camino fácil. Acaso sea un ideal inalcanzable. Mas, aunque así fuere, debería ser la meta de nuestra conducta. No por ser inalcanzable deja de existir el ideal, o debe dejar de aspirar a guiar la conducta. Lo que no parece razonable es culpar a lo mejor de los males que provoca su ausencia. Ni juzgo ni condeno; si acaso, invito a lo mejor.

QUIENES vivimos en una sociedad liberal podemos, entre otras muchas cosas, entablar relaciones sexuales entre adultos como nos venga en gana. No sucede lo mismo bajo los regímenes totalitarios, las dictaduras o las sociedades sometidas al integrismo islámico. Tal vez sea preferible hablar de convivencia o tolerancia entre civilizaciones que de alianza entre ellas, aunque no resulta fácil convivir con quienes aspiran a hacernos desaparecer.

Pero hay que distinguir entre el ámbito jurídico y el moral. El debate moral no puede quedar ni condicionado ni eliminado por la libertad jurídica. No es lo mismo garantizar la libertad que tener que admitir que cualquier opción es tan respetable moralmente, tan valiosa como cualquier otra. Cuando digo que algo es un error moral no digo que deba ser impedido por el Derecho.

La moral consiste, sobre todo, en la opción en favor de lo mejor, en la preferencia de esto frente a lo menos bueno, lo regular, lo malo o lo pésimo. Lo mejor constituye una exigencia moral, pero no necesariamente un deber jurídico. Con todo respeto al discrepante, e incluso a quien opte deliberadamente por lo menos bueno o por lo peor, pienso que es posible, aunque quizá no en los límites de este breve comentario, argumentar en favor del matrimonio (¿habrá que decir que heterosexual y, en principio, indisoluble, o, al menos, estable?) como la forma mejor de encauzar la sexualidad humana.

Existen, al menos, cuatro tipos de razones: 1) Naturales. La naturaleza (o, en su caso, Dios) ha vinculado la sexualidad con la reproducción. El hombre puede romper esa vinculación, pero eso no significa que deba hacerlo. Por cierto, el creador del psicoanálisis calificaba como perversas todas las conductas sexuales que no se orientaran directamente a la reproducción, aunque prescindiera de la connotación moral del término. 2) Antropológicas.

La dignidad humana resulta vulnerada por una sexualidad ajena al afecto, el compromiso y la procreación. Y, junto a la dignidad, la felicidad. Ni la promiscuidad ni la búsqueda del placer suelen proporcionar la felicidad que se busca, sino más bien sordidez y desgracia. 3) Sociales. La estabilidad familiar promueve el bien de los hijos y, con él, también el bienestar social. A estas tres se podrían añadir, para los cristianos, razones religiosas, derivadas del cumplimiento de la voluntad de Dios y de la cooperación en la tarea de la propagación de la vida.

En suma, a mi parecer, lo mejor en el ámbito de la sexualidad es su vinculación con el matrimonio, con la finalidad de generar otras vidas humanas y educarlas en un ámbito familiar estable. Lo demás puede ser tan respetable jurídicamente, aunque no en todos los casos, como criticable desde el punto de vista moral. La antropología cristiana posee unos elevados valores que deben ser expresados positivamente. Lo decisivo es la invitación a lo mejor, no tanto la censura de lo que se opone a ello.

Es cierto que la concepción esbozada no es fácil de cumplir y que en nuestro tiempo quizá la mayoría vive de manera diferente. Por lo demás, no parece que las cosas marchen demasiado bien, ni para las personas ni para la sociedad. Pero esto no puede ser una objeción. Pensemos en el cristianismo.

El ideal de vida que Cristo propuso con su ejemplo no es un camino fácil. Acaso sea un ideal inalcanzable. Mas, aunque así fuere, debería ser la meta de nuestra conducta. No por ser inalcanzable deja de existir el ideal, o debe dejar de aspirar a guiar la conducta. Lo que no parece razonable es culpar a lo mejor de los males que provoca su ausencia. Ni juzgo ni condeno; si acaso, invito a lo mejor.

QUIENES vivimos en una sociedad liberal podemos, entre otras muchas cosas, entablar relaciones sexuales entre adultos como nos venga en gana. No sucede lo mismo bajo los regímenes totalitarios, las dictaduras o las sociedades sometidas al integrismo islámico.

al vez sea preferible hablar de convivencia o tolerancia entre civilizaciones que de alianza entre ellas, aunque no resulta fácil convivir con quienes aspiran a hacernos desaparecer. Pero hay que distinguir entre el ámbito jurídico y el moral. El debate moral no puede quedar ni condicionado ni eliminado por la libertad jurídica. No es lo mismo garantizar la libertad que tener que admitir que cualquier opción es tan respetable moralmente, tan valiosa como cualquier otra. Cuando digo que algo es un error moral no digo que deba ser impedido por el Derecho.

La moral consiste, sobre todo, en la opción en favor de lo mejor, en la preferencia de esto frente a lo menos bueno, lo regular, lo malo o lo pésimo. Lo mejor constituye una exigencia moral, pero no necesariamente un deber jurídico. Con todo respeto al discrepante, e incluso a quien opte deliberadamente por lo menos bueno o por lo peor, pienso que es posible, aunque quizá no en los límites de este breve comentario, argumentar en favor del matrimonio (¿habrá que decir que heterosexual y, en principio, indisoluble, o, al menos, estable?) como la forma mejor de encauzar la sexualidad humana.

Existen, al menos, cuatro tipos de razones: 1) Naturales. La naturaleza (o, en su caso, Dios) ha vinculado la sexualidad con la reproducción. El hombre puede romper esa vinculación, pero eso no significa que deba hacerlo. Por cierto, el creador del psicoanálisis calificaba como perversas todas las conductas sexuales que no se orientaran directamente a la reproducción, aunque prescindiera de la connotación moral del término. 2) Antropológicas. La dignidad humana resulta vulnerada por una sexualidad ajena al afecto, el compromiso y la procreación. Y, junto a la dignidad, la felicidad.

Ni la promiscuidad ni la búsqueda del placer suelen proporcionar la felicidad que se busca, sino más bien sordidez y desgracia. 3) Sociales. La estabilidad familiar promueve el bien de los hijos y, con él, también el bienestar social. A estas tres se podrían añadir, para los cristianos, razones religiosas, derivadas del cumplimiento de la voluntad de Dios y de la cooperación en la tarea de la propagación de la vida.

En suma, a mi parecer, lo mejor en el ámbito de la sexualidad es su vinculación con el matrimonio, con la finalidad de generar otras vidas humanas y educarlas en un ámbito familiar estable. Lo demás puede ser tan respetable jurídicamente, aunque no en todos los casos, como criticable desde el punto de vista moral.

La antropología cristiana posee unos elevados valores que deben ser expresados positivamente. Lo decisivo es la invitación a lo mejor, no tanto la censura de lo que se opone a ello. Es cierto que la concepción esbozada no es fácil de cumplir y que en nuestro tiempo quizá la mayoría vive de manera diferente. Por lo demás, no parece que las cosas marchen demasiado bien, ni para las personas ni para la sociedad. Pero esto no puede ser una objeción.

Pensemos en el cristianismo. El ideal de vida que Cristo propuso con su ejemplo no es un camino fácil. Acaso sea un ideal inalcanzable. Mas, aunque así fuere, debería ser la meta de nuestra conducta. No por ser inalcanzable deja de existir el ideal, o debe dejar de aspirar a guiar la conducta. Lo que no parece razonable es culpar a lo mejor de los males que provoca su ausencia. Ni juzgo ni condeno; si acaso, invito a lo mejor.

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