conoZe.com » bibel » Otros » Julián Marías » Julián Marías: artículos 1997

Prosaísmo

Una de las consecuencias más inquietantes y menos advertidas del particularismo que invade la vida pública en España -y en otros lugares también- es que resulta contagioso. Significa un extraordinario estrechamiento de la visión, la reducción a espacios confinados, a artificiales porciones de realidad, a veces de extraordinaria pequeñez, aislados de su contexto efectivo. Esto lleva a una miopía peligrosa, a una percepción angosta, que en casos extremos puede limitarse al propio ombligo. Este tipo de visión no tiene futuro, y excluye todo proyecto; se concentra en cuestiones de escaso alcance, que pueden ser insignificantes, sobre las que se discute interminablemente. Sería interesante medir el puesto que ocupan en los medios de comunicación cuestiones minúsculas que podrían despacharse en unas líneas o unos minutos de radio o televisión.

Lo peor es que esa actitud se «contagia» a los que no son particularistas por vocación o interés, a los que pretenden superarla y restablecer una visión más amplia y justa. Nada más peligroso que aceptar los planteamientos ajenos cuando no son correctos, especialmente si son resueltamente falsos. He recordado muchas veces la necesidad de usar la vieja respuesta escolástica «nego suppositum» (niego el supuesto) a una pregunta capciosa, como «¿Has perdido los cuernos?» o «¿Has dejado de pegar a tu mujer?», a las que no se puede contestar ni «sí» ni «no».

Si se repasa el conjunto de la vida pública, se advierte la tendencia a detenerse en cuestiones que pueden ser interesantes, pero son muy limitadas, y que pierden incluso el interés que poseen si se las toma fuera de contexto, sin horizonte, sin una perspectiva de futuro. Esto lleva al «provincianismo» propio de los particularismos, que puede ser en sus orígenes de una angostura apenas creíble. Y que explica muchas cosas.

Lo grave es que no se plantean las cuestiones verdaderamente importantes, de las que depende el sentido de las menores, el horizonte efectivo en que adquieren significación. La vida pública se vuelve demasiado «cotidiana». Lo es, pero no sólo. «Ah! que la vie est quotidienne!», lamentó el poeta; qué cotidiana es la vida. Es una verdad inconmovible, pero no exclusiva, y el quedarse ahí es esterilizador.

Echo de menos la visión abarcadora sin la cual la política no tiene sentido ni, a la larga, eficacia; y no sólo la política, sino toda la vida pública en general, y muy especialmente la creación intelectual, literaria o artística. Por su eficacia, la televisión se está convirtiendo en uno de los problemas más graves de España. Hay canales que son instrumentos coherentes de degradación, «técnicas de envilecimiento», en la expresión de Gabriel Marcel, con un rebajamiento del nivel de lo humano que empieza a ser aterrador. Pero los que no están dedicados a ello, los que deberían ser antídotos de ese propósito, se contaminan de ello, imitan lo que otros hacen y no resultan demasiado distintos, porque se abren a la estupidez, la chabacanería y la aceptación de lo indeseable.

Pero todo esto, que no es poco, significa algo más, en lo que casi nunca se repara: la invasión del «prosaísmo», que insidiosamente penetra en las vidas individuales. No es un fenómeno exclusivamente español; toda Europa está aquejada de él, en diversos grados; el predominio de lo económico y administrativo, en cada una de las naciones y en la naciente Unión Europea, está extinguiendo todo despegue de lo inmediato y utilitario, de lo mezquino, carece de lo que puede y debe llamarse «lirismo».

Una de las más profundas verdades que formuló Ortega es la de que el hombre lo hace todo por «razones líricas».Lo he comprobado -y practicado- a lo largo de toda mi vida, y he visto la esterilidad del prosaísmo, cuya consecuencia inmediata es el aburrimiento, enemigo público de nuestra época.

Es de la mayor urgencia volver los ojos a ese «lirismo», artículo de primera necesidad, antídoto del «prosaísmo» invasor y contagioso, al que habría que poner en cuarentena.

En nuestro caso español esto es particularmente doloroso, porque una dosis de lirismo ha acompañado a España a lo largo de toda su historia, salvo momentos de crisis y de infidelidad a sí misma. España ha hecho casi siempre lo que «no le traía cuenta» pero «valía la pena». Ésta es la clave de casi toda nuestra historia, paradójicamente, de la que ha resultado fecunda y creadora. Los españoles han aceptado innumerable sacrificios, no sólo de buen grado, sino con entusiasmo. Desconfío de la actitud permanente de «quejumbre» que surge también en porciones de la humanidad y entre nosotros. Suele revelar un profundo descontento, no de la «situación», sino de la propia «condición»; no de cómo le va a uno, sino de lo que es.

Y esta misma expresión es desorientadora. En el hombre, lo que se «es» quiere decir primariamente lo que pretende ser, es decir, el proyecto. Cuando se carece de éste, o no es atractivo, sobreviene el descontento, el desaliento, la mezquindad, y la propensión a echar la culpa a «ellos», a los demás, sean quienes se invente.

Por ese lirismo habitual de la gente española a lo largo de un milenio como mínimo se había conseguido un tipo humano que irradió sobre Europa como una variedad del europeo -del hombre sin más- con extraño grado de originalidad. Una actitud «transitiva», de interés por lo otro, en cierta medida desinteresada, en ocasiones contraria a la conveniencia propia, con una dosis de generosidad en la que casi nadie creía, tan desusada era. Sin esto no se entiende la empresa de América, no digamos la pertenencia durante siglos de las Filipinas a la Corona española, negocio costosísimo sostenido por motivos religiosos, para salvar la única comunidad cristiana de Oriente.

El prosaísmo engendra una vida alicorta, de horizonte limitado, sin ambición ni entusiasmo. Ambición no de poseer ni de mandar, sino de ser algo interesante, que valga la pena. El día que los españoles empezaron a dudar de que valiera la pena lo que estaban haciendo perdieron el entusiasmo, se retrajeron sobre sí mismos, quedaron expuestos a la decadencia.

Esa duda les vino desde fuera. Les dijeron que no valía la pena, mitad por incomprensión, mitad por envidia, y fueron muchos los que lo creyeron. No todos, por supuesto, y por eso la famosa decadencia fue más incompleta y más breve de lo que suele creerse.

Lo propio de este tiempo nuestro es que se les dice «desde dentro», lo que es todavía más peligroso; desde ciertos complejos de inferioridad -desfiguraciones de la realidad- aliados en ocasiones a parciales complejos de superioridad, combinación que suele ser funesta.

El prosaísmo no se supera más que mediante la imaginación. Hay que tomar posesión de lo que se tiene -de lo que se ha acumulado durante siglos de grandeza, de error, de dolor, de esfuerzo, hasta llegar a lo que se es-, para lograr el entusiasmo, la ilusión, la apertura a un futuro que se entrevé como algo atractivo, en lo que se desea entrar. La psicología ha ensalzado en los últimos tiempos la función y la importancia de la voluntad; ha solido olvidar algo que es todavía más importante: el deseo; sin él pierde sentido la vida humana. El prosaísmo mata el deseo y cierra el futuro; no hay más medio de abrirlo que el lirismo y la imaginación.

Ahora en...

About Us (Quienes somos) | Contacta con nosotros | Site Map | RSS | Buscar | Privacidad | Blogs | Access Keys
última actualización del documento http://www.conoze.com/doc.php?doc=1902 el 2005-03-10 00:25:36